Cuando estoy perdido y necesito encontrarme me busco escribiendo. Trato de poner en palabras lo que me sucede. Entonces mis pensamientos se aclaran y mi ánimo se serena. Pero ayer las cosas fueron diferentes. La pantalla que tenía al frente estaba en blanco, como un espejo que no devuelve ninguna imagen; me sentía ansioso y confundido, enredado. La tristeza me invadía, la oscuridad me rodeaba. No podía contenerme y la desesperación daba vueltas en torno mío.

Se me ha dicho, muchas veces, que debo enfrentar mis estados anímicos. No huir. Entonces, como decía, trato o debería tratar de objetivar mi situación mediante el ejercicio de la escritura. Pero ayer, no, no podía. Me sentía cercado, impotente, arrojado a un abismo.

Hoy me siento mejor. Con gran esfuerzo escribo mis pensamientos. Las constataciones a las que he llegado en estos días. Especialmente ayer cuando el piso desaparecio bajo mis pies. Todo empezó, hace una semana, cuando, sin saber ni cómo, ni por qué, se avivó en mí la urgencia de hacer algo grandioso. Una urgencia que pensaba yo domesticada como puede estarlo un gato casero. Pero el gato se transformó en tigre.

Nunca aprendí a ser paciente. Pero, a estas alturas de mi vida, se perfectamente que mis fuerzas son limitadas, como también lo son mis posibles logros. Pero todo este saber y experiencia no me aliviaron de la necesidad que sentía por lograr algo contundente. Entonces, comencé a sentirme como esa cucaracha que aplastada comienza a botar el quinto jugo de sus entrañas. Una frase se repetía en mi cabeza: quiero hacer algo grande pero solo me sale algo pequeño y apestoso, cuya emergencia, además, me duele demasiado. No podía escribir. De estar capturado por el torturante imperativo de una absurda grandeza pasé a un absoluto desinterés. Probaba hacer una cosa y probaba hacer la otra, pero no continuaba ninguna.

No es la primera vez que me acontece una situación como la que describo. Sé, muy bien, además, que esa orden que me sujeta a una actividad incesante es una estrategia para evitar la caída en la tristeza, la indiferencia y la desesperación. Pero había llegado al convencimiento de que podía negociar amablemente con esa orden. Pero ayer fui arrollado. Desaparecí, me veía como un cuerpo decapitado que se sigue agitando. Debería terminar de morir. Así, al menos, estaría en paz. Eso pensaba.

Ahora me siento más tranquilo. Me ayudó mucho saber que la vida volvería, que era solo un mal rato. Pero ese mal rato no estaba en mi agenda. Un día a la merced de la locura. Me imagino que todos tendremos días así. No sé si pocos o muchos.

II

Desde hace tiempo me inquieta la manera en que la gente enfrenta el tiempo, cómo lo llena, qué sentido le da. Hace unos meses converse con los huachimanes de mi barrio. El Señor Ernesto tiene 62 años, igual que yo. Trabajó muchos años en Oechsle pero la empresa quebró y ya no pudo conseguir un puesto estable. Su guardianía empieza a las 8 a.m. y continúa hasta las 8 pm. Está mayormente parado, a veces camina unos pasos, por momentos se sienta en un banquito recostándose sobre la pared de una casa. Lee y relee el Trome. No tiene muchas oportunidades de conversar. Pero está al tanto de lo que pasa en el barrio. En su jornada hay dos momentos duros. El primero es entre las 11 y las 12 del día. Y el segundo entre las 4 y las 6. Entonces, el tiempo se le hace lentísimo. Está impaciente. Le duelen las piernas. No sabe cómo darse serenidad. Pero a las 12 la llegada del almuerzo lo consuela. Y las 6, la idea de que ya no falta mucho para que regrese a su casa. Consigue tranquilizarse.

Yo había pensado que Ernesto lograba mantener la ecuanimidad. Lo presumía de su rostro siempre amable. Pero no. Para ser huachimán se requiere mucha disciplina. Y es un trabajo muy sacrificado. El último peldaño antes del desempleo absoluto.

Su trabajo es muy inhumano. Solo observar, ser una presencia disuasiva. Nada qué hacer, solo esperar.

III

Mi amigo Jesús González Requena sostiene que saber esperar es una cualidad que requiere de mucho esfuerzo y que no debe confundirse con la pasividad. Piensa que el feminismo ha divinizado la acción y ha desconocido como capacidad la disposición a esperar. Entonces, el feminismo ha trasladado a la mujer la obsesión, la imposibilidad de descansar. El arte de la espera tiende a desaparecer y la vida se acelera. La sabiduría se pierde.

