En el análisis marxista “tradicional” la ideología es el “espacio” o “terreno” en que la gente toma una “conciencia falsa”, de las “circunstancias reales” en las que su propia vida se desenvuelve. La crítica a la ideología es entonces el único camino para liberarse de las ilusiones, para acceder así a la “cruda” realidad y, acaso, poder cambiarla. Desde la tradición marxista, muchos han pensado que la ideología más potente es la religión pues las creencias religiosas nos enraízan en una supuesta trascendencia cuando en verdad nos extrañan del mundo, brindando ese falso consuelo que desestimula la “praxis” o acción eficaz.
Estos planteamientos han sido relativizados con el “giro linguistico” (Rorty) y la crítica deconstruccionista a la idea de centro o fundamento (Derrida). Desde entonces se impuso el postulado de que aquello que llamamos realidad es una construcción social edificada gracias a la herramienta decisiva del lenguaje. Entonces, la ideología ya no puede ser pensada como “superestructura”, o “epifenómeno”, pues, para empezar, la propia realidad es ideológica. Por ejemplo el capitalismo supone que la pulsión, o vitalidad, esté orientada hacia el trabajo sistemático y/o el consumo incesante. Y, justamente, la producción de la subjetividad es resultado de la cultura y no un derivado automático de la “infraestructura económica”. La economía está desde siempre “sobredeterminada” por la cultura. Es decir es imposible pensar el capitalismo, y la economía, sin tener en cuenta que lo simbólico canaliza la energía humana hacia el trabajo y el consumo, creando entonces la galería de sujetos necesaria para la perpetuación del capitalismo.
Gracias a estos aportes, a los que se suma la decisiva contribución de Lacan; prevalece ahora la idea de que lo “real”, la materia prima de lo humano, es, de por sí, informe y caótica. Es decir, la vida es un empuje sin dirección, un absurdo; en todo caso, solo una posibilidad que la cultura orienta e informa. La ideología captura este empuje y lo organiza constituyendo una “realidad hegemónica”, una virtualidad concreta. Se trata, sin embargo, de una cristalización que no anula las otras muchas latencias de lo posible. Por el contrario, desde el caos de lo real, de lo no expresado/capturado por lo simbólico, se desestabiliza la organización hegemónica. La realidad surge pues de luchas y consensos siempre amenazados, por tanto es precaria y compleja; está siempre en devenir. Sea como fuere, la idea que hoy domina el pensamiento contemporáneo es que gracias a la puesta en práctica de la fantasía, las multiformes virtualidades de lo real quedan detenidas en una realidad definida pero provisoria.
Esta perspectiva ha sido enriquecida por pensadores como Ricoeur y Jameson pues ambos enfatizan que la ideología necesita ser utópica para poder funcionar como tal. Es decir, para infiltrarse en la vida, el “engaño” tiene que ser “dulce”, algún goce nos tiene que procurar. La ideología se nutre de nuestros anhelos pero nos aleja de la posibilidad de un cambio en la realidad.
El “avance” procurado por el giro linguistico es, sin duda, significativo. No obstante se debe insistir en la crítica deconstructiva para no recaer en la idea de fundamento; de otra manera el economicismo sería reemplazado por el culturalismo, finalmente otra forma de pensamiento esencialista. Lo importante, dice Derrida, son las relaciones, y no la mítica sustancia, pues son ellas, las relaciones, las que definen lo “sustancial”.
El esencialismo es solo una necesidad de fáciles certezas, una ilusión que naturaliza lo histórico. Entonces, todo énfasis en una identidad fija, como si fuera previa a las relaciones en las que se configura, es una pretensión reificante y autoritaria pues está fijada en los ideales de pureza y autosuficiencia.
