De pronto me despierto y resulta que mi padre está sentado en el filo de mi cama, al costado de mis pies. Me cuesta trabajo creer que esté allí. Pero sí, no es un sueño, puedo distinguir los detalles más insignificantes de su figura, como las finas y numerosas arrugas de su rostro. De su cuerpo emana un brillo que le da la apariencia destellosa, como un rsplandor. Me parece increíble pero su presencia es cierta. Allí está él, exactamente a como fuera en vida. En realidad nunca lo había visto con tanto detenimiento como lo estoy haciendo ahora. Estoy contento. Desde mis entrañas emerge un deseo por agradarle, un deseo que es mucho más grande que yo mismo. Entonces, me siento vulnerable y lo único que me importa es llamar su atención para que me sonría. Pero mi papá está inmóvil. Mira a la pared que está detrás de mí. Conforme lo observo me tranquilizo. Me doy cuenta que mi papá sabe que estoy aquí, a su lado. No lo expresa pero su serenidad me lo deja saber. Quiere decirme que está conmigo. Que estará para mí siempre que lo desee o necesite, que puedo contar con él, sin condiciones. Es raro, yo que siempre había desconfiado de él, resulta que ahora recibo esta visita que es casi una mudanza. Y de dónde puede salir este regalo, me pregunto. No tengo una respuesta inmediata. Pensándolo mejor me convenzo que es tonto seguir haciendo más preguntas. Resulta que es mi nuevo inquilino.