La Avenida del Ejército está flanqueada de un lado por un Hospital Psiquiátrico y, del otro, por un Puericultorio. El otro día manejaba por allí. Venía de cenar y había tomado algunas copas de vino. Era de noche, y aunque no había mucha luz, si era suficiente como para distinguir, cerca de la puerta del hospital, la figura de un policía. No estaba, ni mucho menos mareado, pero tuve miedo de ser detenido. Y mi temor se realizó pues resulta que el policía sopló enérgicamente su pito al tiempo que me hacía señas para que me detenga. Conforme disminuí la velocidad pude distinguir el rostro del uniformado. Lo vi contento, hasta feliz. Este hecho me pareció de muy mal augurio. Por un momento pensé no detenerme, pasar de largo. Pero finalmente paré. No sé si habrá sido la costumbre de obedecer o el temor a meterme en mayores complicaciones.

Apenas abrí la ventana de mi carro verifiqué mi primera impresión. Si, el policía estaba contento. Entonces, sentí miedo. De inmediato me pidió mi licencia de conducir, el registro de propiedad y el certificado de estar asegurado. Le entregué los papeles y se alejó del carro buscando la luz del poste de la puerta principal. Entonces, comenzó a revisarlos con cierta avidez, como si estuviera buscando algo. Cuando terminó de examinarlos se los guardó en el bolsillo de su chaqueta. No me gustó esta actitud. Se confirmaba mi impresión de haber sido detenido arbitrariamente. Luego llamó a alguien mediante su celular. El policía se acercó a la ventana e introdujo su cabeza en la cabina. De inmediato, en tono vibrante y acusador, me dijo: ¡Ud. ha tomado! Como no podía negarlo le contesté, amablemente, que en el cumpleaños de mi hermano, de donde venía, había bebido dos copas de vino. Y agregué: mucho menos de lo que la ley permite. Pero el policía me increpó: se ve que Ud. es una persona educada y como tal tendrá que saber la seriedad de la falta que ha cometido. Una persona que ha tomado, dijo desplegando entusiasmo, ha perdido sus reflejos, se puede dormir, representa una amenaza pública por lo que la ley dispone de drásticas sanciones para quienes conducen después de haber ingerido alcohol. Piense Ud. en que podría atropellar a algún inocente, o hacerse un daño. Toda su vida lo lamentaría. Claro, yo entiendo, dijo maliciosamente, a quien no le gusta tomarse unas copas. Pero dese cuenta de la seriedad de la falta que Ud. ha cometido. Esto le puede causar grandes perjuicios. Para empezar, la pérdida definitiva de su licencia y la imposición de una cuantiosa multa. Y hasta una sentencia de prisión suspendida a cambio de trabajos comunitarios. La verdad es que siento lástima por Ud., me dijo, pero sin que pudiera ocultar una sonrisa de satisfacción.

La verdad es que no sabía si es que las copas que había tomado estaban por debajo o por encima del máximo permitido por la ley. Pero no estaba, ni mucho menos, mareado. Entonces, respondí: disculpe pero, como ya le he dicho, solo he tomado dos copas. Aprecio, desde luego, su celo por la defensa de la ley y la consiguiente preservación del orden y la vida, pero, en este caso particular no hay nada sancionable. En ese momento su rostro se volvió serio, como abstraído. Entonces, se dio una palmadita sobre el pecho, sobre el bolsillo donde tenía mis documentos. En ese momento, recupero su sonrisa contenida y me dijo: fíjese Ud. yo no quiero perjudicarlo pero, por favor, comprenda la magnitud del delito y el tamaño de las sanciones a las que está expuesto. Ud. podría lamentar mucho este descuido. Le insisto que un hombre de su educación tiene que saber la justificada dureza que en estos casos tienen las leyes. Termina de hablar y le respondo que estoy de acuerdo con él, que por esa misma razón, solo he tomado dos copas que, en ningún caso, afectan mi capacidad conducir y que están, sin duda, dentro del límite permitido por el reglamento de tránsito. Bueno, bueno, me contesta, animoso, veamos cuán obediente de las leyes es Ud. Por favor, enséñeme su triángulo de seguridad y su botiquín de emergencia. El triángulo lo tengo debajo del asiento pero no tengo un botiquín. En ese momento llega una camioneta de la comisaría. Y el policía se acerca a conversar con sus colegas.

Estoy preocupado, y hasta con un poco de miedo, pero también estoy molesto. Pero me digo: tienes que hacerte fuerte en la serenidad. No sé si habré infringido la ley pero estoy totalmente consciente de la lucha en la que estamos. Observo que él se está divirtiendo y que quiere sacarme dinero. Yo no me opongo a darle algo pero tampoco es que piense que debo forzar el arreglo, declarándome en falta. Pasa media hora y el policía sigue reunido en la camioneta. Se ve que no tienen mayor cosa que hacer. Hasta ahora no me ha ablandado y la verdad es que aunque pueda estar impaciente me domino y aparento una gran tranquilidad.

El policía regresa y me dice que mi carro no tiene orden de captura, ni tampoco papeletas. Yo demuestro el triángulo de seguridad y le digo que los autos particulares no requieren de tener un botiquín. El policía saca mis documentos y me los extiende, diciéndome, la policía está para servir a la ciudadanía, nuestra consigna es siempre ayudar. Entonces esta vez vamos a ayudarlo y lo dejaremos ir. Pero, por favor, tenga cuidado. Gracias, le respondo, y añado: de repente lo puedo ayudar en algo. Quizá le puedo invitar un café y un sándwich. No estaría mal me dice pero que conste que es su gratitud y no es que yo lo haya presionado. Si esto está clarísimo, le respondo, mientras le doy 20 soles. Buenas noches y suerte, se despide. Gracias y que lo pasé bien, me despido.

Le di los 20 soles porque estaba agradecido. No me había asaltado ni habíamos ido a la comisaría a realizar un dosaje etílico. En realidad las cosas no habían salido tan mal para mí y tampoco para él. Creo que nuestros mutuos agradecimientos no dejaban de ser sinceros.