Dar un significado a los hechos que nos afectan como individuos o colectividad resulta, en estos tiempos, cada vez más problemático. Una situación, menos evidente, pero quizá más decisiva, es que tampoco podemos renunciar a la significación. Entonces, desgarrados entre la dificultad para significar y la necesidad de hacerlo, podemos optar por el “exilio interior”, dorado o tormentoso, pero que, en ambos casos implica abjurar de la acción, del comportamiento inteligente y deliberado que pretende cambiar las cosas para hacerlas más afines a nuestras mejores posibilidades.

Esta dificultad para significar hace cada vez más difícil la elaboración de una memoria, el producir una narración con orden y sentido, donde se nombren y encadenen los hechos que nos han moldeado o de los que somos responsables. Es decir, una historia que nos diga de dónde venimos y adónde apostamos ir. En ausencia de un relato que vertebre nuestra existencia, nuestra vida es -como dice Macbeth, el personaje de Shakespeare- “ … sólo una sombra que camina;/ Un miserable actor que pasa su hora pavoneándose y agitándose en la escena/ Y después no se escucha/Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia que no significa nada”. Desde el rechazo a la memoria, solo podemos valorar nuestra existencia como un tiempo fugaz, al que debemos sacar el jugo en términos de disfrute inmediato. Todo lo demás: luchas y apuestas, esfuerzos y perseverancias, no vale la pena, carece de sentido. El tópico shakesperiano hace resonar palabras más antiguas. El Eclesiastés con su célebre “¡Vanidad de vanidades que todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con qué se afana bajo el sol?”. La vida es breve e insignificante y lo único que nos impulsa es una condenable soberbia. La idea nos lanza a la melancolía pues cuando (des)calificamos nuestros deseos como vanidad y soberbia, nos estamos desapegando, con razón o sin ella, de lo que puede ser un sentido que oriente nuestra inquietud vital. Pero, claro, El Eclesiatés no convoca al disfrute sino a la postergación de sí, al autocontrol, que si valen la pena pues tienen la salvación como recompensa.

La lucha por significar ya no cuenta con el apoyo de esos grandes metarrelatos que antes nos permitieran otorgar un sentido a los acontecimientos, ubicarlos en un tiempo-historia mediante la explicación de sus causas y la identificación de sus consecuencias. La ausencia, o debilidad, de estos marcos dificulta significar los hechos, construir narraciones que permitan postular un sentido y definir una identidad individual y colectiva. Un yo y un nosotros. Es decir, una presencia interior unificadora y, de otro lado, una colectividad definida por compartir una memoria de la que nace un proyecto, un camino.

Ahora bien, si los hechos no son significados, o si hay una competencia irresuelta por significar esos hechos, el resultado es el desvanecimiento del relato, su fragmentación en datos o recuerdos aislados, que no hacen sentido. Y, como consecuencia, la dificultad para aprender y el consiguiente debilitamiento de la identidad. Hay que repetirlo una y otra vez: los acontecimientos humanos han de ser narrados, desplegados en el tiempo; solo así podrán recordarse como una historia, como hechos encadenados por un sentido que posibilita una experiencia, un aprendizaje que nos coloca en nuestra contemporaneidad de una manera más capaz y fecunda.

II

Los síntomas de las dificultades para producir significaciones y construir relatos están por todas partes. Desde la vida personal donde las narrativas canónigas de la salvación del alma y del éxito mundano han perdido mucho de su capacidad modeladora de la experiencia individual, hasta la vida de las naciones donde las narrativas del progreso y de la afirmación nacional han perdido también mucha de su capacidad de ordenar y dar sentido a los recuerdos de las colectividades. Pero seamos más concretos y veamos más de cerca algunas situaciones.

