Preparaste la trampa con cuidado. Tú, ya te habías juzgado. Eras culpable. Y aunque los cargos no fueran precisos la condena tenía que ser drástica, un verdadero ejemplo.
Hiciste todo lo preciso, con determinación. Te negaste a imaginar alternativas. Corrías furioso hacia la nada. Hasta que por fin estabas allí. No tenías que hacer pero no descansabas. Muchas voces te ordenaban: ¡Haz esto!, ¡haz lo otro! ¡haz esto y haz lo otro! ¡No hagas nada!
Tú sabes que no es fácil desarmar una bomba, tienes que ser muy cuidadoso. Pero tú solo podías ver un entramado de cables, ni siquiera eras capaz de concentrarte para identificar las conexiones entre el reloj, el detonador y los explosivos. Tenías miedo, te sentías muy cerca de una explosión de pánico. Necesitabas escuchar una voz que te serene. Pero no oías ninguna. Estabas solo pero una multitud de ruidos impedía que pudieras estar en paz contigo mismo. Lo cierto es que la bomba te amenazaba y tu esperabas esa voz que te abriría una posibilidad.
Pero, ¿de dónde sacabas la idea de que una voz así existía? ¿Acaso la habías escuchado antes? En ese momento no lo sabías, estabas demasiado ansioso para tener cualquier certidumbre. Pero muchas veces la habías escuchado. No en vano estabas vivo. Una voz que se esconde pero que te llama a la vida. ¡Qué curioso!
Esa voz nacía en la boca del estómago pero pasaba por el cerebro. La escuchabas en tus oídos. Te preguntaba: ¿será el mundo tan dramático cómo lo sientes? Y te decía: de repente los explosivos son esa rabia y esa tristeza que te impulsan a desechar la vida; y el detonador es el ruido que te enloquece. Si, eso es lo que la voz te decía. ¡Y eso era, en ese momento, un descubrimiento para ti! Entonces por fin comprendes que la bomba no tiene porque explotar. El reloj está separado del detonador y de los explosivos. No hay una hora fijada para la explosión. Podrías hacerla estallar solo si fueras muy torpe maniobrando los cables. Esa torpeza podría nacer de tu desesperación.
Te criaron para ser una bomba. Tú sabías que algún momento habrías de estallar. Pero no, tampoco es tan simple. También sabías que existía una voz.