Frente a las diferentes ideologías oficiales que celebran el mestizaje como el encuentro traumático pero, finalmente, integrador y fecundo, que fundamenta las naciones latinoamericanas, se yergue otra corriente interpretativa que valora en el mestizaje imposición, bastardía y psicosis. Desde esta perspectiva el mestizaje no es integración sino heterogeneidad conflictiva, crisis nos resuelta.

En esta corriente crítica se sitúa, por ejemplo, Octavio Paz en su Laberinto de la Soledad (1950). El mestizo es hijo del engaño y la violencia, y, abandonado por su padre, suele menospreciar a su madre. Le reprocha su poco valor social y aspira, sin lograrlo, a ser como ese padre autoritario y ausente al que ama y odio, simultáneamente. El mestizo vive pues desgarrado entre la admiración del medio que lo rechaza y el odio hacia quienes lo quieren y acogen. Finalmente, el mestizo es una criatura solitaria, incapaz de forjar vínculos. Un planteamiento similar se encuentra en Juan Rulfo en Pedro Páramo (1954). Y también en El Chulla Romero y Flores (1958) del escritor ecuatoriano Jorge Icaza. El mundo interno del mestizo es el microcosmos donde se reproducen las contradicciones y ambivalencias de la escindida sociedad post-colonial de la cual él no podría ser, aunque así se lo pretenda, su exponente o germen de futuro. Entonces, el mestizaje es un hecho biológico y también cultural pero, y esto es lo decisivo, no da lugar a una subjetividad equilibrada, segura de su propio valor. El mestizo es una criatura traumatizada que no termina de saber quién es.

En el Perú la narrativa post-indigenista se centra en la figura de José María Arguedas. Y en el universo narrativo de Arguedas, hay varias vertientes. En la primera la condición mestiza se asocia a la bastardía, la trashumancia y la falta de aceptación social. Es el caso, por ejemplo de Don Antonio, el camionero del cuento que lleva el mismo nombre. El mestizo no es ni una cosa ni es la otra pero tampoco llega a ser una tercera. En una segunda vertiente el propio Arguedas ensaya a definirse como alguien donde coexisten el legado indígena y el hispano; “Yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y e quechua”. No obstante sería simplificar demasiado decir que la obra de Arguedas es una apuesta al mestizaje. Volveremos sobre Arguedas.

De otro lado, la discusión en torno al significado del Inca Garcilaso de la Vega resulta muy significativa. La orientación conservadora, Riva Agüero, por ejemplo, lo postula como al Inca como el “primer peruano”, el mestizo que logra integrar –orgullosamente- ambos legados. Pero está interpretación es discutida por Pablo Macera y César Delgado Díaz del Olmo. Ambos autores cuestionan la supuesta integración que habría logrado Garcilaso. En todo caso, la identificación de Garcilaso es, por el ledo de su madre, con la nobleza quechua y con una visión idealizada del imperio de los Incas, y, por el lado de su padre, con la misión providencial de los españoles de cristianizar a los indios. Su caso, el Inca creyente, orgulloso de la sociedad nativa a la vez que defensor de la invasión española, sería único y más frágil de lo que parece pues antes de ser la cabeza de una estirpe es el último de los mestizos reales. No sólo no tiene seguidores sino que condena a la bastardía a su único vástago.

