Sres. de la Academia Sueca,
Distinguidos amigos,
Quisiera empezar agradeciendo al jurado por haberme otorgado esta distinción que es la máxima a la que puede aspirar cualquier ser humano de nuestros días. Sería hipocresía decir que no soñaba con ella, pero también fuera absurdo decir que estuviera seguro de lograrla. Creo que construí mi obra mirando hacia adelante, a ese porvenir donde ya no estaremos, pero también miraba de reojo, hacia el juicio de mis contemporáneos, esperando, en secreto, las señales de aprobación que hoy me llegan de una manera tan contundente.
Hay demasiado azar en la vida como para creer que uno puede hacer una diferencia en el mundo. Actualmente somos más de 6,000 millones los seres humanos que poblamos este planeta. Y solo muy pocos de nosotros podemos aspirar al reconocimiento que hoy se me tributa, y aún somos menos quienes los recibimos. Recibir el premio Nóbel es como ser canonizado en vida. Es un compromiso aterrador. Desde ahora seré yo y mi premio. Apenas se difundió la novedad, centenares de periodistas me asaltaron para entrevistarme. Y, por su parte, los editores no han cesado de perseguirme para publicar nuevamente mis novelas. Y cada uno hace una oferta mejor que el otro. Y mis obras se trasladaron a los estantes de novedades y comenzaron a venderse rápidamente. De pronto mi fama, ser conocido por algunos miles, quizá centenas de miles, se disparó. Ahora soy una celebridad. Se me ha convertido en un oráculo. Todo lo que digo tiene ahora una resonancia especial. Soy una voz que se debe escuchar, que ha sido seleccionada como parte del reducido coro autorizado para comentar el drama de la humanidad.
Puede que esta designación me quede grande. Pero puede también que sea demasiado grande para cualquier ser humano. En esta línea podría cuestionarse la institución del premio Nóbel como arbitraria y elitista. Pero, pese a estos problemas, creo que el saldo es positivo.
Desde luego, agradezco, infinitamente, el honor de haberlo recibido. Hay también muchos escritores que lo merecen, acaso más que yo mismo. No se me escapa el delicado equilibrio que la academia tiene que preservar en cada una de sus elecciones. Los criterios son múltiples: hay que premiar a hombres y mujeres, a gente del primer mundo y del tercer mundo, a escritores de distintas comunidades linguisticas, a poetas y novelistas. Entonces a través mío se ha honrado a la lengua castellana en su recreación americana y, más en general, a los esfuerzos de la gente de letras del tercer mundo. Digamos que era la hora en que la brújula de la academia apuntara nuevamente a un latinoamericano.
Ahora, en esta ceremonia, tengo como misión decir, en unos pocos minutos, lo que he aprendido de la vida, lo que puedo aportar a un público mundial.
II
Pero antes de proseguir ruego que me permitan una pequeña digresión. Y para abreviarla la condenso en unas pocas palabras. Ocurre que cuando un escritor del primer mundo recibe el premio Nóbel lo hace a título de documentar las profundidades de la experiencia humana. Si viene del lejano oriente se espera, en cambio, que transmita una sabiduría ancestral. No obstante, cuando lo recibe alguien que viene de los extramuros de occidente, como es el caso de América Latina, lo recibe a título de revelar las luchas de la gente por construirse un destino humano en medio de la pobreza, la injusticia, y dentro de tradiciones culturales distintivas. O sea que lo mío ha sido escogido como representando a una colectividad que se supone expresada en mi voz. Entonces, retomando el hilo de mi argumentación, no se exige de nosotros la reflexión que ponga al desnudo la condición humana, se nos pide, más sencillamente, que interpretemos los sentimientos de nuestros pueblos, que testimoniemos forma colectivas de sentir y pensar, especialmente aquellas que puedan maravillar a ese público desencantado y sediento de maravilla y heroísmo. Esta diferencia de expectativas, patente en las elecciones de la Academia, significa el intento de imponer una división del trabajo de naturaleza colonial. Lo general, lo universal, solo podría ser abordado más allá del susto de la pobreza, y del miedo a la injusticia, y, además, sólo desde formaciones conceptuales rigurosas. En otras palabras, en los países del primer mundo. En contraste, lo particular y colorido surgiría desde la precariedad existencial, en medio del dominio turbulento de las emociones, en mundos sociales nutridos por el mito y la magia pero sin mayor tradición de pensamiento abstracto.
No es que esta diferencia de expectativas carezca de fundamento. Pero su esquematismo puede llevar a injustos descuidos, o, a apreciaciones desmesuradas. Pienso, por ejemplo, que si Jorge Luis Borges no recibió el premio que hoy se me concede fue en mucho porque no respondía a estos esquemas clasificatorios de raíz colonialista. Qué de valioso podría decir un ciudadano del tercer mundo sobre asuntos tan eternos y graves como el tiempo y el azar. Nada que merezca ser escuchado. Pero me atrevería a afirmar que mi caso marca un cambio pues viene a evidenciar el debilitamiento de este prejuicio. En efecto, en las consideraciones que sustentan su fallo, la Academia señala que mis novelas, aún cuando se sitúen en coordenadas muy específicas, plantean temas universales. Hallo muy correcta esta afirmación. Mis personajes pertenecen a la clase media pero están insertos en un medio de donde no pueden sustraerse. Son privilegiados pero están amenazados por la injusticia y la pobreza del mundo que los rodea. Además tienen que lidiar con una herencia cultural que no han examinado suficientemente. Pese a todo, sin embargo, estos personajes tienen, también, un mundo interior que remite a temas universales. Mencionaré unos pocos aunque decisivos: el nacimiento y la muerte de las fantasías, la soledad en el envejecimiento, la necesidad de amar, la presencia constante de la muerte.
