Le han ofrecido en venta la casa donde transcurrió su infancia. Siempre la echó de menos de modo que la propuesta no pudo ser más bienvenida. De repente allí puede encontrar la elusiva serenidad. Entonces va a visitarla. Pero resulta que tiene que dar muchas vueltas para reconocerla. Es la misma pero le parece muy cambiada. Ha crecido mucho, está llena de nuevos espacios. Se ha perdido su sencillez original. Ahora proliferan oficinas y talleres. Parece más una fábrica que la vivienda de una familia. Es demasiado grande y extraña.
Pero bajo la nueva armadura está la vieja casa, de eso ya no tiene duda. Le gusta pensar que de allí provienen sus mejores recuerdos. Pero sabe que en esa casa otros recuerdos pueden estar presentes. No sabe si comprarla. El agente inmobiliario le pide un precio muy alto. Además ve que el barrio se ha deteriorado, reconoce algunas casas pero ahora están descoloridas, agrietadas, envejecidas. Es incluso probable que la delincuencia se haya instalado en la zona.
Lo cierto es que en la casa se siente diferente y raro. Está solo y comienza a dudar de que allí sea posible recuperar la añorada tranquilidad. Ahora es una persona mayor que se siente perseguida. Pero no sabe qué lo persigue. Hasta donde entiende es una presencia que está dentro de él. Esa presencia lo inquieta y empuja pero no puede darle un nombre. Pero, en esa casa, sus recuerdos han cobrado vida y sus dudas retroceden. Siente que puede cambiar, que no tiene porque abandonarse a lo de siempre.
Entonces se le ocurre pensar que a esa presencia la conoce muy bien pero que no quiere delatarla. Es su cómplice. El mismo la esconde. Y sus investigaciones no le aportan luz alguna. Repite las mismas preguntas que lo llevan por un camino donde no hay respuestas. Concluye en que algo malo debe haber hecho y que le corresponde sufrir un castigo. Ha andado en círculos toda su vida. Y lo sigue haciendo pues en ese momento ya presiente la desesperación. Pero este anuncio le da la oportunidad de reaccionar, él quiere algo distinto y ahora tiene fuerza para buscarlo. Si ha venido a la casa de su infancia es porque desea volver a empezar. Siente que puede resistir.
Hace sol y se echa en el jardín. Abrazado a la tierra, relajado, se duerme. Sueña con una llave que está debajo de una loseta. Va a buscarla y si, está todavía allí. Da vueltas por la casa y, abriendo una puerta, descubre una escalera que conduce hacia un sótano. Baja y se queda sorprendido de la amplitud del lugar. El espacio es inmenso y está bañado de una luz ámbar, cálida pero artificial. Está seguro que la llave que tiene en su mano abre la cerradura de un departamento. Un departamento que su madre le regaló. La llave lo ilusiona pues la sencilla belleza de su forma corrobra lo que él presiente: ese departamento es la realización de sus deseos. Es cómodo y su atmósfera es libre.
Hay muchos edificios y el barrio es elegante. Por algún lado estará su departamento. Comienza a caminar esperando alguna señal. No hay gente y le surge la pregunta en torno a por qué dejó de vivir en el departamento. Hasta había perdido la memoria de su existencia. Pero ahora se da cuenta que nunca lo ha olvidado, y que es el 201 del tercer edificio.
Camina rápidamente hacia allá. Ya está abriendo la puerta. Alfombras, cuadros, muebles de cuero; se sorprende de lo bien cuidado que está todo. De inmediato comprende que allí no hay vida. Demasiado perfecto, tendrá que ser un escenario que nunca ha sido usado, piensa. Además se acuerda de que en su casa no hay sótano. Entonces despierta.
Siempre se había dicho que en esa casa fue feliz. Pero no se había confesado lo que ya sabía: en esa misma casa había encontrado el gusto en el dolor, allí se había convertido en un condenado. Subió al cuarto que había sido de sus padres. Entre las dos camas, en la parte alta de la pared, estaba ese medallón que sus padres atesoraban con tanto cariño. Era la figura de un santo que sufría gloriosamente. El dolor, la belleza, la elevación, el éxtasis, todo estaba confundido en su rostro. Ese santo era la presencia que lo atormentaba con tanto dulzor. Fue un hechizo que lo capturó. Se había enamorado de un retrato que lo perseguía.

¡Que descripción de lo visto, tan sentida y contagiosa! por ahí está la explicación de como procedemos hoy y mañana. Iluminando los recuerdos con esa Luz.
Comment by Anonymous — 2009 05 @ 4:40 am
Un mensaje tácito, visitar esos espacios donde iniciaron su vida en común nuestros abuelos y padres por el gran significado y la noción de pertenencia. ¿Sería mejor ir en familia, por eso de recibir/dar un sentido histórico y cálido a la vida?. Experiencia interesante…
Comment by Zoila — 2009 05 @ 11:58 pm
La imagen de SantoCristo en la habitación donde a menudo los padres acogían a los hij@s genera siempre un “no sé qué”… seguro porque se asocia a palabras-gestos de ánimo y ternura recibidos frente al temor o dolor, pues quizás, se compartieron momentos inolvidables como una reconciliación filial o decenas de esa dulce plegaria. Se percibe así esa Presencia que siempre estaba, está y estará, si y solo si nos disponemos a recibir con alegría esa Luz radiante. Un Post revelador.
Comment by Anna — 2009 05 @ 5:49 am
DICEN QUE LAS LLAVES EN LA MANO O EN LOS SUEÑOS SIGNIFICAN BÚSQUEDA DE ESPACIOS DE ALGUN TIPO DE REALIZACIÓN… ¿QUÉ HABRÁ MÁS HALLÁ DE LOS SUEÑOS Y PREOCUPACIONES DEL PERSONAJE DE ESE POST CREATIVO? HUMM ¿QUÉ SERÁ?
Comment by Lucero — 2009 05 @ 5:59 am
Se debe apreciar lo que se vive para cuando pase el tiempo, tengamos lindos recuerdos, creo que es como un Banco, un Banco donde se almacenan momentos de distintos tipos y que llegado el momento… uno recoge lo que guardó. ¿Qué hemos guardado en ese banco de los recuerdos infantiles o no? Aflorarán sentimientos encontrados ¿verdad?
Comment by .... — 2009 05 @ 1:55 am
Un post sobre Laclau nos iría muy bien Gonzalo. Je, tus cuentos están cada vez mejor
Comment by Anónimo — 2009 05 @ 3:51 am