No me acuerdo de haber sufrido un accidente. Pero sus huellas, mi carro destrozado y un tornillo clavado en mi cabeza, no dejan lugar a dudas; algo malo me ha pasado. El tornillo semeja un cuerno pequeñito pues no es muy grande y está torcido. Cualquiera que me mira puede darse cuenta de que en lado izquierdo de mi cabeza, a unos 10cms. por encima de mi oreja está el bendito tornillo. No se cuán hondo está incrustado en mi cabeza. Ahora he agarrado la manía de tocarme el tornillo; lo trato de mover un poquito, con delicadeza, pero está firme. Pienso que no debería tocarlo ya que puede ser peligroso. De repente, en este nerviosismo de estar toca que toca el tornillo, este podría aflojarse y salir; entonces la sangre empezaría a manar y quedaría mi cerebro al descubierto. Pero la impaciencia me gana y constantemente trato de moverlo un poquito, felizmente está firme. En realidad qué raro es eso de tener un tornillo incrustado en la cabeza. Pero, al menos, no está flojo. Está seguro en su lugar. Pero al ritmo en que lo toco y lo remuevo no sé por cuánto tiempo más. En verdad, no sabría decir lo que quiero. Si sacarme el tornillo, con el riesgo de la hemorragia, o si quedarme con él, incrustado en mi cabeza. Si lo toco tanto será porque quiero sacármelo. Pero, de otro lado, no lo hago de una manera brusca y decidida. Además lo toco sin quererlo.
Si pues, tendrás que comprenderme, es muy raro eso de tener un tornillo clavado en mi cabeza. Debo llamar la atención. Y tampoco sé si esto es lo que quiero. Seguro que me mirarán, la gente tendrá que preguntarse si acaso soy un loco. Estarán sorprendidos. De repente me llaman a un programa de televisión. Algún show de freaks. Yo tendría que decir que no, por supuesto. Y así sigo andando, siempre toco que te toco mi tornillo.
Llega un momento en que siento que se está aflojando un poquito. Estoy muy excitado. Decido darle vueltas, despacito. Tengo miedo de desangrarme. Pero mi manía puede más. Y resulta que comienza a girar y que finalmente lo extraigo. Veo la punta y compruebo que no tiene sangre. No había perforado mi cráneo. Todo parece haberse resuelto pero sigo desconcertado. Ahora extraño el tornillo.

“años de soledad le habían enseñado que los días, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día ni siquiera de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas”…
Comment by ana — 2009 09 @ 4:00 am
Si al protagonista le falta un tornillo tiene un gran futuro en la política.
Comment by Vicente Torres — 2009 09 @ 2:51 pm
El tornillo en la cabeza podría aparecer, como una fijación producto de alguna preocupación, pena u obsesión inalcanzable. Pero, el personaje duda si mantenerlo o extraer ese tornillo… ¿por qué será?
Comment by Carmen — 2009 09 @ 1:42 am
Una mañana, al despertar, todo me pareció realmente claro… Sí, en efecto, algo sucedía pero definitivamente no había querido darme cuenta o, tal vez, no podía. Sea como sea, ahora sin pensarlo, sin meditarlo y sin querer, la lucidez llegó a mí.
Resulta que, en verdad, fue terrible lo que pasó, sentí dolor y también frustración; ahora lo puedo reconocer, ya más tranquilo sólo le doy espacio a mi emoción. Pero, aquella vez… estoy seguro de que en ese momento sólo quería ser parte del viento. Mi cuerpo y mi mente desconectados me convirtieron en una máquina o, puede que en una marioneta. Claro, la marioneta de mi rabia, de mis deseos de ser nada, de dejar todo atrás y avanzar tan rápido como me sea posible, de mi necesidad de ser una burbuja.
Pero, no soy inmune al mundo, pese a mis deseos, soy de carne y hueso, además, mis actos también conllevan consecuencias. Entonces, me accidenté. Es probable que me haya lanzado del auto antes de la colisión o puede que el airbag no sea tan malo después de todo; la cosa es que no me hice mayor daño. Mis deseos, en cambio, se hicieron realidad: olvidé. Ya sin pasado, mi única preocupación giraba en torno a algo que tenía en la cabeza, que dicho sea de paso, no recuerdo qué era.
Parece que eso en mi cabeza dirigía mi acción y, a su vez, rescataba lo suprimido. De manera superficial sólo me interesaba admirarlo en mí y pensar en los “pro y contra” de jugar con eso que adornaba mi cabeza. Vamos, definitivamente no debe ser fácil tener algo que indirectamente te llama a recordar un episodio tan poco cotidiano. En todo caso, esa cosa me permitía no pensar; me permitía entretenerme cual niño con sonaja. En efecto, no me interesaba mi “antes”… No recordaba, pero qué importancia podía tener el pasado si ese presente me cautivaba. ¿Cómo es no? Aún sin saber que no quería recordar, algo me hizo actuar como si el pasado no importara. Igual temía al dolor, no quería sangrar.
Ahora comprendo lo significativo de que esa cosa haya ocupado mi cabeza y no otra parte. Así no podía restarle importancia y, además, era un llamado a la búsqueda de mi sentido, de mi estabilidad, de mi “normalidad”. Entonces, si cuando logré deshacerme de esa cosa no encontré mayor sentido fue porque ese equilibrio que buscaba –y ya necesitaba- trascendía los límites de lo físico. Por eso extrañé la cosa fuera de mí, porque mi desconcierto me sugería el reencuentro con ese principio doloroso y frustrante que me llevó a desear el olvido. Y esa sugerencia, no era bien recibida… Ahora bien, ¿qué tenía en la cabeza?
Comment by ana — 2009 09 @ 9:39 pm