La historia sucedió hace muchos años. Me la contó mi tía quien, a su vez, la escuchó del portero del edificio donde vivía. En ese entonces, el protagonista de esta historia, L. tenía tan sólo tres años. Era el primer hijo de una joven pareja que soñaba con grandes avenidas para el futuro. En el hogar de L. la vida diaria era muy regular. Temprano en la mañana sus padres salían para sus respectivos trabajos; mientras tanto L. se quedaba al cuidado de su ama.

Toda la familia estaba feliz con L. Para los abuelos era el único nieto, y, para los tíos, el único sobrino. Si había alguna preocupación era que L. no hablaba fluidamente. Quizá la razón fuera, como especulaba la parentela, que L. era demasiado emotivo pues a la hora en que intentaba expresarse balbuceaba ansiosamente sonidos como:”ke, lo-ke-ke- ta”. Y por más que la madre se empeñara en repetir e interpretar esos sonidos, L. no la acompañaba en sus esfuerzos. Permanecía en un terco silencio o articulaba otras voces. Los padres pensaban que eso no era un gran problema, que sería necesario tener paciencia, que en unos pocos meses L. se lanzaría a hablar de corrido.

L. estaba al cuidado de su ama. A L. no le gustaba que lo cargaran apretándolo pero esa era el estilo de su ama, la manera en que se sentía más segura. La mañana del primer acontecimiento el ama cargaba a L. muy cerca del amplio ventanal que miraba a la calle. El ama trataba de responder a una amiga que desde la acera le preguntaba a qué hora podía ir a visitarla. Como la amiga no le entendía ella se acercaba más a la ventana. Entonces, en ese instante, L contorsionó su cuerpo y, liberándose del abrazo de su ama, se prendió del riel de la cortina. De inmediato la empujo con todas la fuerza de sus piernas. El ama perdió el equilibrio. Bien pudo cogerse de L., arrastrándolo en su caída. Pero no fue así. Habla bien de su bondad y profesionalismo el hecho de que no lo intentara. Cayó desde el piso cuatro donde vivía la familia. Su cuerpo se estrelló de cara contra la acera. Su muerte fue instantánea. Mientras tanto, L. se quedó colgando del riel, balanceándose, hasta que se desprendió para aterrizar en la alfombra de la sala.

Abajo, en la calle, se armó un corrillo de gente horrorizada. Casi no hablaban pero tampoco se iban. Un señor rompió el silencio. La había visto con el niño en brazos cerca de la ventana y comentaba la imprudencia de la joven, su preocupación excesiva por conversar con su amiga. Cómo se le ocurrió, con un niño en brazos, acercarse tanto a una ventana de borde tan bajo, preguntaba en voz alta. Pero nadie respondía. De inmediato se llamó a los padres que en poco tiempo se hicieron presentes. Estaban más angustiados por su retoño que afligidos por el deceso de su empleada. Pronto todo se hizo claro, el ama, demasiado cerca del ventanal de borde tan bajo, se había tropezado con algo y en el traspié consiguiente había perdido el equilibrio, precipitándose en el abismo mientras que L., en una clara muestra de reflejos e inteligencia, habría logrado asirse del riel de la cortina. No hubo más investigaciones y bastó una simple declaración de los padres para que el asunto quedara cerrado. Por miedo y por vergüenza la amiga no pudo confesar sus dudas. En realidad, ella había visto a L. cogerse del riel antes que el ama cayera. Pero eso era inverosímil, nadie podría creerlo. Empezando por ella misma que ahora dudaba de la exactitud de sus recuerdos, pues todo había sucedido tan rápido. La amiga no dijo nada, y hasta se sintió culpable ya que, después de todo, era ella la responsable de que el ama se hubiera acercado tan peligrosamente a la ventana.

La segunda muerte ocurrió un mes después. La mamá había decidido que el muñeco de L. era feo y antihigiénico. Además, pasados los tres años, pensaba la madre, ya no se veía bien que un niñito varón fuera de un lado de otro con un muñeco. Entonces esa tarde, como no quien no quiere la cosa, en un arranque audaz, la mamá tiró el muñeco al incinerador. Pero no se había dado cuenta, seguro porque no lo había pensado dos veces, que L. lo había visto todo. Poco más tarde L. se puso a llorar con odio, desesperadamente; decía que buscaba su muñeco. Su madre intentaba consolarlo. Le repetía que el muñeco ya estaba viejo y ella le compraría uno mucho más bonito. Pero L. no dejaba de llorar, no sabía si por la maldad de su madre o por la pérdida de su querido compañero. Al rato, dejo de llorar; entonces, se quedó mudo, en un silencio inexpresivo, obstinado. Las mil promesas de su madre no lo sacaron de su estólido mutismo.

L. había observado que a su madre le gustaba sentarse en el borde de la ventana. Lo hacía después de venir del trabajo, mientras tomaba un whisky y fumaba un cigarrillo. Era su manera de tomar fresco y relajarse contemplando el panorama. Un poco riesgoso pero ese era su gusto. Mientras tanto a L. le gustaba jugar al caballito con el escobillón que se usaba para limpiar los rincones de los techos. Era pesado, pero como se lo colocaba entre las piernas, y lo apoyaba en parte en el suelo, podía correr como si él fuera el jinete y el escobillón el caballo. Ahora que vio a su madre, otra vez en la ventana, pensó que esa era su oportunidad. No debería llamar la atención pero tendría que arremeter con todo. Y así lo hizo. El golpe desestabilizó a la madre. Quizá pudo cogerse del escobillón pero no lo hizo, tuvo que pensar que así no haría más que arrastrar a L. en su caída. Fue un golpe seco el que produjo el cuerpo de la madre al chocar contra la acera. L se asomó y sonrió.

No habiéndose encontrado mayores trazos de alcohol en la sangre, la hipótesis que se consagró fue la del suicidio. En cualquier forma era raro que no hubiera carta de despedida ni antecedentes depresivos. Pero la idea de un nuevo tropiezo aparecía totalmente inverosímil.

Ahora L. vivía con su padre y una nueva ama. Estaba impaciente, malhumorado. Había visto el cuerpo sin vida de su madre pero no entendía porque no venía a acompañarlo. Pasaba las horas esperando su regreso. Y no entender lo que sucedía le daba más rabia. Tenía que hacer algo. Un día estaba triste e impaciente. Extrañaba mucho a su mamá. El ama estaba en la cocina y él en la sala. Entonces empujo la silla hasta la ventana. Si su mama ni su ama aparecían, entonces él iría a buscarlas. No lo dudó, trepó sobre la silla y se arrojó al vacío. Sonreía mientras caía.