Durante toda la noche el ruido de las explosiones es ensordecedor. Ahora amanece y es claro que la batalla está perdida y que la guerra también. Nada separa la ciudad de las fuerzas invasoras. Las tropas no se han reagrupado para continuar la lucha. Los soldados se quitan los uniformes, abandonan sus armas y deambulan sin rumbo. Se les reconoce por los botines. Son demasiado buenos como para renunciar a ellos, pese al riesgo que ello puede entrañar. La ciudad se convierte en un caos. Todos buscan huir de los previsibles excesos de los triunfadores. Queda abierta la autopista hacia el norte y largas caravanas de vehículos la toman para dirigirse hacia la frontera. Los informativos oficiales cesaron durante la noche. El gobierno ha reconocido la derrota de las fuerzas de la nación y aconseja a la ciudadanía permanecer en sus hogares. La población no tendría porque dejarse llevar por el pánico pues los invasores han proclamado que respetarán la vida y propiedades de todos los habitantes de la ciudad. Pero el mensaje no tiene el esperado efecto tranquilizador pues se ha extendido el rumor de que los funcionarios del gobierno han logrado escapar, atestando los últimos vuelos que partieron del aeropuerto de la ciudad. El estado ha dejado de existir. Algunos servicios, el agua y los teléfonos, se mantienen pero nadie sabe cómo ni durante cuánto tiempo. No se ha previsto un plan de evacuación. La mayoría de la gente no cree en las promesas de los vencedores. Entonces, la idea de todos es escapar, cada uno como mejor pueda. Los buses y camiones que parten hacia el norte están atestados de gente. Los que no han encontrado sitio se desplazan a pié. Forman interminables filas que toman dos de los cuatro carriles de la autopista. Solo se lleva lo indispensable. Maletines pequeños con un poco de comida, quizá un juego de ropa, y sobre todo, joyas y dinero, dólares por que ya nadie acepta la moneda local. En el abordaje de los carros, buses y camiones, no hay reglas fijas, pero la mayoría de las veces, la misma gente se organiza para dar prioridad a los niños, las mujeres y los ancianos. En el caos aparece lo mejor y lo peor. Hombres jóvenes ceden su espacio a los menos capacitados. Pero también hay buses que no aceptan pasajeros pese a tener sitios vacíos. A veces, estos buses son apedreados pero siguen de largo, camino de la autopista. Por todas partes se forman grupos de saqueadores que fuerzan las puertas de las viviendas abandonadas.

K. vive en un barrio de clase media donde hay bastantes carros particulares. K tiene su propio vehículo. Varios vecinos le han suplicado para que les reserve un lugar. Es la hora de partir y los vecinos, ansiosos, rodean su carro. Entonces, K abre la puerta de su automóvil. De pronto, se forma un tumulto y 6 personas logran subirse, una de ellas, incluso, ocupa el asiento del conductor. Vamos, súbete, le gritan. K debe entrar, pero permanece indeciso. Piensa que es su auto y que él debería escoger quienes suben. No había previsto lo que ha pasado. Se siente dolorosamente humillado. No quiere disputar con los otros por lo suyo. Además, hasta han tomado el sitio del conductor. La situación le parece injusta. Pero, de otro lado, K comprende que todos quieran viajar. Y ahora ¿qué le ocurre? ¿por qué se queda paralizado? Sin dudar más tiempo, K se decide por dar las llaves del carro al vecino sentado en el asiento del conductor. Por un momento se siente un condenado, alguien sin fuerzas para luchar. O piensa que será quizá un cierto gusto por el sacrificio, por sentirse alguien especial, mejor que el resto. Allí estará su orgullo. No termina de pensar y está diciendo: vayan Uds. no más, yo tengo reservado un sitio en otro carro. Suerte…

Por supuesto que es mentira. Pero K. quiere vivir. Apenas pierde de vista su carro se pone en marcha a paso firme.