Creo que todos tenemos un mito personal. Se trata de la creencia de que alguna vez disfrutamos de una felicidad que terminó abruptamente. Vivimos una situación de completud y armonía. Teníamos todo lo que necesitábamos y éramos incondicionalmente amados. Por aquel entonces, no concebíamos la posibilidad de ser rechazados o de que pudiéramos hacer algo malo.

Pero fuimos heridos y una puerta se cerró (¿para siempre?, ¿quién sabe?). Alguien nos dijo “¡qué pena! pero hay algo repudiable en ti”. Y comenzamos a buscar eso que estaba “mal”, eso que tendríamos que curar. Pero resulta que no encontramos algo concreto.

El tiempo pasó y nuestra vida se complicó. Pero esa herida incompresible que no dejaba de doler siempre nos acompañó. Una parte de nosotros hacía guardia frente a la puerta cerrada. De allí venían el dolor, la rabia y la nostalgia que se alternaban en nuestro ánimo. A veces imaginábamos romper la puerta. Pero la mayor parte del tiempo estábamos seducidos por la idea de que si lográramos llorar con fe y dulzura, entonces la puerta no demoraría en abrirse. Creíamos que de las entrañas de la herida estaba surgiriendo un canto tan bello que nadie podría resistirse. El poder de la súplica es inmenso pensábamos.

II

En algún momento nuestras lágrimas se terminaron por secar. Por entonces, comenzamos a sospechar que ese paraíso nunca había existido, lo habíamos inventado para estar buscando algo en vez de esperando nada. Por gusto habíamos llorado tanto. El mundo fue siempre duro e insensato. Era eso lo que no podíamos aceptar. En realidad lo único que habíamos perdido era el engaño, empeñarnos en creer en algo que no puede ser posible.

Resulta que ahora somos realistas. Ya sabemos que nunca fuimos felices y que tampoco lo seremos. Si, esta es la verdad de la vida, lo reconocemos y lo aceptamos.

Pero a veces nos acercamos maldiciendo al lugar donde debería estar esa puerta que no existe y lloramos allí tan conmovidas lágrimas que cualquiera diría que sin saber cómo hemos atravesado el umbral y estamos en ese lugar en que nos hizo creer nuestra tonta imaginación.