El capitalismo se basa en impulsar el trabajo sin pausa y el consumo sin freno en la perspectiva ilusoria de que mediante estas actividades se podría recupera el paraíso perdido que es la plenitud imaginada del vínculo fusional con la madre. Sin estos fantasmas ideológicos, no existirían los automatismos que definen al sistema capitalista. Se trata de sublimaciones compulsivas por donde discurre mucho de nuestra energía. Ahora bien, no solemos ser conscientes de estos fantasmas. La persona que trabaja todo el día puede maldecir su abigarrada agenda sin saber que esa agenda lo aparta del vacío y la depresión. Si llegara a darse cuenta de lo innecesario de esas compulsiones recuperaría una libertad que acaso no desea. Estos fantasmas mayormente inconscientes esclavizan. Instituyen una forma de vida, una manera de estar en el mundo.
Pero las críticas contemporáneas no anulan la pertinencia del analista marxista tradicional. En efecto, la ideología abarca no solo las creencias instituyentes, aquellas que nos hacen ser quienes somos, sino también, y decisivamente, aquellas que ocultan la realidad, esas mentiras que nos consuelan. Las historias que nos contamos sobre nuestras vidas, la “falsa conciencia”, es tan importante como el automatismo sobre lo que se funda nuestra habitualidad. Todos conocemos personas que maldicen trabajar, cuando, precisamente, su goce, su forma de perseguir lo absoluto es el trabajo. Esas personas fantasean con ese retiro, o cambio de vida, que les permita realizar sus “verdaderos” deseos. No obstante, es muy probable que esas expectativas sean ilusas, y que esas personas permanezcan trabajando, y una vez retiradas, no cumplan ninguno de sus sueños. Se podría decir que su anhelo o fantasía es liberarse de la compulsión o fantasma que lo esclaviza. A veces esas fantasías pueden llevar a un cambio real en la vida pero por lo general se trata de compensaciones. Es decir, de consuelos. En este sentido Sócrates representa una gran ruptura pues a través del “Conócete a ti mismo” nos deja el mensaje de que gracias a la reflexión y al autoconocimiento esas fantasías podrían esclarecerse y convertirse en conciencia actuante. Y el psicoanálisis, como heredero del racionalismo griego, promete que la exploración de sí facilita una relación más amable con la vida, realizar nuestras imágenes entrañables de una existencia más satisfactoria.
Entonces no hay una relación única entre el fantasma y su compulsión, y, de otro lado, las locas fantasías. Puede haber pugna como, también, complicidad. En breve, las ilusiones permiten que el fantasma continúe orientando nuestra vitalidad, o, también, pueden subvertirlo.
II
La imagen del “hombre quieto” es fundamental en la composición de la masculinidad norteamericana. Los estadounidenses se quieren ver a sí mismos como confiados y seguros, tranquilos y justos. No obstante, tratan de creer que si son traicionados o provocados, entonces, se dejarán llevar por una justificada ira y demostrarán su enorme poderío. No habrá rival que les pueda hacer frente y en poco tiempo impondrán la justicia para regresar a su habitual temple moderado de “hombre quieto”. Esta imagen aparece en muchas de las narrativas épicas siendo una referencia central en la construcción de la masculinidad. Buenos ejemplos son los films Pearl Harbor, el Día de la Independencia o El Patriota. El “hombre quieto” es un ciudadano modelo, una persona lograda que viene a representar el enorme logro que es la civilización americana o el “american way of life”.
Desde luego que esta imagen del “hombre quieto” hace invisibles hechos centrales en la historia de Estados Unidos donde, de hecho, ha habido menos autocontrol de lo que se pretende. En verdad la violencia agresiva ha jugado un papel central en la historia norteamericana. Baste mencionar hechos como: el asesinato o genocidio de los nativos, las guerras de expansión contra Méjico, la esclavitud y el Ku-Kux_Klan, las invasiones internacionales, el culto a las armas; en general, la fascinación por la violencia.
