Has dormido con ella, el amor de tu vida. Pero ella se fue y tu no sabes lo que pasó mientras estuvieron juntos. Ahora estás despierto, cruelmente lúcido, pero igual no puedes recordar. Puede que hayas sido un amante torpe. Entonces, tu olvido es piadoso y te protege de eso que no puedes dejar de sospechar. Pero podría ser que hayas disfrutado de manera que tu olvido es mezquino pues significa que te aferras a una dolida imagen de perdedor y rechazado. O, quien sabe, de combatiente furioso que quiere más. También puede ser que solo haya habido proximidad y ternura. En todo caso, lo que no puedes imaginar es un cuadro de distancia y frialdad.

Para salir de la duda deberías preguntarle, pero no te atreves. Y, dentro tuyo, una voz resuena y te dice ¿por qué no te acuerdas de lo que sucedió apenas ayer? ¿Por qué tu primera corazonada apunta siempre a lo peor? Y cuanto más lo piensas crees que estas preguntas tienen una y la misma respuesta: tu amor por lo trágico. Tu goce por el desgarramiento. Tu gusto por preservar una tensión dolorosa. Como si la peor situación siempre fuera siempre tu fatal compañera, tu amante favorita. Huyes de la felicidad, hasta de aquella que ya has vivido.