En la novela de Bernard Schlink, El fin de semana, se relata una reunión de viejos amigos que se congregan para reencontrarse con Jorg ,ex miembro de la Fracción del Ejército Rojo (Baader-Meinhof), que acaba de salir en libertad tras 20 años de prisión por sus acciones terroristas, cuatro asesinatos.
¿Quién es Jorg? ¿Es acaso el héroe fracasado que se atrevió a actuar lo que todos pensaban pero que por cobardes se abstuvieron de hacer? ¿O es el dogmático irresponsable que asesinó inútilmente a cuatro seres humanos que nada le habían hecho? Estas valoraciones compiten con una más extrema, que es, justamente, la del hijo de Jorg, Ferdinand, que se erige en fiscal de la generación de sus padres: “Tienes la misma incapacidad para la verdad y el dolor que tenían los nazis. No vales ni un céntimo más que ellos, ni cuando asesinaste a esas personas, que no te habían hecho nada, ni después, cuando sigues sin comprender lo que hiciste. Vosotros os escandalizabais ante la generación de vuestros padres, la generación de los asesinos, pero os habéis vuelto igual que ellos… Por lo que dices y demuestras nada de lo que hiciste te produce lástima. Solo lamentas que las cosas te salieran mal, que te atraparan y tuvieses que ir a la cárcel. Los demás no te dan lástima, sólo te das lástima tú”. Para Ferdinand su padre es un narcisista impenitente que, tal como lo hicieran los nazis, se autorizó a sí mismo asesinar a gente inocente en función de una causa que todo lo justificaba. Tenemos entonces tres posibilidades de valorar a Jorg y, por extensión, al terrorismo alemán y europeo de la década del 70. La primera, la de héroe fracasado, enfatiza las buenas intenciones y el valor, aunque admite que los resultados hayan sido desastrosos. La segunda, la del dogmático irresponsable, pone el acento en el daño causado y, también, en la falta de realismo del diagnóstico que inspiró el uso del terror. La tercera, narcisista autocomplaciente, lo hace equivalente a los nazis, solo un criminal incapaz de sentir al otro y que se pretende Dios.

Jorg vacila, no toma partido definido por ninguna de estas valoraciones. La mayor parte del tiempo no está seguro, aunque por momentos trata de hacerse fuerte tras el semblante de idealista fracasado. Ha estado veinte años en prisión, pero no ha pensado, no se ha comprometido –otra vez- con ninguna significación. Además, ha olvidado, no le interesa recordar. “Es como si las cosas se me hubieran escapado de la memoria, y no cosas antiguas, cosas banales que pueden desaparecer para dejar sitio a otras más importantes, sino partes de mí. ¿Cómo puedo fiarme de mí mismo? “. Además, resulta que Jorg tiene cáncer de próstata y está muy cerca de un desenlace fatal.

En su última intervención Jorg proclama que “en una “lucha que no conduce al éxito no es justificable que se produzcan víctimas?”Por tanto, a la luz de ese futuro que no se conocía, es decir, del rotundo fracaso del Ejército Rojo esas muertes son definitivamente injustificables. Pero, continua Jorg, “si con la revolución hubiéramos logrado un mundo mejor y más justo, claro que las justificaría”. Jorg termina “resbalando” hacia la posición del idealista fracasado, o del dogmático irresponsable. En cierto sentido es cierto que si la revolución hubiera triunfado, tal como Jorg y sus compañeros creían, entonces, hubiera sido ex carcelado como héroe, y sus víctimas lamentadas como “daños colaterales”, muertes injustas pero inevitables y necesarias para el logro de tanto esplendor. No obstante, de otro lado, es muy claro que el terrorismo del Ejército Rojo era una opción vanguardista y autoritaria, sin apoyo social significativo. No había como imaginar que pudiera haber triunfado. Era un delirio.

Finalmente, en el grupo de amigos parece imponerse un cierto sentido común. Se trata de reconciliarse con la vida aún si las cosas no salieron tal como se anhelaron en la juventud. “… la mayoría de los sueños no se cumplen. Yo soy el mayor de esta reunión y tampoco yo he conocido a nadie cuyos sueños se hayan cumplido. Y no por eso deja de tener valor la vida. La mujer puede ser adorable, sin ser la gran pasión; la casa puede ser preciosa, aunque no esté rodeada de árboles, y el trabajo puede ser respetable y lucrativo aunque no cambie el mundo. Todo puede ser valioso, aunque no sea como lo soñamos en nuestra juventud. Eso no es motivo de decepción ni tampoco para forzar las cosas. .. Vivimos en un exilio. Lo que fuimos y quisimos seguir siendo y quizás también lo que estuvimos destinados a ser lo perdemos, pero a cambio encontramos otras cosas. Incluso cuando pensamos que vamos a encontrar lo que estamos buscando, la verdad es que damos con una cosa distinta”.

