El malestar que me invade es abusivo y prepotente; sin pedir permiso, se instala en mi ánimo. Como un golpe de estado, mientras duermo, en la noche de mi reino. Y yo… yo estoy seguro de haber hecho todo lo que está a mi alcance. No tengo vergüenza ni culpa. Pero resulta, y está probado, que nada, nada de lo que pueda hacer es suficiente. Haga lo que haga, estoy en falta. En estos días un velo viscoso de miedo y desazón me ha cegado el rostro. Y no puedo imaginar un mañana. No me olvido, desde luego, de que los ánimos van y vienen. Pero esta vez, la tristeza es tan pegajosa, y, sobre todo, tan inapelable y contundente… Está aquí, simplemente, como un bulto enorme. No me dice nada y cuando trato de hablarle no me responde.

Pero ahora estoy más alerta y protegido que hace algunos años. De un tiempo a esta parte vengo aprendiendo que de esta noche oscura, que todo lo invade, se escapará, en algún momento, un destello. Entonces será posible nombrar esas tinieblas y saber entonces de dónde viene ese reproche que me mata. A veces siento mi corazón como una gelatina informe que se agita con dulzura pero sin ritmo. Será el fin, me coqueteo con la muerte. Ahora estoy inmóvil pero no soy un cadáver. Y espero el conjuro que me permita librarme de este hechizo.

Ayer soñé que venías. Hace casi veinte años que te has ido. Siempre converso contigo y te recuerdo. Pero ayer no te esperaba. Fue una sorpresa encontrarme contigo y tú, por supuesto, estabas con tu corte de admiradores, con toda esa muchedumbre que me impedía que acercarme a ti. Y yo me preguntaba: ¿con qué derecho pretendo forzar mi proximidad? ¿Acaso soy para ti alguien tan especial? Y la verdad es que no lo sé. Pero lo que si me consta es que pienso mucho en ti, que estás conmigo. Pero eso no basta para reclamar un lugar junto a ti. Puede que no te importe y que no me hayas visto. Pero puede también que si me vieras me llamaras a tu lado. Entonces no se qué hacer.

Es algo misterioso pero me llega un mensaje tuyo. ¡Qué raro! Pero es cierto, la comunicación es indudable. Y tú me dices que, por favor, me contenga, que no trate de fijarme solo en aquello que confirma lo que creo, que no rumie mi abandono como único alimento. Ten paciencia, me dices, limítate a observar, que ya no demora en venir lo inesperado. Y me reiteras: ¿me has entendido? Pero yo permanezco incrédulo. Entonces tú continúas preguntándome: ¿no es este mensaje la mejor prueba de lo que te digo? Date cuenta, estás más abierto de lo que crees. No estás solo. Acepta la vida en su irresoluble contingencia.