Entonces las cosas funcionan así: los norteamericanos son “producidos” como trabajadores disciplinados y ciudadanos amantes de la ley. No obstante, al mismo tiempo, se les hace pensar que “por debajo” de su realidad ordinaria tienen una suerte de sustancia omnipotente sobre la que se funda su valor como hombres. Valor cuyo fundamento último no es otro que el ser atractivo para las mujeres. Todo hombre que se respete debe vivir creyendo que tiene esa sustancia. Se trata de una creencia que compensa lo deslucido de la vida cotidiana produciendo un goce secreto, como si se albergara una grandiosidad que se haría emerger solo cuando fuera necesario.
Colonizados en la realidad por el fantasma del trabajo obsesivo y la obediencia, se permiten soñar con ser superhombres que ocultan discretamente su omnipotencia porque son tan seguros que no tienen necesidad de hacer alardes.
En el mito o fantasía del “hombre quieto” facilita que el automatismo y la compulsión se vivan como decisiones deliberadas que enaltecen a quienes las toma. Esta imagen permite el “milagro” de articular la realidad cotidiana de un hombre automatizado, con, de otro lado, la idea de tener una enorme potencia a la que se ha renunciado provisoriamente, debido a la nobleza de un carácter que se inspira en el respeto a lo que es mejor para todos.
III
Yo he sido un niño gordo y tímido, inseguro, de esos a quienes los demás niños pueden llamar “cerdo”, “jamonada” o “mortadela”. Inhábil con su cuerpo, nulo para los deportes. Un niño a quien le gustaba leer los comics sobre las vidas de los santos, la colección llamada “vidas ejemplares”. Ese niño sentía, entonces, el llamado a sacrificarse como una música dulce que lo elevaba moralmente. Esa era la forma de compensarse de ese sentimiento de invalidez que le hacía huir aterrado a devorarse las entrañas. Bueno, en realidad, no eran las entrañas pero si eran los pellejos de los dedos. Resulta pues que ese niño no había sido muy querido.
Más tarde en la vida fue encontrando refugio del absurdo y la frustración en una obsesión intelectual productivista. Se decía a sí mismo que era valioso por su sacrificio que era, justamente, producir esas ideas que podrían ser útiles a muchos. Así su compulsión quedaba protegida por una fantasía heroica. Pero llegó un momento cuando, de tanto pensar, se dio cuenta de la sinrazón de su que hacer. Era un esclavo, un autómata. De repente podía mejorar su vida. Perder el miedo al vacío, aceptar la realidad de la muerte. Lo intrínsecamente insatisfactorio de la vida.
IV
No, pues hijo, no… tú no has tenido mucho de esa fantasía de la omnipotencia masculina. No has sido de esos que se ufanan de la “calle” que han tenido en su vida. Yo no la te enseñé. En eso también te fallé. Lo tuyo ha sido diferente. De eso me di cuenta más temprano de lo que tú crees. Por eso siempre te preguntaba “¿hijo, qué quieres de la vida?” Y tú, en ese entonces, no entendías mi pregunta y te molestabas. Estabas tan ocupado, torturándote, persiguiendo lo imposible. Hijo, lo que te quería decir es que tu ansía de infinito te impedía disfrutar más de la vida. Tú pensabas alcanzar las estrellas, así, furtivamente, sin hacer mucho ruido. Pero te veía sufrir, no me engañabas; por más que sostuvieras tu máscara, tu máscara imperturbable de héroe trágico, no estabas contento.
Ahora que ya no estoy, que llevo tiempo de muerto, veo que has crecido. De repente, ya no habré de resonar más tiempo dentro de ti. Pero no; no creas, tus propios recuerdos guardan, sin que tú lo sepas, los mensajes que te iré dando conforme pasen los años. Todavía te queda la vejez. Y más que por aquello que fue mi vida me gustaría que me recuerdes por lo que tan torpemente traté de enseñarte.
