¿Fin del mundo o falta de imaginación?

El término pertenece a Cornelius Castoriadis. La idea fuerza es que la “imaginación radical”, esa que crea a partir de la nada, es la que alucina las significaciones básicas que son el fundamento de nuestro ser en el mundo. Y es que la criatura humana no tiene un propósito evidente que dirija su existencia. Entonces tiene que inventarlo. En el dominio de lo humano el hábito es el equivalente funcional a lo que representa el instinto en el reino de la naturaleza. Pero, claro, los hábitos cambian constantemente. Más que a una programación genética el comportamiento humano obedece a creencias performadas en ritos y costumbres. Esto significa, por ejemplo, que algún momento algún individuo imaginó a un Dios personal y que esta imagen fue adoptada por la comunidad en que vivía.

La perspectiva de Castoriadis supone un simplificar lo complejo pues, en su perspectiva, la imaginación y la cultura pasan a desempeñar el papel de centro que antes quedaba reservado a la economía. Pero se trata de una simplificación fértil ya que para dar cuenta de la vida social no podemos considerar, al mismo tiempo, todos los factores que podemos sospechar como relevantes. Tenemos que ensayar la potencia explicativa de diversas entradas. Además tiene mucha razón Castoriadis al señalar que de todas las fuerzas que modelan el desarrollo de la humanidad –la geografía, la economía, la política- ha sido la imaginación la menos explorada. Solo con la ilustración, en el siglo de las luces, las sociedades europeas comienzan a comprenderse como resultados de una institución histórica y contingente; susceptible, por ello mismo, de ser re creada, deliberadamente, en función de los ideales de justicia y democracia. Entonces se asienta la esperanza de una re fundación de lo social que, basada en la reflexividad, haga posible una vida mejor para todos.

Castoriadis apela a la metáfora del “magma” para referirse a las grandes ideas que son la base desapercibida de lo cotidiaano. La palabra “magma” es muy sugerente pues tiene un gran poder evocativo. Alude a lo surgido de lo profundo, a lo denso, a lo que siendo líquido puede coagularse de distintos modos, en función del molde donde se vierta. Y magma se refiere también a lo explosivo, a lo que surge de una vez, trastornando, de acuerdo a su potencia, todo el paisaje que rodea al volcán cuya boca se abre por la misma presión de su fuerza acumulada.

Sea como fuere si hiciéramos una lista de las “ficciones o magmas fundacionales” de Occidente podríamos presentar los siguientes términos:

Dios. No cualquiera, sino personal y trascendente respecto a su creación. Eterno, único y omnipotente.

El género humano como creación perfecta de dios. El hombre y la mujer hechos a su imagen y semejanza.

El paraíso y la caída. La bondad de dios tiene como respuesta el mal uso que hizo la pareja primordial del regalo de la libertad. Con sus sufrimientos toda la humanidad tiene que pagar esta desobediencia. Desde entonces para llegar a la verdadera vida, la eterna, es necesario pasar por la muerte.

El patriarcado. El dominio masculino se instituye en función de la debilidad del sexo femenino. La mujer, por su curiosidad inmoderada y su capacidad de seducción, fue condenada por Dios a ser sierva de su marido.

La providencia y la salvación. Dios diseña un plan para redimir a sus criaturas de la afligida situación en la que están precipitadas. Ese plan pasa por su encarnación en Jesús, el hombre-dios que se convierte en el cordero que lava los pecados del mundo. Conminadas por tanto amor, las criaturas humanas siguen las leyes que los precisan a la caridad, al ascetismo y la gratitud hacia Dios. Se abren las puertas del cielo y esta buena nueva alimenta la esperanza y de vidas siempre puestas a prueba.

El fin de la historia, el apocalipsis. Las catástrofes que acompañan la segunda venida del mesías significan la plenitud de la justicia de Dios.

A estas grandes ideas de origen judeo cristiano habría que añadir la absorción de la tradición griega. El signo distintivo del hombre es su capacidad racional, verdadero fundamento de ser libre y responsable. Y también, igualmente, de su acción inteligente sobre el mundo. Para Sócrates el hombre no solo se debe a la comunidad donde está integrado sino también a sí mismo. Y una vida examinada por la razón resulta más fecunda en términos de felicidad personal y de contribución a la sociedad.

Estas grandes ideas, entrelazadas entre sí, son pues los magmas de la civilización occidental y cristiana. Ideas que calientan y orientan las vidas de las personas que las viven como hechos trascendentes, que provienen de Dios o están inscritos en la naturaleza de las cosas.

La toma de conciencia de estas grandes ideas como mitos, creaciones humanas, es consecuencia inevitable de la fuerza creciente del racionalismo. Este descubrimiento nos permite entender la “larga duración”; el tiempo aparentemente inmóvil de la historia. La criatura humana tiene que vivir dentro de universos simbólicos que le procuren un sentido y un entusiasmo. Pero estos universos no son tan fijos como puede parecer. Las grandes ideas se transforman. El momento más decisivo de esta historia es la ilustración del siglo XVIII, entendida, siguiendo la inspiración weberiana, como el momento donde las grandes ideas se “secularizan”.

