En su monumental novela “Vida y Destino”, Vasili Grossman, traza un amplísimo panorama de la Rusia soviética durante la segunda guerra mundial. El nazismo y el comunismo son para el autor dos variedades de lo mismo; es decir, del intento de imponer una idea del bien que promete eliminar el mal del mundo pero que termina por destruir sistemáticamente la vida. La crítica ha señalado que frente al delirio de la religión y los sistemas ideológicos, Grossman reivindica la bondad concreta de la gente. En este sentido, es Ikónnikov el personaje que revela sus puntos de vista. Ikónikov es un antiguo tolstoiano. Está preso en un campo de concentración nazi, recientemente ha presenciado la masacre de 20.000 judíos. Como se niega a trabajar en la construcción de una cámara de gas es condenado a muerte. Pero deja un cuaderno donde ha apuntado sus reflexiones sobre la bondad, el bien y el mal. Este cuaderno corresponde al capítulo 16 de la segunda parte de “Vida y destino”.

II

En su reflexión sobre el bien y la bondad, Ikónnikov llega a resultados sorprendentes. Resulta que si la inmensa fuerza del mal no ha logrado destruir a la humanidad es porque la bondad, pese a ser frágil e impotente, no deja de surgir del corazón del ser humano impidiendo así que el mal prevalezca y que arrase con la vida.

Ikónnikov ha llegado a esta conclusión observando a los hombres en situaciones límite, donde pareciera que no existiera ningún margen para la bondad. En el “borde de las fosas sangrientas” o, “incluso en las puertas de la cámara de gas”; allí mismo ha comprobado que lo humano es indestructible, que en su lucha contra el hombre, el mal no tiene la última palabra.

La fuerza de la humanidad es la disposición hacia la bondad. Se trata de una tendencia a proteger y cuidar la vida. Es un gesto elemental, sin ideologías o razones. Es el impulso que lleva a la viejecita a apiadarse del prisionero y alcanzarle el mendrugo de pan que ella también necesita. O es también la súbita decisión del campesino de proteger al judío perseguido por la Gestapo. En cualquier forma se trata de una disposición silenciosa que anida en el corazón de la criatura humana. La bondad es absurda, gratuita, no tiene propósitos ni trastiendas. Además es impotente en el sentido de que no logra vencer al mal. No obstante, en su continua reaparición está el motivo que impide el triunfo definitivo del mal.
Esta tendencia gratuita a proteger la vida ha sido conceptualizada por las grandes religiones. Sin embargo, estas teorizaciones no la han fortalecido pues resulta que ella florece, ante todo, en el silencio, y que es tanto más vigorosa cuanto más adentro está de la “oscuridad viva del corazón humano”. Cuando se la nombra y se la predica, se debilita, se la sofoca. Entonces, languidece y se pierde.

“La absurda bondad” es lo más humano que hay en el hombre, aquello que lo define. “Es la bondad particular de un individuo hacia otro, es una bondad sin testigos, pequeña, sin ideología. Podríamos denominarla bondad sin sentido. La bondad de los hombres al margen del bien religioso y social.”

II

En contraste con la bondad que es natural y silente, la idea del bien es pública y bulliciosa. El nombre del bien, la expectativa de lo más deseable, sirve para movilizar las energías de los hombres. No obstante, es un hecho que estas ideas terminan por justificar la muerte. Y es que el bien de unos termina siendo el mal de otros. De esto no se suelen dar cuenta los que luchan por un bien supuestamente universal que termina siendo, en realidad, el bien de una clase, nación o Estado. O por último, un bien personal. En todo caso ese bien suele ser presentado como el bien de todos. Y mediante esta justificación es que se emprende la lucha contra el mal, una lucha que termina destruyendo la vida de los inocentes.

La aspiración a un bien supuestamente universal termina pues en esos ríos de sangre que pretenden ser justificados como daños colaterales o costos necesarios en la construcción del bien definitivo. En cualquier forma, la historia humana demuestra que la idea del bien puede ser uno de los rostros más feroces de la realidad del mal. Ocurre que ese bien supremo que ya está por alcanzarse lo justifica todo.
En realidad no es posible un bien universal pues un estado armónico, donde todo lo que existe pudiera persistir en su ser, supondría la inexistencia o erradicación de la realidad del mal. Pero en la naturaleza y en la vida, la renovación del mundo pasa por la destrucción y la muerte. Esa es la realidad a la que no podemos escapar.

De otro lado, la idea del bien no surge como una suerte de engaño perverso destinado a justificar la destrucción. Ocurre más bien que la idea del bien surge como una respuesta equivocada en los “grandes corazones” ante “la crueldad de la vida”. El deseo de cambiar el mundo para hacerlo bueno puede ser una manifestación de bondad. Pero se trata, en todo caso, de un camino equivocado pues lo que sucede es que cuando la idea del bien “se hunde en el fango de la vida”, se quiebra, pierde su universalidad, termina convirtiéndose en razón o pretexto para destruir la vida.
La reflexión de Ikónnikov parece desalentar cualquier curso positivo de acción. Lo único que cabría es confiar en la naturaleza humana, en su tendencia a la bondad. Ni siquiera sería posible propagandizar la bondad pues resulta que cualquier intento de definir este impulso termina por desfigurarlo y empobrecerlo. La única actitud consecuente resulta, entonces, la de confiar sin resistencias en este empuje débil, aleatorio, impredecible que, sin embargo, garantiza que la vida no sea borrada de la faz de la tierra. Como dice Ikónnikov, “el amor ciego y mudo es el sentido del hombre.”

Tal como es pensada como Ikónnikov, la idea del bien está calcada sobre la idea de lo absoluto, pues ella viene a dar forma a una expectativa de completud, a la esperanza de traer el cielo a la tierra, o a eliminar radicalmente el mal. Entonces, si el mal es el judío o el indio, solo después de su exterminio será posible el bien para todos (los que quedamos).