II

Dentro de esta perspectiva debe leerse la última novela de Miguel Gutiérrez, Pasión Latina. Gutiérrez nos cuenta la historia de Nolasco Vílchez, el hijo de un señorito piurano que viola a su empleada doméstica de apenas 14 años. El padre, enviado a Alemania a estudiar medicina, ni se entera de la criatura que ha engendrado. Y la madre es despedida. A manera de compensación se le da la tarea de lavar la ropa de la encumbrada familia. A medida que crece Nolasco responsabiliza a su madre de su nulo valor social. Y tiene, en cambio, una admiración rendida por la prestigiosa familia del padre que lo desconoce. El pequeño Nolasco es el encargado de trasladar la ropa de un lugar a otro. Y el camino es un calvario puesto que se convierte en el hazmerreir de los niños piuranos que lo humillan sin piedad y con deleite. Más tarde, el padre regresa casado con una bella alemana. Trude es rubia y distinguida, y rompe con la rutina de una sociedad casi aldeana. La libertad de su cuerpo la convierte en el objeto del deseo de la gente que la aguaita excitada, con admiración. Entre ellos, claro está, el niño Nolasco. Deseo reforzado por los films de Marlene Dietrich. En algún momento la familia prescinde de los servicios de la mamá de Nolasco, temerosos de que Trude, la joven alemana, descubra el parecido entre el niño y su esposo.

Con los años, Nolasco niega a su madre, pese a que depende del dinero que le envía. Cuando ingresa a San Marcos, al momento de la matrícula “declaró como muerta a su madre”. “Eso fue una prueba de su fuerza interior. Había comprendido que su existencia era singular. Nadie me engendró… He nacido de mí mismo… soy el primer hombre. Y no debo nada a nadie”. Lo que Nolasco quiere es “un destino más alto”.

Terminado sus estudios Nolasco regresa a Piura en calidad de profesor. Está casado y tiene un hijo. Pero dista de estar feliz. Su deseo está capturado por el pellejo blanco. El cielo se le abre cuando aparecen los jóvenes norteamericanos del cuerpo de paz. Entre ellos, Karen Spiegel. No hay descanso para Nolasco que se pone al servicio incondicional de la atractiva Karen. Y resulta que ella le da bola. Se inicia entonces un romance. El erotismo furioso de sus cuerpos los encierra en largas jornadas amorosas. Son, desde luego, el escándalo de la pacata sociedad piurana. Pero es, ante todo, la vindicación de Nolasco que gusta exhibirse con Karen. Y Karen está contenta de ser el arma de su venganza.

Establecidos como pareja se trasladan a Ayacucho. Karen como promotora de artesanías rurales y Nolasco como profesor de inglés. Son los años de la efervescencia revolucionaria en Huamanga. Y resulta que Karen es una patriota norteamericana, una agente de inteligencia, encargada de monitorear el campo huamanguino enviando información sobre personas y organizaciones sospechosas de propiciar la subversión comunista. Y Nolasco hace lo propio en la ciudad. No obstante, a medida que las sospechas sobre la pareja comienzan a crecer, y se hace el hielo en torno a ellos, dejan de ser útiles. Y la próxima misión de la pareja es un país de Centro América. Allí repiten el esquema.

Tiempo después van a vivir a Washington. Karen se convierte en una politóloga de mucho éxito en las universidades con estudios sobre América Latina. Y a Nolasco solo se le abre el poco promisorio destino de profesor de español en universidades de segunda categoría. El deterioro de la relación es irreversible. El furor erótico es solo un recuerdo y nada, en realidad, los une. Nolasco se dedica a la carpintería y añorar relaciones con mujeres que se parecen a las niñas que admiraba en su infancia. Mientras tanto, Karen entra en una relación con un vecino, un coronel retirado. En un sinceramiento mutuo la verdad sale a flote. Ella, Karen, le grita “no… mestizo, sino bastardo; no me dijo cholo sino indio… después pronunció el ultraje mayor: la sola idea de quedar embarazada de mí le causaba nauseas y después del segundo aborto, decidió, sin consultármelo, amarrarse las tropas de Falopio”. Le llega el turno a Nolasco. “todas las bascosidades estaban centradas en denigrar su piel, que yo no llamaba “piel” sino “pellejo”, pellejo blanco, como las mortajas, oloroso a muerte”.