Ahora bien, la “secularización” es, al mismo tiempo, cambio y continuidad. Es como si el magma coagulado se calentara para adquirir una nueva forma. Entonces, por ejemplo, la idea de providencia se “seculariza” transformándose en la idea de progreso. En efecto, en ambas ideas, está presente la perspectiva de una dirección, un orden, un sentido. Pero en la narrativa del progreso ese sentido ya no está garantizado por una inteligencia divina que encausa la historia sino por la ciencia y la propia perfectibilidad de la criatura humana. De forma similar, la expectativa de éxito viene a “secularizar” la esperanza en la redención. En ambos casos se imagina un futuro de gloria que depende de la acción humana. Pero, claro, en el caso de la redención ese futuro es ultra mundano y depende de nuestra perseverancia en el amor. Mientras que el éxito se refiere a esta vida e implica aventajarse en la inevitable competencia con los otros. En todo caso unas creencias se derivan de las otras para dar lugar a las nuevas moradas simbólicas donde nos cobijamos. Otro ejemplo, también fundamental, de “secularización”, es el cambio en la definición de lo que es el deseo de Dios. En la ética tradicional católica Dios desea que los hombres se acerquen a él en comunidad, mediante la oración y otras prácticas devotas. Así se harán fuertes y se alejarán de las debilidades de la “carne”. Pero con Lutero, y la ética protestante, el llamado de Dios es el trabajo incesante, la actividad profesional.

Otro ejemplo, igualmente fundacional, de “secularización” es resituar la expectativa de salvación colectiva. Ya no se trata de volver al paraíso gracias al apego a una vida correcta; la idea de socialismo “seculariza” esta expectativa de una salvación tornándola una posibilidad intramundana, alcanzable gracias a la ciencia y la lucha por la justicia.

La idea de “secularización” pone de manifiesto la capacidad de los hombres para re-crear sus mitos de manera de que sigan despertando entusiasmo y orientando la inquietud humana. Pero podemos lograr una aproximación más analítica y potente al fenómeno del cambio cultural a partir de las ideas de Agamben sobre lo sagrado. La dinámica entre lo sagrado y lo profano puede pensarse con la ayuda de términos como sacralización y profanación. Entonces, por ejemplo, en la lectura del deseo de Dios propuesta por Lutero la actividad profesional es sacralizada, y el prestigio que gana es el que pierden las actitudes contemplativas y demás prácticas devotas. Están son, de alguna manera, desacralizadas, percibidas como supersticiones intrascendentes.

Pero la dinámica de la “secularización” no tiene porque implicar un equilibrio. Puede, por ejemplo, primar la profanación y la erosión de lo sagrado. Esto es justamente lo que ocurriría en nuestra contemporaneidad. Una secularización de este tipo implica la de-sublimación de la impulsividad humana. Se caen los valores que son los fundamentos de nuestra morada y quedamos entonces expuestos al sinsentido primordial de la vida. Surge entonces el tirano y el circo. El déspota que entretiene.

En realidad el diagnóstico no es nuevo. Está ya en Nietzsche y la Escuela de Frankfurt. La vieja tensión entre el racionalismo y la fe, entendida esta última como “salto”, o “apuesta”, sin garantías, se habría resuelto con la destrucción de cualquier capacidad para “sacralizar”, o “erotizar”; para encontrar un sentido tutor para la vida. El triunfo del racionalismo acaba en la apatía y la psicosis, en el derrumbe de la ley. .

El mismo porvenir está prefigurado en Lacan con sus ideas sobre el predominio del goce mortífero una vez que la autoridad es incapaz de fundar la ley y la perversión se generaliza. La famosa “caída del padre” termina aniquilando al deseo. Arrojados al campo mortífero de la pulsión, lo único atractivo de la vida sería abandonarse al exceso.

La verdad, me parece, es que todo este tremendismo representa la “secularización” de la idea apocalíptica del fin del mundo. Detrás de todo este beligerante pesimismo se oculta la esperanza en torno a que la catástrofe anhelada sea la señal de un nuevo comienzo. Pero este tremendismo que rechaza lo posible en nombre de lo absoluto, que reniega de todo límite, es una protesta histérica y poco constructiva. Es como la pataleta del adolescente que se niega a crecer y que se sigue aferrando al mito de una imposible plenitud, responsabilizando a su padre de todo lo malo que le ocurre.

Esta posición está hoy emblematizada en la figura de Slavoj Zizek. Según este autor ya estamos muertos solo que no nos damos cuenta. Tal como ocurre con el coyote del dibujo animado que, en su persecución del correcaminos, sigue corriendo pese a que se ha desbarrancado, que ya está en el aire, y que no hay tierra firme bajo sus pies. Entonces, el coyote, apenas tome cuenta de su situación, se caerá. La vida es ya despreciable y el futuro será aún peor. Solo un milagro podrá salvarnos. Algo que nos coloque en un rumbo de regreso a una suerte de comunitarismo cristiano secularizado. Zizek representa su papel de profeta de la desgracia, y de la esperanza radical, con una curiosa mezcla de exaltación y buen humor. Y, desde luego, con mucho éxito en el mundo intelectual. Pero curiosamente él mismo hace difícil que su discurso puede ser tomado en serio pues tras el semblante de profeta inflamado es demasiado visible el payaso frenético que repite siempre las mismas bromas.

No creo que estemos viviendo en el “fin de los tiempos”. En todo caso estamos en el comienzo de una nueva era. Una época dominada por lo que podríamos llamar el “individualismo reflexivo”. Una auto institución de la subjetividad que supone aceptar la contingencia y los límites de nuestra condición humana mientras luchamos por cumplir lo mejor posible nuestra jornada en este mundo. ¿Demasiado triste? No lo creo, en contra de los profetas de la desgracia hay que decir que nunca la humanidad ha estado tan bien como ahora. Lo que no significa, desde luego, que no podamos estar mejor.