Y es tal la velocidad de la vida que el pensamiento, impulsado hacia el vértigo, se desenreda de sus vueltas y, recto en sus certezas, sin esfuerzo, reúne fragmentos, encuentra sentidos, deshace misterios. Y, de pronto, entre la aceleración que sin remedio crece y el descontrol que ya se viene, la fugaz fiesta del deseo. La voluntad sonríe y se esconden los temores; es Dócil la realidad e infinito lo posible. Pero la conciencia de la gloria es la caída en el infierno. Como ser feliz es ofender a Dios, alzarse contra El, resulta que la felicidad es tentación y búsqueda y el encuentro castigo y desencanto. El fin de la subida es el inicio del descenso.

Y es tal la lentitud de la vida que la conciencia, rodeada por el absurdo, flotando en la nada, permanece dando vueltas, casi siempre muy triste y, a veces, desesperada. Sin fuerza, rumbo ni meta, ha perdido el sentido que ordenaba su experiencia. Y así en medio de su estupor temeroso, se refugia solitaria, en la máscara lisa de su dolor orgulloso. Mientras tanto, en su fortaleza interior, mil fantasmas aparecen y la atacan con crueldad. Pero de pronto, sin buscarlo, la vida reencuentra su secreto. En el fondo del infierno, en su sufrir exagerado, otra vez surge la vida ignorando su pasado.

(Este es un texto que escribí en 1987. Me demoró una cantidad de tiempo inverosímil componerlo. La apuesta era lograr condensar lo que sentía en el menor número de palabras posible. El nombre es un tributo a Satán entendido como el personaje que prefirió sacrificarse, encabezando una rebelión sin esperanza, que aceptar el autoritarismo que lo colocaba, en contra de sus expectativas, en un segundo lugar. Entonces este satán es un personaje romántico)