No es realista la idea de una persona aislada, que a nadie le debe nada. Desde siempre las criaturas humanas existimos como parte de un colectivo. Y de esa pertenencia -a una familia, una tribu o una nación- derivamos el sentido de lo que somos, los ideales que orientan nuestras ilusiones. Las personas estamos pues enraizadas en comunidades. Y durante la mayor parte de la historia del género humano estas raíces han sido también nuestro destino. Enseñados a obedecer, a aceptar como natural un futuro que no hemos elegido, ha sido muy restringido el campo de la libertad.

Esta situación cambia con la modernidad. La posibilidad de ser un individuo, un miembro reflexivo y deliberante de una comunidad, comienza a ser real para cada vez más gente. Subordinarse e inmolarse por la comunidad a la que se pertenece dejan de ser actitudes indiscutibles. La entronización de los ideales de igualdad y democracia amplían el margen de la libertad de las personas. Nadie puede ser enviado a exponer su vida si no se genera una persuasión en torno a que esa disponibilidad es la condición para preservar o ampliar el dominio de la libertad y la democracia.

Y el espacio social en que se genera esta nueva forma de relación entre las personas y la sociedad es la nación moderna. El individuo y la nación son como cara y sello de la misma moneda. Solo dentro de la nación compuesta por ciudadanos iguales ante la ley, puede desarrollarse el individuo como la persona que apuesta a construir un destino a la medida de sus deseos. Ahora bien, el fundamento de la nación es un sentimiento de solidaridad dado por compartir una suerte de “sustancia”, algo indefinible pero que nos hace más iguales que diferentes. En realidad, esa “sustancia” está dada por compartir las mismas tradiciones, pero sobre todo por imaginar y sentir que constituimos una comunidad. Entonces, podemos disentir en muchas cosas pero compartimos el deseo de reconocernos, unos a otros, como conciudadanos, como individuos iguales ante la ley.

El nacionalismo crea la nación pues impulsa el sentimiento de pertenencia y lealtad hacia una sociedad a la que le debemos mucho de lo que somos. El nacionalismo tiende a subvertir las jerarquías basadas en las desigualdades heredadas, y no en los propios méritos. Por ello el gran enemigo del nacionalismo es el racismo, pues postular que existen “jerarquías naturales” viene a validar y reproducir la desigualdad de oportunidades. Y, como consecuencia, la solidaridad se debilita, y las instituciones se menoscaban. Entonces se hace imposible, o muy difícil, una mediación dialogante, no violenta, de las diferencias.

En nuestro país existe solo un germen de nación. Basadre lo llamaba un “querer existencial nacional”. Pero aún sin llegar a serlo, añoramos ser una nación. Y en respuesta a este deseo de ser nación han surgido diversas propuestas. La más importante ha sido el “nacionalismo criollo” que postula al Perú como una nación occidental y cristina que tiene que afirmarse, de un lado, en la negación de lo indígena, concebido como lo arcaico, y, del otro, en la imitación de Europa y Estados Unidos. En su momento fue una propuesta progresiva pues prometía reconocimiento y ciudadanía a todos los que se acriollaran, dejando atrás la supuesta “mancha” indígena. No obstante, son también evidentes los límites de esta propuesta que concilia demasiado con el racismo, que nos hace abjurar de la herencia indígena donde palpita lo más peculiar del legado nuestros ancestros. Entonces bien se entiende que el nacionalismo criollo no haya producido una autoestima nacional suficiente, ni, tampoco, un sentimiento de igualdad y mutuo respeto. En verdad, el peruano, tal como es creado por el nacionalismo criollo, al rechazar y avergonzarse de sus raíces indígenas, tiende al apocamiento, la inseguridad, y la minusvaloración de sí. Y, lógicamente, a la imitación servil de lo extranjero, idealizado como lo realmente deseable.

La insuficiencia radical de la propuesta criolla, y la actual redefinición de la peruanidad son evidentes en el mundo de la migración, en lo que José Matos Mar ha llamado “desborde popular”; es decir, en los migrantes y sus hijos que luchan contra las barreras del racismo y comienzan a reivindicar, y hacer fructificar, las raíces que fueron llamados a desconocer. El nuevo Perú ya se presiente en la música y en el baile, en la multiplicación de los encuentros culturales, en la gravitación creciente de aquello negado y reprimido. En todo caso la misión civilizatoria del nacionalismo –el avance de la igualdad, la democracia y la libertad- está lejos de haberse cumplido en nuestro país. En lo fundamental, nuestro nacionalismo no es agresivo, ni supremacista, ni excluyente, como ocurre en muchos países del primer mundo. Y, si por momentos, puede serlo es como reacción al desprecio en que fuimos subyugados.