Se configura una sabiduría de aceptación de los límites y de seguir apostando por la vida, por lo que pueda traer de bueno. Un temple más estoico que romántico. Pero, volviendo a Jorg, resulta claro que cada una de las tres significaciones tiene algo de cierto. Entonces la pregunta sería ¿es posible sintetizar estas figuraciones de Jorg en una suerte de imagen compleja donde cada uno de los rostros tenga una presencia definida? Sería algo así como un cuadro cubista. Repasemos cada uno de estos rostros. Jorg pensaba hacer el bien, creía estar luchando por los niños africanos que sufren hambre. Pero, de otro lado, Jorg se dejó arrastrar por una visión maniquea y equivocada de las cosas, y no pensó en las vidas inocentes que cegó. Y, finalmente, Jorg cultivó una imagen grandiosa y autocomplaciente de sí mismo. Entonces volvemos a la pregunta inicial ¿quién es Jorg y quiénes son los miembros del Ejército Rojo?

Pero la novela no plantea la posibilidad de una síntesis. Le es encomendada al lector la tarea de encontrar una respuesta. En realidad se renuncia a significar la realidad. Su definición queda al gusto de cada quien. Creo que esta renuncia puede ser leída -quizá- como una abdicación. ¿Neo-nazis, idealistas fracasados, o estúpidos irresponsables? El autor no toma partido. Se limita a mostrar. La novela termina cuando, acabado el fin de semana, cada uno regresa a su vida personal. Pero no se ha construido un consenso. También se podría decir que el arte no tiene porque ser pedagógico o pastoral, que no tiene porque imponer una perspectiva, que debe dejar a sus interpelados en libertad. Y, desde luego, todo esto es cierto. Pero, de todas maneras, creo que pudo ensayarse el “retrato cubista” de Jorg. Escarbar más hondo. Si, por ejemplo, tuviera que hacer una novela sobre Abimael Guzmán no dudaría en que su rostro más significativo es el narcisista autocomplaciente, poco dispuesto al sacrificio y profundamente equivocado.

III

Un segundo caso es el film de Carmen Castillo, Calle Santa Fe. Un film que documenta la historia del MIR chileno. El nombre del film, Calle Santa Fe, se refiere al lugar donde Miguel Enríquez, el compañero de Carmen Castillo, fuera asesinado. Acá es también visible el deseo (¿incapacidad?) de la autora de no producir un relato vertebrado. El documental, de casi tres horas de duración, es, sobre todo, un montaje de entrevistas a los miembros del MIR, a aquellos que sobrevivieron al horror de la dictadura de Pinochet. En realidad el film nos muestra claramente que nunca tuvieron la oportunidad de hacer la revolución que ansiaban. No fueron rivales para la DINA, la policía secreta de la dictadura. Torturados sin piedad, asesinados como escarmiento, muchos miristas perseveraron, sin embargo, en oponerse al régimen aún a costa de sus vidas y del futuro de sus hijos. Hijos que se convierten, paradójicamente, en sus acusadores más implacables. Los jóvenes de ahora pueden admirar el valor que tuvieron sus padres pero lo más cierto es que esos padres no estaban cuando ellos, como niños, más los necesitaban. Estaban dedicados a salvar a Chile.

No se trata de una defensa del MIR, pero tampoco es que se condene a sus militantes. La propuesta es comprenderlos a la luz de la época en que vivieron. Entonces se muestra una diversidad de opiniones. Que fueron los miristas: ¿héroes fracasados? ¿tanáticos irresponsables? ¿arrogantes justicieros? La directora opta por dejarnos sin una respuesta precisa. Se supone que cada testimonio aporta una verdad irreductible que no puede sintetizarse con otros testimonios.

