No sé a quién diablos se le ocurrió la idea pero lo cierto es que no soy un boxeador. De niño, apenas he intercambiado algunos golpes sin mucha furia. Y la furia restante, la que no expresé porque tenía miedo de que me pegaran o de ir a una escalada absurda; esa furia que me persigue y a veces se me sale, no se cuán intensa es. Pero ahora resulta que mañana me toca boxear, que soy parte del equipo nacional. Y, esto es increíble, y seguro no lo van a creer, y no los culpo, pues yo tampoco lo haría, pero la verdad es que la pelea de mañana es contra una muchacha hermosa pero que es, ante todo, una luchadora profesional y decidida. Pienso que hay una equivocación y que seré masacrado. No tengo duda. Pero tampoco es que quiera escaparme de mi destino. Me intriga saber lo que sentiré recibiendo todos esos golpes que no podré contestar. Acaso me gustan, quizá sea capaz de devolver a algunos.
Ahora que estoy caminando a su lado trato de calcular todo el daño que me puede hacer. Se le ve fuerte y maciza. ¿Se apiadará de mí si no me defiendo? Podría ser … porque parece buena gente. Pero ¡quién sabe! Puedo servir de costal de entrenamiento para ensayar sus nuevos golpes. Y tampoco es que me pueda tirar a la lona al primer puñetazo. Tengo que cubrirme, resistir y tratar de devolver sus golpes.
Me gustaría decirle que mejor hagamos el amor en vez de pelear. Pero el soberano público espera una buena pelea y eso es lo que ella está bien dispuesta a brindar. Además en qué tono podría decirle que mejor suspendamos la pelea. ¿Humillándome, confesándole mi miedo? ¿O expresándole mi deseo? Pero de verdad tengo más curiosidad que miedo. La verdad es que no me decido. Permanezco a su lado sin decir nada.
Hoy es el día de la pelea. Estamos en el ring, el público la aplaude a rabiar, a mi me pifian, escucho gritos de ¡mátalo! ¡rómpelo! Ella sonríe y corresponde al cariño del público con unos besos volados. Ahora suena la campana, la pelea ha empezado y yo, todavía no sé qué hacer. Por lo pronto me coloco frente a ella y cubro mi rostro con los guantes. Estoy a la espera de sus movimientos. Los observo, no pensé que fuera tan ágil. De pronto suelta un jab de izquierda que apenas logró neutralizar pero de inmediato viene un derechazo que me golpea en plena cara. Asimiló con valor el castigo. Si, duele y bastante. Pero estoy excitado. Intenta repetir la fórmula pero logro retroceder lo suficiente como para que su golpe no me toqué. Me agacho rápidamente y logro colocar un buen puñetazo en la parte alta de su abdomen. Noto su gesto en el que se confunden la sorpresa, el dolor y la furia. Habrá pensado que yo era un paquete.
Ahora estamos de nuevo frente a frente. Vuelve a bailotear , trata de desequilibrar mi defensa, busca un ángulo de entrada para asestarme sus golpes. Cautamente me balanceó sobre una pierna y la otra, preparado para su ataque. En realidad estoy sorprendido de lo resuelto de mi actitud. Ahora viene otra vez. Dispara un derechazo que contengo en mis guantes pero de inmediato me logra encajar un gancho de izquierda en mi oreja derecha. El golpe me desequilibra pero la alejo un poco gracias a un derechazo que logra evitar. Pero ya ha descubierto la fórmula para penetrar en mi defensa. Se aprovecha de mi lentitud, toma ventaja de su agilidad. Primero la derecha que consigo detener y luego el golpe de izquierda que ya no puedo parar.
Pasan los asaltos y me están demoliendo. Mi entrenador me dice que debo agachar la cabeza, protegerme con los guantes y estar a la espera de poder asestar mis golpes en su busto. Pero no logro encajar muchos puñetazos. Ahora estoy un poco mareado, el cansancio me envuelve, estoy lerdo. Pero no bajo la guardia. He asimilado muchísimo castigo. Tengo rotas las dos cejas e hinchados los pómulos. El público se pone a favor mío. El árbitro ha hablado con el médico y está por detener la pelea. Y en mi esquina están por tirar la toalla. A ella la veo contenta, segura de tener la pelea en el bolsillo. La miró así desde la profundidad de mi interiro adonde me he metido para evitar contacto con el dolor y seguir peleando. Ella ya no cierra su guardia, y apenas se mueve. Me mide como esperando el momento y el ángulo desde donde clavar el golpe que me derribe. Esta es mi oportunidad pienso. La sorpresa me beneficiará, su confianza es excesiva. Me quedan aún unos golpes. Y, en efecto, ella se me acerca desguarnecida, creyéndome incapaz de una carga. Pero su error es mi oportunidad. Desde muy abajo logro soltar un derechazo que se incrusta directo en su cara. Y no pasa una milésima de segundo antes de que lo complemente con un gancho de izquierda en su abdomen. Ella pierde el equilibrio, está grogui, una potente energía recorre mi cuerpo y me acercó nuevamente a repetir mi trabajo; ella no se ha recuperado de manera que logro encajarle otro derechazo. Esta vez cae sin poner las manos, se derrumba. El árbitro se acerca para el conteo. Y, si, llega a 10 y ella no se ha recuperado. Pobrecita… si yo la quiero tanto…

¡Qué sorpresa!!!! Lindo homenaje a las boxeadoras peruanas, especialmente a nuestra querida Kina Malpartida.
Comment by Ross — 2009 08 @ 11:18 pm
¿Metafora del encuentro de dos amantes? ¿metafora del feminismo a ultranza?
Comment by Juan — 2009 08 @ 2:24 pm
Lo que iba a ser una pesadilla, finalmente no lo fue. ¿A qué o a quién representa la bella, popular y eficaz boxeadora? ¿Algún peligro actual que se presenta de modo prepotente y disfrazado de buenas maneras?
Comment by Vicente Torres — 2009 08 @ 9:44 pm
Jejeje …seguro que ella podría haber knockedo a su contrincante amateur y a la cuenta de diez, nuestra deportista hubiera ganado otra medalla. Seguro que sería inolvidable su sparring. Buen post. Provocó reír y reír.
Comment by Normi — 2009 08 @ 12:05 am
Jejeje …seguro que ella podría haber knockedo a su contrincante amateur y a la cuenta de diez, nuestra deportista hubiera ganado otra medalla. Seguro que sería inolvidable su sparring. Buen post. Provocó reír y reír.
Comment by Normi — 2009 08 @ 12:06 am
Los golpes de ningún tipo podrian ser aceptados, son de mal gusto. Detesto el box. Parece de primitivos gastar energías en eso…
Comment by Giovanie — 2009 08 @ 4:29 am
Increíble, este relato genera un nosequé, golpes, golpes, golpes… y luego pobrecita… ¿qué? Ufff, habría que ir a verla en emergencia del Rebagleatti. Pero, claro, todo es ficción.
Comment by Elian — 2009 08 @ 6:32 pm
Venciste esa molestia que siempre te generaba furia. Fue una victoria personal. Ganaste.
Comment by Victoria — 2009 08 @ 11:24 pm
Lo que apunta Victoria es sumamente interesante. La lucha contra la propia timidez puede que sea el motivo del sueño.
Comment by Vicente Torres — 2009 08 @ 4:17 pm