No me había dado cuenta que saliendo por esa puerta se llega a la playa más bella de las que rodean la casa. Pero es verdad. Sales y ya está; ves algo increíble. El mar está a cinco metros, debajo del malecón. Curiosamente no hay olas pero una corriente empuja el agua que bordea -lamiendo- la pared del malecón. Estoy convencido de que el agua está tibia. Decido arrojarme al mar y comienzo a nadar, la corriente me lleva suavemente. De repente veo algo extraño en el agua. Tengo prevención, no vaya a ser basura o un raro animal. En verdad, el agua no está muy limpia. Pero me decido a coger esa cosa y me doy con la sorpresa de que es un billete. Me parece un poco sucio, sospecho que es un billete falso. Pero cuando lo acerco veo que está manchado pero que es dinero de a verdad. Y de repente veo más billetes, por todas partes. Entonces me viene la ansiedad pues me siento obligado a atrapar todos los que hay. En realidad, no los necesito, de eso me doy cuenta. Se muy bien que no tengo urgencias económicas y que tampoco me interesa comprar a la manera de un deporte. Entonces me pregunto si debo atrapar los billetes o dejarlos ir.

¿De quién serán esos billetes? ¿No serán una prueba para mí? ¿Y qué se estaría creyendo probar?¿ O de repente todo es casualidad? Ahora sigo dudando. Si los tomo me pueden servir para guardarlos. O quizá los pueda regalar, así la gente me va a querer más, haré una obra de bien. Pero si los dejo ir tendría una cosa menos de qué preocuparme.

La situación se prolonga pero llega el momento en que el dilema me cansa de manera que sin dudarlo más decido no preocuparme de los billetes. Sonrío y me digo: ¡Qué lujo! ¡ ja, ja, ja! Y pienso: el que se fastidie con esta historia qué mala suerte para él. Entonces comienzo a nadar y me siento de buen humor.