Produce un desagrado, que colinda con el asco, la actual situación política peruana. El autoritarismo e incompetencia del gobierno de Alan García encuentra como respuesta, en el mundo popular, la violencia y el culto a la intransigencia. Y, mientras tanto, los políticos radicales procuran hacer leña del árbol caído. Se trata de demoler la autoridad del gobierno. El horizonte es conducir la protesta social hacia una movilización permanente que produzca el derrocamiento de García y la convocatoria a una asamblea constituyente. Para cerrar el panorama, finalmente, en muchos intelectuales se produce un fenómeno de lo más extraño. Una suerte de competencia por ver quien ataca al gobierno con mayor saña. Desde luego que ni la oposición política, ni la social, ni los intelectuales tienen una alternativa creíble en términos de política económica o de propuesta de régimen. Pero eso no impide que demonicen al neo-liberalismo haciendo creer a la gente que así como la raíz de todos sus problemas está en la política neoliberal, de la misma manera el fundamento de toda solución pasa por una mayor intervención estatal.

En nuestro país no hay mucha cultura de diálogo. El diferente suele ser definido como antagónico y la confrontación es lo viril y efectivo. Entonces desde las alturas del gobierno el mundo social es pensado como compuesto por gente irracional; personas que no sabe bien lo que quieren pero que está azuzada por los agentes locales de un complot internacional. Pareciera que para Alan García la única manera de modernizar al país es a punta de “caballazos”. Y, mientras tanto, desde las poblaciones de base, el gobierno es imaginado como indiferente a las necesidades de las mayorías; como corrupto y entreguista. Entonces todo tiene que ser “arrancado”, pues “sin luchas no hay victorias”.

La oposición política procura entramar las reivindicaciones populares en un marco desestabilizador del régimen político democrático. Esta es una vieja costumbre que responde a la expectativa de adelantar las elecciones y acceder más rápido al poder. Lo intentó Belaúnde durante el gobierno de Prado hacia 1958. Y luego la izquierda durante el primer gobierno de Alan. Y también el propio Alan en el gobierno de Toledo. La idea es articular las protestas particulares en una suerte de paquete bomba. ¿Por qué actúan así las élites políticas? A principios de la república Felipe Pardo decía que los políticos se dividen entre quienes tienen un Ministerio, y piensan que todo va bien, y aquellos que quieren un Ministerio, y que solo ven negligencia y desastre. Las cosas no han cambiado mucho pues parece obvio que quienes ensamblan el paquete bomba quieren en realidad ocupar las posiciones de poder. No obstante, hay algo más; y ese algo más es una fascinación con el abismo, presente sobre todo entre los intelectuales y periodistas que empujan la situación hacia la nada. En el contexto del marxismo esta fascinación tenía una base argumentativa. Y esta era la idea de que la violencia es fecunda pues se imaginaba que el desarrollo de los antagonismos nos acerca a la resolución definitiva del conflicto social; es decir, a la promesa socialista de una sociedad justa. Pero ahora en una época post-marxista sabemos que el socialismo es en realidad una dictadura personalista y corrupta que destruye la libertad bajo la expectativa de una supuesta, o real, lucha por la justicia. Entonces, ¿qué mueve a tanta gente a empujar el carro de la nación hacia el abismo de la multiplicación de confrontaciones y la ingobernabilidad? ¿Expectativas personales de logro de poder? ¿Residuos ideológicos marxistas? ¿Simplemente irresponsabilidad?

No obstante, a diferencia de Bolivia y Ecuador, en el Perú estas intentonas han fracasado. A la hora de la verdad, estos paros terminan por desinflarse, menoscabando las reivindicaciones populares sobre las que se montan. Y es que la gente tampoco es tan tonta. El pueblo intuye que los políticos que organizan las movilizaciones tienen una agenda propia. Entonces los siguen pero hasta cierto punto. Para empezar esos políticos no tienen ningún apoyo en las elecciones. Además a esos políticos que coquetean con la propuesta de insurrección y derrocamiento del gobierno, a ellos mismos les falta convicción. Ellos no terminan de creer en sus planteamientos. Pero curiosamente tampoco lo pueden dejar de formular.

En todo caso la consecuencia es la ratificación del gobierno y el freno de las reivindicaciones populares.