V
¡Oye hijito no seas cojudo! No ensucies el mundo con mariconadas. Si te estamparon una patada en la cabeza y el culo es por tu culpa, por maricón. Se ve que bien merecido lo tenías. Pero ni aún así has escarmentado, y ahora vienes a decir lo que no se debe. Mira, lo tuyo es solo la venganza del impotente, del poco hombre. Tú no tienes derecho a expresarte porque eres una lacra social. Pésimo ejemplo. Imagínense que gente así pueda gritar, sería el acabose. Todos terminaríamos tolerando la debilidad y la mariconada.
Yo tengo mucha calle. Y lo que escucho son los lamentos deprimidos de un pobre cojudo. Un gil que no sirve para nada. ¡Cállate por favor!
VI
¡Qué texto tan raro! Falta rigurosidad. No hay referencias bibliográficas precisas. Y eso de pasar de la conceptualización a la vida personal es insólito. No es algo científico. Y esas voces raras que aparecen en los punto IV y V; ¿qué significan?
Por momentos entiendo algo pero luego no entiendo nada. Oiga Ud. ¿a quién le habla? ¿a quién cree que se dirige? ¿Cree Ud. que alguien lo pueda seguir? ¿No es Ud. ya demasiado extravagante?
De otro lado, sin embargo, las cosas que dice me parecen interesantes. Ese intento de auto comprensión es bien loco pero de repente Ud. está rompiendo tabúes, se está acercando a algo que todos vemos pero nadie puede notar. Saludos y felicitaciones.

Curioso. Se presentan también los comentarios posibles por adelantado en el post.
Comment by Milagros — 2009 10 @ 11:59 pm
Tantos deseos de “emancipar” al personal y al final resulta que todo estaba dicho desde los tiempos de Sócrates. Cada uno debe de indagar en su interior. Nadie puede hacer por uno más que uno mismo.
Comment by Vicente Torres — 2009 10 @ 8:44 pm
Eso de la categoría del hombre quieto supone una sensación de “líbrame de las aguas mansas” porque quizás detrás esa omnipotencia que manifiestan, guardan aún más, rasgos y expresiones de violencia cuando se sienten afectados. ¿habrá que temerles?
Comment by Rosario — 2009 10 @ 4:52 pm
Me ha gustado mucho. Concuerdo con usted mismo en felicitarlo.
Y admiro que sus reflexiones de la sociedad no se aparten de la introspección personal.
ignacio
Comment by Ignacio Pezo — 2009 10 @ 4:12 pm
Interesante… Lo que no entiendo es por que una “lacra social” no tiene derecho a expresarse.Entonces no existiría el rap, el graffiti…Creo que hay lugar para todos, todos somos necesarios.Sino imagínate que haríamos con los niños soldados de Sierra Leona. Por qué no podemos tolerar “la debilidad y la mariconada”?Por qué no tienen derecho a expresarse los deprimidos?Por qué tenemos que servir para algo?Imaginate Van Gogh se cortó la oreja, estaba lleno de rarezas y la gente hoy en día hace colas de colas para ver sus cuadros.Todos de una manera u otra vamos detrás de lo imposible,todos somos débiles.Tal vez si dejaras las teorías de lado y escucharas con el corazón…
Comment by jacip — 2009 10 @ 9:51 am
Adecuada interrelación entre aspectos teóricos con el caso del hombre quieto enriqueciéndolo con el análisis personal y los autocomentarios. Continúe con su estilo propio.
Comment by Milagros — 2009 10 @ 4:03 am
me encantó tu post gonz.
Comment by t — 2009 10 @ 2:44 pm
Me encanta tu ejercicio de fusión… Se oyen pasos, ¡te estás acercando al caos de cualquier mente femenina! Bienvenido G, al principio de la vida: aquí está la experiencia tibia del útero, cuando ya nada importa demasiado, cuando finalmente, aceptas que la razón es imposible, cuando descubres que en el centro del caos sólo se encuentran el silencio y la quietud donde palpita la vida
Comment by zorrita — 2009 10 @ 5:32 am