Dice Jesús González Requena que el cuento La bella durmiente, al menos en la versión francesa recogida por Perrault, transmite la sabiduría popular en torno a cómo lidiar con el tiempo. La princesa había dormido cien años antes que la presencia de su prometido la despertará. Y sus primeras palabras fueron:

—¿Sois vos, príncipe mío? —le dijo ella— bastante os habéis hecho esperar.
Su reacción inmediata es de acogimiento pero también de reproche pues larga ha sido su espera. Pero la narración continúa:

El príncipe, atraído por estas palabras y más aún por la forma en que habían sido dichas, no sabía cómo demostrarle su alegría y gratitud; le aseguró que la amaba más que a sí mismo. Sus discursos fueron inhábiles; por ello gustaron más; poca elocuencia, mucho amor, con eso se llega lejos. Estaba más confundido que ella, y no era para menos; la princesa había tenido tiempo de soñar con lo que le diría, pues parece (aunque la historia no lo dice) que el hada buena, durante tan prolongado letargo, le había procurado el placer de tener sueños agradables. En fin, hacía cuatro horas que hablaban y no habían conversado ni de la mitad de las cosas que tenían que decirse.

Si la princesa no se ha aburrido, si ha podido seguir durmiendo es porque ha soñado. Y el sueño no es otra cosa que una narrativa de realización de deseos. Historias bonitas. Y el deseo de la bella princesa es, desde luego, ser despertada por el apuesto príncipe. Por tanto podemos inferir que todo el tiempo ha soñado lo que ahora vive. Entonces es la anticipación de su felicidad lo que ha permitido su descanso. La princesa fue capaz de sostenerse en la espera gracias a perseverar en la fe sobre su futuro feliz.

Ahora los tiempos han cambiado mucho. Las muchachas ya no creen en príncipes azules y, como los muchachos, se desesperan con facilidad. Pero el cuento nos dice que soñar, tener fe en nuestro destino, es una manera adecuada de lidiar con el tiempo.

IV

La enseñanza cristiana no llama a soñar pero si a tener fe y autocontrol. El sueño es peligroso pues puede dar cabida a la concupiscencia. Esa búsqueda descontrolada del goce deleitable. Los sentidos, sobre todo la vista y el oído, estimulan las apetencias. Entonces se desea lo que no se debe. Esta situación vulnerable, estar expuesto al pecado, es parte de la condición humana. El remedio es pensar en la fugacidad de la vida, y en la eternidad del castigo. Entonces se trata de contener el deseo. Así lo dice Miguel de Mañara (1679) “Hermano mío, si quieres tener buena muerte en tu mano está; ten buena vida, que con buena vida, no hay mala muerte, ni buena muerte con mala vida. Todo se acaba; si no ha de durar, ¿qué se te da de conseguir lo que deseas?” La respuesta es evidente: nada. La devaluación del mundo es radical. El único deseo válido es la buena muerte, la que conduce a la verdadera vida.

La negación ascética del deseo es una lucha. Estamos condenados a oscilar entre el llamado de las tentaciones, la concupiscencia, y, de otro lado, el temor al infierno y la esperanza del cielo. En esta agonía se trata de hacerse fuerte gracias a las prácticas devotas de la oración, la autocontención y, finalmente, el desprecio del mundo.

En el protestantismo la situación humana es similar salvo que la fortaleza se consigue gracias a la entrega al trabajo. En la actividad nos escondemos de las asechanzas de la carne, del mortífero desorden que nos pretende seducir.

V

Prefiero la narrativa de La bella durmiente. No hay necesidad de caer en la compulsión de la oración o del trabajo. En los momentos donde no tenemos nada que hacer podemos sumergirnos en la espera, sumergirnos en el futuro feliz que nos aguarda. La espera no es pues desesperación. Si pensamos en el encuentro amoroso con el otro podemos protegernos de la mortífera locura que está, siempre, tan cerca. Imaginar la felicidad y anticiparla nos hacen llevadera la espera.

Pero, claro, la cuestión no es tan fácil. El cuento nos dice que la princesa ha sido bendecida con un don. No es un aprendizaje o mérito propio. Y, de otro lado, la concepción cristiana de la criatura humana tiene mucha razón al prevenirnos de lo mortífero de la concupiscencia. Entonces, ¿qué nos queda? ¿Practicar la esperanza a través de la caridad?