En su notable cuento “La ruptura”, la escritora mejicana, Elena Poniatowska (París 1932), narra la historia del desencuentro fundador de la pareja patriarcal. Hay en este relato algo tan ejemplar y bien captado que los hombres y mujeres de esta época no podemos dejar de decir: este cuento también trata de mí.

Manuela y Juan, los personajes de la historia, están, cada uno a su manera, escindidos. Manuela aspira al orden mediante la domesticación de la realidad, empezando por su propio deseo. Vivir en un mundo regular y predecible es triunfar sobre el caos, y es eso precisamente lo que Manuela quiere. No obstante, en forma contradictoria, Manuela también quiere ser vulnerable, desea un hombre que desestabilice ese mundo en que, después de todo, hay muy poco goce.

Por su parte Juan es un conquistador. Nada más vital que la seducción, que convertirse en objeto de deseo de esas chicas que deciden correr el peligro de ser heridas y abandonadas apenas consienten a sus demandas de amor. Juan es un tigre, salvaje e incontrolable, dominado por un instinto depredador. No obstante, las cosas son más complejas pues Juan también quiere ser engreído y cuidado por una mujer.

En el encuentro entre ambos personajes aflora el deseo de intensidad de Manuela. Entonces, Juan representa lo impredecible que la haría vivir. “El tigre se acercó insinuante y malévolo. Manuela caló a fondo sus anteojos. Sí, era de esos que acaban por dar rasguños tan profundos que tardan años en desaparecer”. Manuela quiere vivir esa experiencia, pero tampoco puede renunciar a su afán de control. De allí que su proyecto sea domesticar al tigre. “Desde aquel momento, casi inconscientemente, Manuela decidió que Juan sería el próximo objeto maravilloso que llevaría a su casa. Le pondría un collar y una cadena. Lo conduciría hasta su departamento y su cuerpo suave rozaría sus piernas al caminar. Allá lo colocaría en la repisa al lado de sus otros antojos. Quizá Juan los haría añicos pero ¡qué importaba! La colección de objetos maravillosos llegaría a su fin con el tigre finalmente disecado”.

En un inicio Juan no parece domesticable. Cada cierto tiempo, desaparece, reinicia sus cacerías. En cualquier momento puede perderse. ¡Y Manuela lo desea intensamente! Todo el fervor de su ser se expresa en sus oraciones “¡Tigre rayado, ruega por mí!… ¡Colmillos de marfil, muérdanme el alma! ¡Fauces, desgárrenme por piedad! ¡Paladar rosado, trágame hasta la sepultura! ¡Qué los fuegos del infierno me quemen! ¡Tigre devorar de ovejas, llévame a la jungla! ¡Truéname los huesitos! ¡Amén!”.

No obstante, “sucedió algo imprevisto: Juan en sus brazos, empezó a convertirse en un gato. Un gato perezoso y familiar, un blando muñeco de peluche. Y Manuela que ambicionó ser devorada, ya no oía sino levísimos maullidos. ¿Qué pasa cuando un hombre deja de ser tigre? Ronronea alrededor de las domadoras caseras. Sus impetuosos saltos se convierten en raquíticos brinquitos. Se pone gordo y en lugar de enfrentarse a los reyes de la selva, se dedica a cazar ratones… su amor que de un rugido poblaba de pájaros el silencio, es sólo un suspiro sobre el tejado a punto de derrumbarse”.

Pero la transformación de Juan, que parece ser la realización del deseo de Manuela, resulta profundamente decepcionante para ambos. Manuela extraña al tigre y desprecia al gato. “¡Tigre rayado, sólo de noche vienes…! ¡Tigre, tigre zambúllete en mi sangre!… ¡Virgen improbable, déjame morir en la cúspide de la ola!” Manuela se debate entre la añoranza del tigre, y de la vida intensa y vulnerable, y, de otro lado, su necesidad de orden y domesticidad. No parece haber forma de conciliar ambos deseos. El tigre la asusta y la desestabiliza, pero el gato la aburre y desilusiona.
Manuela vive atrapada entre la ilusión que añora y la cotidiana domesticidad que desprecia. Y cada una de estas situaciones tiene el rostro de un hombre-animal: el tigre, para quien ella es una presa, y el gato, que es como un hijo mimado y obediente.

El relato no es muy explícito respecto a lo que pasa en el alma de Juan. Aparentemente está ganado por los cuidados cotidianos de Manuela. La comodidad hogareña parece haber sosegado sus inquietudes de conquistador. Sin embargo, las cosas no son así. Una noche Juan le confiesa a Manuela que ha conocido a alguien. “Ya estaba: el río apaciguado se desbocaba y las palabras brotaban torrenciales… Hay palabras antediluvianas que nos devuelven al estado esencial: entre arenas y palmeras, serpientes cubiertas por el gran árbol verde y dorado de la vida… Y Manuela vio a Juan entre el follaje, repasando su papel de tigre para otra Eva inexperta”.

Esa noche conversan como nunca lo habían hecho. Pero “después de un tiempo, la conversación tropezó con una fuerza hostil e insuperable”. Las posiciones son irreductibles. Juan se va y Manuela se queda sola. La ruptura es inevitable. Pero Manuela no se resigna “Juan era un gato, pero suyo para siempre… ¡Cómo olía ese cuarto a gas! Tal vez Juan ni siquiera notaría la diferencia… sería tan fácil abrir otro poco la llave antes de acostarse…” Manuela parece preferir la muerte al abandono. Pero el cuento termina allí. El fin queda librado a la imaginación del lector. ¿Lo dejará regresar a la selva? ¿O sólo la muerte los separará?

II

El cuento de Poniatowska objetiva, con gran maestría y mucha precisión, el malestar inherente a las relaciones de género en el mundo patriarcal en que vivimos. Para ser realmente sentida, la vida reclama vulnerabilidad pues no hay apertura a la felicidad que no sea también una exposición al riesgo. La alternativa es ese control férreo que es una anticipación de la muerte. Desde el deseo de intensidad Manuela reclama al tigre, al hombre que la ame con ardor, que la convierta en un objeto, en una presa a ser devorada. Pero Manuela también quiere seguridad, protegerse de lo desbocado de su deseo. Y no hay conciliación posible. El tigre la hará vivir pero le destrozará el corazón, cuando la abandoné. Y degradado en gato, el tigre ya no sirve. Manuela es o bien la bruja castradora que matando se suicida, o es la mujer que, fiel a su deseo, se convierte en carne herida y gozosa, para ser luego abandonada. Y, por su lado, Juan o es el macho gozador o es el gatito domesticado. No se imagina una salida del entrampamiento.

En todo caso hay un período de cierta estabilidad. En ese momento, Juan es el gatito mimado que sueña con ser el tigre desbocado. Y Manuela es la madre castradora que anhela ser deseada con la ferocidad mortífera del tigre. Pero este escenario es resbaladizo porque es insatisfactorio para ambos. Quizá Juan podrá reencontrar a su tigre en escapadas furtivas. Y puede que también Manuela pueda hacer lo mismo.

Es decir, lo que falta es el tigre que existe en la imaginación de la pareja.