Ahora bien, es sintomático que la narración sea deshilvanada y por momentos tediosa. Y es que falta una hipótesis fuerte sobre el significado del MIR. Entonces lo que tenemos es múltiples opiniones sobrepuestas de las que no emerge un retrato definido. Es muy significativo que la casa de la calle Santa Fe, donde fuera asesinado Enríquez, no haya sido convertida en un museo o lugar de memoria. No se pretende sacralizar al MIR. En realidad el MIR era un partido caracterizado por integrar, en torno a una opción militarista, a diversos sectores sociales de la juventud chilena. Desde muchachos muy privilegiados hasta jóvenes campesinos y pobladores. Para todos ellos el triunfo de Allende era solo un medio, o paréntesis, para desarrollar la capacidad militar que los llevaría a la conquista del poder.

Y el MIR intentó luchar contra la dictadura. Y fue vana la pretensión. Incluso, más tarde, hacia 1984, los sobrevivientes, decidieron regresar del exilio para retomar la lucha armada. Tampoco tuvieron éxito. En realidad, las ideas de sacrifico e inmolación habían calado demasiado hondo entre sus militantes que dejaron todo, sus nuevas vidas y sus hijos, en función de un entusiasmo, de unas ganas de creer, que no tenían mayor fundamento. Pero no todos comparten estas apreciaciones. Para muchos de ellos re-emprender la lucha era lo que correspondía, el deber revolucionario. Otros en cambio se desligaron de la organización.

Carmen Castillo no trata de negociar con los militantes del MIR para elaborar una valoración que todos puedan compartir. Pero, otra vez, esta actitud puede leerse como una abdicación.

IV

Será entonces cierto que cuanto más nos sumergimos en la complejidad de una situación tanto más problemático nos resulta darle una significación definida. En efecto, si la complejidad nos sobrepasa somos incapaces de significar, de construir un relato que nos permita elaborar el pasado para vivir con más libertad nuestro presente. La memoria nos permite enterrar el pasado. Pero como no hay significación, ni relato, entonces ese pasado nos continúa asediando.
¿Es posible salir de este atolladero? Algunas ideas de Hannah Arendt pueden ser muy sugerentes. Sobre la comprensión Arendt dice que ”es una actividad sin fin, siempre diversa y mutable, por la que aceptamos la realidad, nos reconciliamos con ella, es decir, tratamos de sentirnos en armonía con el mundo”.
No obstante, continúa Arendt, la comprensión es a la vez necesaria e imposible. Es decir tenemos urgencia de ella justo en el momento en que aún no podemos producirla. En efecto, la comprensión “solo se da después de cerrada la época sobre la que intenta ejercerse. Pero como necesitamos comprender nos vemos en un impasse. La salida está en asimilar el presente al pasado. Pero esta asimilación impide percibir la originalidad de lo nuevo que estamos viviendo.”Arendt no nos saca pues del impasse que en forma tan lograda formula. Pero, quizá, podríamos decir, yendo más lejos que la propia Arendt, que la urgencia de comprender no deja otra alternativa que apostar por una posibilidad razonable, por una comprensión anticipada, que tendrá que ser desmentida, corroborada o matizada una vez que tengamos la perspectiva histórica suficiente como para lograr una visión más depurada de los hechos.

En todo caso, pese a todos sus problemas –falta de información, pluralidad de hipótesis, exceso de datos- no podemos renunciar al ejercicio de la comprensión sobre nuestro presente pues, como dice Arendt, “La actividad de comprender es necesaria; … ella sola puede darle sentido y prodigar nuevos recursos al espíritu y al corazón humano que acaso sólo se pondrán de manifiesto una vez que la batalla haya sido ganada”. Es decir, de la comprensión (anticipada) nace el ímpetu para actuar. Entonces, renunciar a la comprensión es renunciar al sentido, al intento de hacer significativa nuestra vida, a elaborar tentativamente la experiencia que nos oriente hacia el futuro y nos permita escapar del hechizo del pasado. Y renunciar a significar y comprender es también escapar de la acción individual y colectiva que está basada necesariamente en una apuesta sin garantías.

