No sé qué empeño tuvo mi madre en guardar el cuaderno donde aprendí a escribir. No me había hecho la pregunta pero igual no me dejaba de sorprender el hecho de que ese cuaderno hubiera sobrevivido tantísimas purgas y mudanzas. Me gustaba la idea de que estuviera allí, a mi alcance. Pero nunca me había detenido a abrirlo. No dejaba de ser halagador que mi madre lo hubiera preservado. Aunque no supiera porque.

Han pasado 54 años desde que aprendí a escribir en ese cuaderno. A estas alturas considero que se trata de un documento histórico. Un testimonio de cómo se enseñaba a escribir y de los primeros usos que se daba a esta habilidad. Entonces me decido a escanear el cuaderno.
Antes de hacerlo, lo reviso por primera vez. ¡Y qué sorpresa! Resulta que entre sus páginas encuentro una pierna de pollo cocida. ¡Y lo más sorprendente! No está descompuesta, luce apetitosa, como para comerla de inmediato. Además no ha malogrado el cuaderno. Pocas páginas después encuentro en una bolsa de plástico, una empanada. Parece fresca. Estoy seguro que comerla no me haría ningún mal. Pero prefiero no hacerlo. Creo que el pollo y la empanada deben permanecer allí pues no tiene sentido comerlos salvo que fueran el último alimento que quedara en el mundo.

Mientras recorro las páginas del cuaderno me voy dando cuenta que los dibujos que ilustran sus páginas fueron hechos por mi mamá. Viene a mi memoria el recuerdo de yo pidiendo y ella, contenta, ayudándome. No era una gran dibujante mi madre. Pero el faro que ilustra el aprendizaje de la letra “f” está bien hecho. Y otro tanto ocurre con el naipe que adorna la página donde se introducen la “n”. Caigo en la cuenta de que ese cuaderno fue obra de los dos.

Poco después nuestra relación se resquebrajó. Nunca pude perdonarle el haberme abandonado. Viví en la amargura y el rencor. No salía de mi desilusión. Y cuando caminábamos, con temor y resistencias, hacia un reencuentro, ella falleció, prematuramente, a consecuencia del terremoto que asoló a la ciudad de Méjico en 1985.

Recién ahora comprendo porque atesoró el cuaderno. Y también porque nunca lo deseché. Si, había allí mucho alimento que mi madre sabía que me habría de faltar.