Últimamente he asesorados a jóvenes estudiantes del pre y post grado en sacar adelante sus tesis. No es la primera vez. En realidad, tengo una experiencia que resulta para mí una fuente de insatisfacción y cuestionamiento pues, de un lado, como asesor, no he tenido el éxito que hubiera querido; y, del otro, no he razonado esa experiencia lo suficiente. Entonces sé que hay algo que no está bien pero no logro precisar, identificar, ese algo. En todo caso es claro que investigar, como toda actividad creativa, es un trabajo arduo y lleno de incertidumbres. No obstante, en las últimas asesorías creo haber hecho algunos aprendizajes que trataré de comunicar. Resulta que me he dado cuenta que cuando se trata de poner en marcha el proceso de investigación suelen surgir ciertos problemas que pueden evitarse. Identificar estos problemas es una invitación a re- pensar todo el proceso de enseñanza aprendizaje pues es claro que la investigación es el proceso donde se cultiva la autonomía para pensar; habilidad que es finalmente el objetivo fundamental de la educación. Me concentraré en dos de estos problemas u obstáculos:

a) La dificultad para movilizar los elementos teóricos supuestamente aprendidos. El problema va más allá pues también concierne a la teoría que se enseña y la manera en que se lo hace.

b) La dificultad para construir temas “reales” que correspondan a los desafíos con que nos confronta la vida. Y, correlativamente, la facilidad para extraviarse en falsos problemas que son como callejones sin salida.

El hecho es que muchas veces el investigador, pese a su empeño, se extraña del mundo y se tortura sin conseguir un avance significativo. Como no logra realmente despegar, sucede que, por lo general, se desalienta y desiste de su empresa. O, más grave aún, convierte a la mortificación en una estéril compañera. En realidad, lo más probable es que el gusto por la mortificación venga de antes, que sea un rasgo de carácter, de manera que vivir en la imposibilidad de investigar, de lograr una autonomía de pensamiento, sea sólo uno de los muchos rostros de la actitud masoquista, de gozar con la propia frustración.

Veamos ahora los problemas con más detalle. Desde que prima la idea de que la teoría es una “caja de herramientas” de donde extraemos los conceptos que son útiles para comprender mejor una situación, desde entonces, no hay que “aplicar” un pensamiento supuestamente todopoderoso; se trata, más modestamente, de “convocar” a los conceptos más útiles para comprender mejor una situación. Esta “convocatoria” o “llamado” no es un proceso automático a la manera de una fórmula matemática. Es una operación compleja pues implica una revisión de lo aprendido; es decir, de todos los conceptos que se tienen en la cabeza, y que parecen apropiados, para una mejor comprensión de aquello que desafía. Este recordar lo aprendido implica tener los conceptos relativamente frescos. En la “punta de lengua”. Pero lo decisivo es comparar los rendimientos de estos conceptos, identificar los más sugerentes y prometedores y desechar los que no sirven tanto.

Pero la idea de la teoría como un instrumento tiene que luchar contra otra idea de la teoría. Aquella que la proclama como un sistema que puede explicar toda la realidad. Desde esta perspectiva lo importante en el conocimiento es la operación por medio de la cuál identificamos una realidad con un concepto. Todo entonces está ya dicho. Esta idea de teoría tiene como telos la construcción de un tratado donde se sistematizaría el saber de manera que, idealmente, nada quedaría por ser explicado. Los que se empeñan en lograr un tal sistema, y que ven la realidad como un campo de aplicación de los conceptos, tienen, pese a todo, una gran audiencia. Quizá porque en su enseñanza haya una promesa de poder y simplicidad.

En efecto, si conocer es descubrir el concepto que explica la realidad, entonces, de lo que se trata es de tener en la cabeza la “enciclopedia” o “tratado” que sistematiza todos los conceptos. Una ilusión no por vana menos recurrente. En esta perspectiva el esfuerzo de conocimiento es sobre todo trabajo conceptual. Una vez lograda la clarificación definitiva todo sería simple. Tal como lo prometió Martha Harnecker con el marxismo a principios de los años 70. O como sucede ahora con los teóricos lacanianos. El problema es por supuesto que tal “clarificación”, que haría que todo fuera cosa solo de “aplicar”, es en el mejor de los casos una empresa imposible, interminable; y, en el peor, engendra el manual; el texto que se pretende completo y definitivo.

En la realidad aquellos que entienden la investigación como una clarificación conceptual están seducidos sea por la promesa de poder y simplicidad del manual; o sea por el goce torturante que supone lanzarse a una empresa imposible. En ambos casos, sin embargo, la pretensión de lograr un sistema que se “aplique” es un obstáculo al proceso de investigación que termina, si antes no se pierde en las brumas de un lenguaje desvinculado de la vida, en la ratificación del sentido común pues, desde esta perspectiva, resulta improbable aportar algo nuevo.
El segundo obstáculo que mencioné fue no poder identificar un problema “real”. Entonces, en vez de partir de los problemas del mundo de la vida la investigación parte de un problema teórico. Y, desde luego, se queda como tal.