Este aspecto es remarcado por Arendt: ”La comprensión precede y prolonga el conocimiento. La comprensión preliminar, base de todo conocimiento, y la verdadera comprensión, que lo trasciende, tienen en común el hecho de dar sentido al conocimiento… la verdadera comprensión vuelve siempre sobre los juicios y prejuicios que la han precedido y (que han) guiado la investigación estrictamente científica… Si el científico, extraviado por el objeto propio de su investigación, empieza a hacerse pasar por un experto en política y despreciar la comprensión popular de la que partió, pierde inmediatamente el hilo de Ariadna del sentido común que es el único que lo puede guiar con seguridad a través del laberinto de sus propias conclusiones.”

V

Quisiera traer esta reflexión al caso peruano a propósito de la insurrección senderista. En nuestro medio prima la idea de que mejor es no pensar. Y la manera de hacerlo es la simplificación radical. Entonces, el relato dominante, lo que Arendt llamaría “comprensión preliminar”, es que el conflicto interno fue obra de un grupúsculo de locos malvados que, gracias a la ignorancia de tantos, logró un apoyo que le permitió imponer el terror, poniendo en riesgo la propia viabilidad de la sociedad peruana. Las Fuerzas Armadas, continúa este relato, lograron detener el “flagelo terrorista”, con algunos excesos aislados, lamentables pero finalmente excusables, dada la ferocidad de la insania terrorista. Entonces no tiene sentido detenerse en el pasado. Lo que cabe es mirar hacia adelante y agradecer a las fuerzas del orden. Mejor olvidar que tratar de comprender mejor lo sucedido. La alternativa desde luego es el informe de la CVR que, sin renunciar a significar los hechos y atribuir responsabilidades, ofrece una imagen mucho más compleja y matizada. La insania terrorista tuvo como respuesta el terror estatal contra la población más indígena y pobre del país. Esta respuesta hace evidente la fragilidad de los vínculos, el racismo, la escasa integración nacional.
La hostilidad hacia el pensamiento del mundo conservador es clamorosa. Está prohibido pensar más allá del relato referido.

Pero de repente aparece un grupo que reivindica la insurrección, el MOVADEF. Entonces, los que suscriben la narrativa súper simplificadora, se escandalizan. No entienden lo que sucede y demandan represión. No se dan cuenta que el olvido que ellos mismos han propiciado permite el retorno del violentismo, más aún porque las injusticias con las que pretendió justificarse siguen allí, lacerantes. Por no hablar de las distancias y los resentimientos.

Conclusión: En el Perú tenemos que apostar por producir relatos significativos, por arriesgar, anticipar una comprensión aún cuando no tengamos una perspectiva histórica que nos permita un conocimiento depurado. Y lo mismo se puede decir de cada uno de nosotros como individuos. La única manera de superar los traumas, y el desconcierto, es produciendo narrativas que hagan nuestra experiencia, menos oscura, más transparente, que nos reconcilien con la vida. Al final de este ensayo-exploración referiré un caso personal.

V

La crisis de la significación, la dificultad para elaborar relatos es un síntoma de nuestra época. Es muy probable que sea resultado del afianzamiento del individualismo. Ahora, en los tiempos que corren, nadie quiere que su historia sea subsumida en una historia más grande, como, tampoco, nadie desea que sea otro el que hable por él. Todos queremos afirmar nuestra particularidad. Aunque ello signifique el debilitamiento de la comunidad. Por tanto, hay que repensar la comunidad, los vínculos sociales.