El triunfo académico de Karen es otra cachetada para Nolasco. Ante su insistencia Karen le consigue labores de inteligencia de muy menor cuantía, como espiar a los estudiantes latinoamericanos. Nolasco pretende infiltrarse entre los musulmanes radicales. Algo verdaderamente importante. Y el mundo se le derrumba cuando descubre que es la propia Karen la que sabotea sus esfuerzos para enrolarse como informante. Entonces lo posee una rabia asesina. La rabia que llevará al asesinato, primero, y al descuartizamiento, luego, de esa mujer que lo había traicionado una y otra vez. Se trata de un crimen pasional de odio y celos. Un asesinato que es también un suicidio pues Nolasco no pretende huir ni ocultar su crimen. Ni siquiera acaba su tarea. El descuartizamiento queda incompleto, como si la rabia acumulada se hubiera desfogado de manera que se queda ya sin energías para continuar.

III

El mestizo-bastardo-ilegítimo no tiene piedad para la madre víctima que lo protege pese a sus desplantes. Tampoco es leal con sus amigos, ni con su primera esposa e hijo, a los que traiciona sin remordimientos. Nolasco está ofuscado, lo único que pretende es el reconocimiento de la sociedad que lo niega y que hace escarnio de sus pretensiones.

Pero con el transcurso de los años se va dando cuenta que hay algo aún más fuerte que la atracción por el “pellejo blanco”. Es el deseo por gente como él, de su mismo color e idioma. En realidad se ha dejado llevar por una ilusión pasajera, por una admiración inmerecida. Pero ya es demasiado tarde. Las humillaciones sufridas de niño las revive, acrecentadas, en su matrimonio.

Ante los ojos de Karen, Nolasco se va devaluando. Es solo un indio de inteligencia muy limitada, de poca utilidad. Alguien que no merece respeto. Pese a la sensibilidad artística que Nolasco manifiesta en la producción de muebles. Mientras tanto, para él, Nolasco, Karen es la peor de las racistas. Alguien que tiene que estar muerto pues no lo valora.

En el trasfondo de la aparente armonía con que vivieron sus primeros años de matrimonio latía pues una verdad insoportable con la que están citados. Es una maraña de prejuicios que son capaces de trascender. Un odio, o mutuo desprecio, que hace que su unión sea estéril. No tienen hijos.
Karen es muy poderosa y Nolasco demasiado dependiente. Desequilibrio, por supuesto, demasiado extremo como para no suscitar el resentimiento de Nolasco.
¿Es fatal el destino de Nolasco? ¿Qué hubiera sido necesario para que Nolasco valore el sacrificio y la incondicionalidad de su madre? ¿Cómo podría haber respondido el rechazo paterno con una justa indignación? Pero sucede que Nolasco tiene su imaginario colonizado por las valoraciones de una sociedad que admira el “pellejo blanco” y que desprecia a las víctimas y los humildes. Nolasco pudo ser un rebelde si no hubiera negado sus sentimientos más personales, si lograra resistir la presión del medio. Pero no, Nolasco es un “alienado”, está ganado por deseos que en realidad no son los suyos. Si buscamos filiaciones intertextuales una referencia obvia es el cuento Alienación de Julio Ramón Ribeyro.

En Pasión latina se reproducen viejos tópicos de la narrativa de Gutiérrez. La violación y la bastardía, la inmoralidad de los poderosos y la humillación de los débiles. La prepotencia y el deseo de venganza. Finalmente, la imposibilidad de un entendimiento profundo entre gente distinta. Tampoco es que los tópicos siempre sean los mismos pues en una novela anterior Babel el paraíso, Gutiérrez imagina el encuentro gozoso entre gente muy diferente. Pero no se trata del marco de la absoluta intimidad que caracteriza al matrimonio.

IV

Doris Sommer ha resaltado la importancia de las “ficciones fundacionales” para la consolidación de los nacionalismos en América Latina. Se trata de narrativas donde el amor predomina sobre las diferencias sociales y raciales. Desde el momento en que la hija blanca del rico propietario se puede casar y tener una descendencia legítima con el trabajador mulato es porque aquello que los une es más fuerte de aquello que los separa. El amor es el bálsamo real, o imaginario, que cura el odio y el resentimiento. Ya lo decía Baruch Spinoza el amor es más fuerte que el odio puesto que nadie puede permanecer odiando a la persona que lo ama. El deseo del mulato, su ardor, termina llenando de orgullo y felicidad a la heredera. El amor, según Spinoza, es ese sentimiento de alegría y potencia acompañado de la idea de que hay alguien allí que lo produce. Ese alguien es el ser amado. Y lo contrario sucede con el odio que una contracción de nuestro yo cuya causa sería precisamente la persona odiada.

