El jefe de la mafia es siempre ególatra, elitista y cínico. La divisa de su acción es “después de mi, el diluvio”. Para imperar explota el ansia de ventajas de sus “ayayeros”, que suelen ser tan cínicos como él, pero que se resignan a ser engranajes de la gobernabilidad corrupta pues no tienen las cualidades como para ser líderes. En todo caso apoyan a sus jefes en la perspectiva de lograr beneficios especiales. Entre el jefe cínico y sus seguidores se establece un pacto de complicidad; construyen un castillo de mentiras y se reparten las prebendas que logran gracias al poder que adquieren.

Estas figuras, el jefe cínico y el seguidor incondicional, son los pilares de la gobernabilidad mafiosa, aquella que no aspira a un ejercicio pleno de la autoridad pues, justamente, funciona en base a la distribución de favores que son licencias para transgredir las normas. Pero la vigencia de esta forma de gobierno exige la presencia de otras dos figuras complementarias: el cliente y el (auto)marginado. El cliente espera dádivas a cambio de su lealtad. Y el (auto)marginado no tiene interés en los asuntos públicos de manera que no está informado de aquello que trasciende su vida privada. Sin un criterio propio, resulta fácilmente manipulable pues actúa de acuerdo a sus emociones y/o la opinión del momento.

El gobierno mafioso corresponde a una democracia débil, donde la ciudadanía es muy incipiente. Y debe recordarse que ciudadano es quien piensa más allá de su bienestar personal y se preocupa por el interés general de su comunidad. Por ello, para que se consolide la ciudadanía, y se fortalezca la democracia, es necesario un sentimiento de identificación con la comunidad. Pero allí donde no hay igualdad y reina la exclusión, las mayorías no suelen tener presente el interés general. El gobierno mafioso surge de la discriminación y la desconfianza que dificultan la solidaridad y la emergencia de una opinión ilustrada.

La alcaldesa fue elegida con el apoyo de la izquierda y el voto popular. Los sectores privilegiados le fueron hostiles. Y también le fueron hostiles la mayoría de los medios de comunicación. Pero, cuando, recién electa, la alcaldesa rechazó el clásico “borrón y cuenta nueva”, e hizo de la honestidad, el rechazo del caudillismo y la planificación concertada, las consignas de su acción política; en ese momento comenzó a perder apoyo entre las mayorías que, de manera “pragmática”, apoyan el estilo mafioso pues su experiencia les dice que las autoridades funcionan con efectividad siempre y cuando obtengan algunos beneficios personales. Este es el sentido común que se expresa en el apoyo al indulto de Fujimori o en el escaso apoyo que reciben las comisiones de investigación pues lo único importante sería hacer obras.
Total que las cosas se han invertido pues ahora la alcaldesa encuentre su respaldo más firme en el llamado sector A y la mayor desaprobación en el sector E. En este contexto, el intento de revocar a la alcaldesa de Lima es una arremetida mafiosa contra el avance de la institucionalidad democrática. No se trata solo de los antecedentes de los revocadores, Alan García, Luis Castañeda y Marco Tulio Gutiérrez; y tras ellos, todos sus operadores políticos. Lo más revelador es la manera en que llevan adelante su campaña. No es, entonces, casual que el vector principal de su esfuerzo apele a movilizar sentimientos racistas. Así aparecen por todos lados pintas en las que pretende encerrar a la figura de Susana Villarán en el estereotipo de “blanca-pituca-vaga-alejada del pueblo”. Y los más audaces, e inescrupulosos, arriesgan calificativos como “gringasha” o “lady vaga”. Tras esta campaña está la pretensión de poner en primer plano las identificaciones étnicas, en vez de la identidad ciudadana y nacional, identidad que va ganando fuerza y cuyo afianzamiento representa el único destino posible para el Perú. Convertir la campaña por la revocatoria en una suerte de lucha de razas significa reemplazar su trasfondo político- ciudadano por un combate tribal, y, en consecuencia, enfatizar la desconfianza como el principio básico para tomar posición. Y resulta que el empuje mafioso de los revocadores ha logrado que muchos entren en esta lógica.

Entonces, en base al prestigio del gobierno mafioso y a la movilización de los sentimientos racistas, se puede entender que una gestión que se ha atrevido a iniciar los cambios que la mayoría desea, como la reforma del transporte y de la comercialización de alimentos, choque ahora con una oposición tan generalizada entre aquellos a quienes, justamente, les conviene más la modernización de la ciudad.

Es indudable que en la gestión de la alcaldesa ha habido errores, quizá, sobre todo, de comunicación. Su estilo, transparente y fiscalizador, ha sido mal recibido por la gente que atribuye al gobierno mafioso una efectividad, de la que, en verdad, carece. Y el éxito de los revocadores, hasta el momento, ha residido en azuzar, cínicamente, las identidades y tensiones étnico-raciales.