En efecto, hay comunidades y comunidades. Y me parece que la comunidad que se añora es sobre todo la colectividad que hace tabla rasa del individuo, aquella que lo aplasta, moldea y normaliza. Pero estamos en otros tiempos. En esta época, donde gana presencia el “individualismo reflexivo y expresivo” las mitologías colectivas son rechazadas como monedas febles que no tienen el contenido de oro que en su anuncia en su acuñación. Esas mitologías son percibidas como invitaciones a sacrificios incondicionales, a una actitud automática de auto postergación. Y, claro, ahora nos preguntamos quiénes y por qué demandan esos sacrificios. Y, en tanto no encontramos una respuesta satisfactoria, esta pregunta nos torna en escépticos de los héroes y las promesas de trascendencia. Pero la verdad es que no podemos renunciar a la comprensión, y al significado y la memoria que son su fundamento. Esa renuncia nos encamina al sin sentido.

VI

La historia que quiero contar se refiere a la relación con mi padre. En algún momento, luego de quedar viudo, mi padre reunió a sus hijos y contó la siguiente anécdota. Había un padre que tenía 4 hijos y un reloj de oro muy valioso. Y no sabía a quién dejárselo. Entonces fue en búsqueda de consejo. Algunos le dijeron que lo venda y que reparta equitativamente el dinero. Otros le advirtieron que lo mejor era rifarlo pues así no se le podría reprochar ninguna preferencia. Pero, finalmente, lo convenció el amigo que le dijo que tenía que dárselo al hijo que fuera más cariñoso.

Escuché con desasosiego y temor la pequeña historia. Era como invitarnos a competir por su afecto y su herencia. Y mi padre escogió a mi hermano mayor a quien favoreció sistemáticamente. No era mucho el dinero que estaba en juego. Pero su actitud sembró en mí una gran amargura. Sobre todo porque lo quería mucho y no me parecía que mi hermano mayor fuera un mejor hijo que yo. Entonces, aún en sus términos, de dame tu cariño que te daré mi dinero, me parecía que mi padre obraba de manera injusta. Este (re)sentimiento de ser injustamente postergado me ha perseguido durante muchos años. Además, la absurda decisión de mi padre terminó destruyendo nuestra familia. Los tres hermanos postergados hicimos causa común. La relación con nuestro padre se enfrió, y se quebró la relación con nuestro hermano mayor.

Mi padre vivió hasta los 93 años, falleció el año 2008. Su viudez duró 25 años. Y durante mucho tiempo viví molesto con él. No podía comprenderlo, me sentía confundido, adolorido. Una y otra vez regresaba el mismo regusto amargo, haber sufrido una injusticia, una decepción que no podía aceptar puesto que igual seguía queriendo a mi padre.

Ahora creo haberme liberado de ese lastre. Ya no me inquieta esa historia que pertenece a un pasado que está bien enterrado. Creo comprender a mi padre. Como todo ser humano tenía sus límites. Para empezar la justicia nunca fue su fuerte. Era muy cariñoso y servicial pero distribuía sus afectos de manera errática sin que mediara el compromiso que yo le demandaba. Además he pensado que él tomó la decisión de favorecer a mi hermano porque pensó que de sus cuatro hijos, el mayor era el más vulnerable. De hecho, nació, prematuramente, a los seis meses, y su mellizo no logró sobrevivir. Habrá pensado que esa fragilidad exigía de su parte un mayor esfuerzo. Viendo como se han desarrollado las cosas parece que no se equivocó.

¿Lo he perdonado? Me gustaría decir que si. Pero no me resulta tan sencillo. Y vuelvo entonces a Arendt cuando escribe: “El perdón tiene tan poco que ver con la comprensión que no es ni su condición ni su consecuencia. El perdón (ciertamente una de las más grandes capacidades humanas y quizá la más audaz de las acciones en la medida en que intenta lo aparentemente imposible, deshacer lo que ha sido hecho, y logra dar un nuevo comienzo allí donde todo parecía haber concluido) es una acción única que termina en un acto único. La comprensión no tiene fin y por lo tanto no puede producir resultados definitivos; es el modo específicamente humano de vivir, ya que cada persona necesita reconciliarse con el mundo en que ha nacido como extranjero y en cuyo seno permanece siempre extraño a causa de su irreductible unicidad.”

Quizá las cosas no sean tan blanco-blanco y negro-negro. En todo caso, ahora que lo veo con distancia, no me arrepiento del amor que le tuve.