Pero el amor –inicial- de Karen no curó a Nolasco. Su odio siguió latente y fue reavivado por el despecho y mejor fortuna de Karen. En todo caso la novela de Gutiérrez Pasión latina viene a ser un síntoma de la debilidad del mestizaje en la sociedad peruana.

V

La novela de Miguel Gutiérrez es mucho más compleja de la reseña que he intentado. Solo he reconstruido la historia central. Es indudable su maestría en el arte de narrar. Un suspenso bien dosificado hace que no podamos abandonar la lectura de Pasión Latina. Y el tema de fondo, el colonialismo, y la consiguiente brecha que el mestizaje no llega a cubrir, es ciertamente un hecho central, aunque no único, en nuestra abigarrada realidad. Quizá la narración apela demasiado a estereotipos sin calar tan hondo en el atormentado mundo interior de Nolasco Vílchez. Lo mismo podría decirse del otro personaje central: Karen Spiegel. Finalmente puede considerarse innecesaria, o exagerada, la profusión de historias y personajes secundarios.

VI

¿Mestizaje o no mestizaje? Quizá el problema está en la manera en que se plantea la pregunta. Especialmente en el “o” que convierte en excluyentes a ambas posiciones. De un lado, los que rechazan cualquier integración en nombre de un sustrato atávico de prejuicios y violencia que, a la larga mostrara como una impostura a esa supuesta integración. Y, del otro, aquellos que subrayan la fluidez de los encuentros y el dinamismo de los intercambios, hechos que determinan que hoy en día ya nadie sepa muy bien quién es. Las identidades raciales o racializadas serían ilusiones de una minoría compuesta por aristócratas irredentos y resentidos empecinados.

Creo que los conceptos de “paralaje” y “transcrítica”, tales como son elaborados por Kojin Karatani, a partir de una lectura de Kant, nos pueden ayudar a salir de este impasse. En la lectura de Karatani, Kant es el filósofo que se niega al llamado de la idealización reconciliadora. No se deja seducir por las buenas intenciones e insiste en la realidad del conflicto, en hacer visible lo ambiguo e irresuelto. El paralaje es definido como una actitud que consiste en “ver las cosas ni desde mi propio punto de vista, ni, tampoco, desde el punto de vista de los otros, sino encarar la realidad que se expone a través de la diferencia”. Entonces Kant no toma partido por alguno de los bandos en disputa, sino que los confronta sin pretender llegar a una tercera posición estable. Esta confrontación es precisamente el fundamento de la “crítica trascendental” que supone un movimiento de ir y venir entre oposiciones históricamente irreductibles que, por tanto, no pretenden ser “superadas” en una suerte de síntesis que comprenda a ambas.

Trasladadas estas concepciones al tema del mestizaje tendríamos que decir que el mestizaje corresponde a un deseo de integración, y de desvanecimiento de las diferencias, en la síntesis o mezcla homogeneizadora. Y, de otro lado, la negación del mestizaje remite a un deseo de identidades puras e irreconciliables, a preservar las diferencias, a resistir el impulso colonizador. Ver a estas posiciones en “paralaje” significa comprender que ambas tienen razón, y que una no existiría sin la otra. Es decir, la ansiedad por el mestizaje tiene como sustrato la realidad de la oposición. Y la premura por separar se basa en el miedo a juntarse. Ambas tendencias coexisten y la realidad que se trasluce tras su oposición es la de una mezcla que no homogeniza y de una heterogeneidad que no impide la hibridación. Es decir, en el revoltijo no se disuelven las diferencias pero tampoco las diferencias impiden la integración. Esta es la realidad contradictoria que vivimos y que el concepto de paralaje nos permite conceptualizar en contra de los deseos de una armonía apresurada, por parte de los poderosos, y de un enquistarse en el deseo de venganza por parte de los que se sienten maltratados. Se trata de una situación paradójica, de una “heterogeneidad no dialéctica” que es el nombre que a este fenómeno dio Antoni Cornejo Polar.

