(Esta reflexión nace de una exacta pregunta de Alendra Borea, quien acompañó, además, el desarrollo de la argumentación. Es entonces, casi, mi coautora)

La frase “puta madre” se usa en contextos coloquiales para expresar la sorpresa que causa una cosa, persona o situación. Sorpresa que puede ser agradable o desagradable. Entonces, de un plato de comida, un film o un individuo se puede predicar que es de la “puta madre”; lo que significa que se sale de lo común, que es excelente, que es todo un descubrimiento. No obstante, la misma frase se usa también para calificar lo diametralmente opuesto; es decir, situaciones que implican gran frustración y contrariedad. Si una vez emprendido un viaje nos damos cuenta que hemos olvidado algo, entonces, acude a nuestra mente la frase “puta madre”. Ponemos así, en palabras, nuestra cólera, decepción y lamento.

El dominio de la “puta madre” abarca fenómenos que comparten un carácter extraordinario pues son inesperados, están más allá de las expectativas que definen lo cotidiano o rutinario. De otro lado resulta curioso que el mismo calificativo sirva para nombrar lo muy bueno y lo muy malo.
Entonces, se impone la pregunta ¿por qué a lo intenso e inesperado se le califica como de la “puta madre”?

La misma expresión “puta madre” alude a algo que no debería existir. En efecto, la madre es abnegación y entrega, amor incondicional. Su figura es sagrada de manera que suscita respeto y gratitud. De otro lado, la puta se define por cualidades opuestas a las de la madre pues es promiscua y vende un simulacro de amor. Su figura simboliza lo indigno, lo que no tiene un verdadero valor. Por tanto, desde la perspectiva de la lógica formal, la frase “puta madre” nombra algo imposible: la integración de contrarios que no podrían coexistir entre sí. Algo así como una luz negra o un frío caliente. Entonces si la expresión “puta madre” es una figuración de lo imposible, resulta que tiene mucho sentido calificar una situación insólita como de la “puta madre”. Ese film tan bueno que resulta increíble que pueda existir, pertenece, pues, al orden de la “puta madre”. O ese malestar inesperado que nos desbarata corresponde también al dominio de la “puta madre”. Se puede concluir que la expresión “puta madre” sirve para identificar la realidad de lo que parecía imposible. Nadie lo podría creer pero es cierto, es de la “puta madre”.

Pero una cosa es la lógica formal y otra, muy distinta, la realidad de la vida. El sistema clasificatorio de la lógica formal nos induce a pensar que las cosas son o no son. En el mundo de la vida, sin embargo, las cosas no son tan lógicas y claras. Especialmente en el reino de lo inconsciente que es el fundamento oculto de lo cotidiano. Allí palpita lo que es sentido e imaginado pero que resulta inaceptable y rechazado. En ese campo de lo no asumido coexiste el odio con el amor a la manera de un hielo que arde o de una luz que oscurece. Lo ambiguo y lo ambivalente viven allí. Y bajo la forma de sueños, actos fallidos y lapsus incursionan en nuestra conciencia. En este mundo la “puta madre” no es una realidad imposible, un conjunto vacío, sino la expresión de una ambigüedad negada hacia las figuras de la madre y de la prostituta.

La madre tiene algo de la prostituta y la prostituta tiene algo de la madre. La hostilidad hacia la madre es un sentimiento prohibido, solo pensar en que es posible tener un resentimiento u odio hacia la madre, debería producir vergüenza. No obstante, el hecho es que todos lo tenemos. Ocurre que en algún momento de nuestra infancia nuestras madres nos decepcionan, nos dejan caer del cielo donde nos sostenían. Resulta que no, que no somos omnipotentes, ni, tampoco, dueños de nuestras madres. Ellas tienen otros intereses: nuestros padres, nuestros hermanos, su propia vida. La pura abnegación es más una expectativa ideal que la misma realidad vivida. Pero, claro, toda esta complejidad no puede nombrarse, tiene que desconocerse pues no resulta legítima.

Y, de otro lado, la prostituta que simboliza la indignidad y la vileza, actúa como la madre que complace nuestros deseos, que subordina su satisfacción para darnos gusto. Claro que todo ello tiene un precio. Pero la satisfacción es mayor que el costo de manera que, aunque pagado, este servicio despierta una cierta gratitud que tampoco es legítimo reconocer pues la puta es “de mierda”, pertenece al orden de lo abyecto y asqueroso.
La expresión “puta madre” representa una suerte de lapsus a través del que se abre paso la seducción y el terror que despierta la figura femenina. En efecto, una “puta madre” sería una mujer que nos complace abnegadamente pero que nos cobra sus servicios con nuestra vida. Una mujer fatal.