En realidad el tema fue claramente intuido por Arguedas. En el segundo diario de Los Zorros escribe: “Como en el aire de los abismos andinos en cuyo fondo corre agua cargada de sangre, así está cierto, en esa novela (Todas las sangres), el constreñido mundo hispánico. Está el hombre libre de amargura y escepticismo, que fue engendrado por la antigüedad peruana y también el que apareció, creció y encontró al demonio en las llanuras de España. Parte de esos diablos se mezclaron en los montes y abismos del Perú, permaneciendo, sin embargo, separados sus gérmenes y naturalezas, dentro de la misma entraña, pretendiendo seguir sus destinos, arrancándose las tripas el uno al otro, en la misma corriente de Dios, excremento y luz”.

La mezcla coexiste con la separación. Aún cuando convivan en la misma “entraña”, españoles e indios, se reafirman en sus diferencias gracias a una lucha permanente. La relación entre criollos y andinos representa la realidad de un mestizaje no integrador. Una situación paradójica pues aunque el intercambio acerca, acrecentando las similitudes, la jerarquía no se llega a disolver.

En su discurso “No soy un aculturado”, que es una resistencia a la asimilación mestiza, Arguedas escribe: “Y ese país en que están todas las clases de hombres y naturalezas lo los dejo mientras hierve con la fuerza de tantas sustancias diferentes que se revuelven para transformarse al cabo de un lucha sangrienta de siglos que ha empezado a romper, de veras, los hierros y tinieblas con los que los tenían separados, sofrenándose”. (p.287)

Esta cita permite pensar que para Arguedas el “paralaje”, o heterogeneidad no dialéctica, no tiene porque tener la última palabra. Es más, la anticipación arguediana apunta a que este proceso de proximidad y mezcla, pero permanencia de la oposición, está cambiando pues ahora se han empezado a romper los hierros del ninguneo, y hacerse la luz de la igualdad. Entonces, al menos tendencialmente la tendencia que lleva al mestizaje es más fuerte que aquella que se repite en la oposición y la lucha.

En este sentido la novela de Miguel Gutiérrez subraya la radicalidad de la oposición. ¿Es posible que una gringa se junte con un indio, cholo o mestizo? Esta combinación es para Gutiérrez un error que no perdurará. De un lado, el deseo del indio está deslumbrado por lo blanco pero, en realidad, apunta, a lo propio, a lo que le es afín. Y otro tanto ocurre con el deseo del blanco que sabe que nunca podrá ser tan ardorosamente deseado como por el hambre de siglos del indio. Pero que también en el fondo lo desprecia. Es decir, mientras el indio desea al gringo, el gringo desea ser deseado, divinizado. Pero este mutuo deseo es un malentendido pues, a la larga, lo que vale es juntarse con lo propio.

En un inicio, Nolasco es devoto servidor de la poderosa Karen pero la propia humildad de su posición lo devalúa frente a sí mismo, e igualmente, ante su dios y fetiche. Ambos se fatigan y no se resisten. Triunfan el odio y el desprecio. El antagonismo no se resuelve.

Sencilla explicación del paralaje

Para la persona A la estrella en el fondo lejano está a la izquierda del objeto observado. No ocurre lo mismo para la persona B, para quien la estrella del fondo lejano se sitúa a la derecha del objeto observado.

Sencilla explicación del paralaje

Para la posición A la estrella en el fondo lejano está a la izquierda del objeto observado. No ocurre lo mismo para la posición B, la estrella del fondo lejano se sitúa a la derecha del objeto observado.