III
El sentimiento del que se nutre mi obra es el miedo. En realidad intenta ser un conjuro contra su ominosa presencia. Y ese miedo que me asecha tiene diversos rostros. El miedo a ser golpeado proviene de sentirme íntimamente indefenso. No he sido un muchacho victorioso, de esos designados como ejemplos de hombría. Quizá por ello me ha afectado tanto la injusticia y la prepotencia de los poderosos.
Pero prefiero contarles un sueño donde impúdicamente asoma mi actitud frente a la violencia. En el sueño hay un parque, una calle y una hilera de casas. Uno de los propietarios considera que la calzada del parque frente a su casa es de su pertenencia exclusiva. Allí estaciona su auto y ha colocado un cartel avisando que está prohibido usar ese espacio. De pronto un vehículo se estaciona en ese lugar. El dueño de la casa sale muy molesto y comienza a gritar en inglés amenazando. Pero el señor no se deja amedrentar y le responde igualmente a gritos, pero en castellano. Dice que ese lugar es público, que así lo establece la ley. Entonces, la situación se vuelve tensa, el pasaje a la bronca es inminente. Para mí, que soy un observador, el espectáculo es insoportable. Aquí termina el sueño. Si analizo mi situación me doy cuenta que estoy en contra del energúmeno que se cree dueño del mundo. Pero también me da miedo la pelea y el escándalo. Mejor sería que no hubiera problemas. No obstante, simpatizo con la actitud del señor que rechaza la arbitrariedad y admiro su capacidad para defenderse. Ahora bien, el sueño no culmina, la narrativa se desvanece, de modo que me quedo pasmado, atrapado en un dilema. ¿Qué es mejor: no hacer problemas o defenderse?
Pero apenas reflexiono me doy cuenta que así presentado el dilema es muy abstracto y bastante falso. No hay una respuesta única, general. Habría que analizar las circunstancias y lo que está en juego. En principio nunca habría que ceder ante una imposición. En todo caso lo angustiante del dilema remite al tercer mundo pues situaciones así fueran menos frecuentes si la ley y el Estado estuvieran más consolidados en nuestros países. Sea como fuere, en algunos casos, la defensa irrestricta, hasta la muerte, puede ser una locura. El ejemplo clásico es que hay mucho que perder y poco que ganar si nos enfrentamos a la prepotencia de un ladrón armado. El principio de no ceder deber ser pues tamizado por una evaluación de los costos y beneficios. Pero aquí comienzan los problemas pues si vivimos asustados sobrevaluaremos los costos y no tendremos en cuenta los beneficios. Entonces cedemos siempre. El miedo en mi sueño impide el desenlace.
No obstante, lo decisivo del sueño es el desgarro, permanecer en la indecisión. Lo que no ocurriría de haber habido lucha y un triunfador. La actitud de no hacerse problemas no se impone sobre la cólera contra la injusticia. Entonces, ni resignación, ni abierta rebeldía. En realidad este sueño me describe como un semi-ciudadano del tercer mundo. Además como un hombre que huyendo del miedo se volcó hacia el pensamiento. Fue la única forma que encontré para defenderme de la violencia que me amenazaba desde niño.
IV
En cuanto a mi obra es muy poco lo que puedo decir. Y ello porque, en realidad, se reduce a unos 4 o 5 cuentos que solo se han difundido en la Internet. Pero en este breve corpus predomina el logro, pequeñas hazañas que son, sin embargo, verdaderos triunfos. Mis personajes suelen ser gente dubitativa, que trata de ser justa pero que no cree mucho en la justicia pues sabe lo resbaloso que es el camino del mal. Mal que actúa como fantasía y tentación dentro de sí mismos. La lucha es interminable, nunca hay una victoria definitiva, pero si hay muchas caídas. Y estos personajes viven en un mundo convulsionado. Entonces desarrollan una lucidez donde se alterna la esperanza con el desaliento.
Quizá sea justo decir que mi literatura es edificante. Pero creo que si hablamos debemos tratar de invitar a vivir. No tomaría la palabra ni escribiría para decir que nada vale la pena. Nunca he simpatizado con aquellos que se embelesan con las catástrofes. A decir que no hay futuro, mejor me quedo callado. Entonces se podrá comprender que mi obra es una lucha interminable contra el silencio.

Realmente conmovedor Gonzalo, se percibe tu calidad humana. El párrafo más relevante…
“mi literatura es edificante. Pero creo que si hablamos debemos tratar de invitar a vivir.
No tomaría la palabra ni escribiría para decir que nada vale la pena.
Nunca he simpatizado con aquellos que se embelesan con las catástrofes.
A decir que no hay futuro, mejor me quedo callado. Entonces se podrá comprender que mi obra es una lucha interminable contra el silencio.”
Sigue innovando tus presentaciones, nos hace mucho bien a tus lectores. Felicitaciones.
Comment by Anonymous — 2009 02 @ 8:36 pm
¡QUÉ DISCURSO!!! AFLORA TU SER MAESTRO POR LO TU VOZ QUE SE DEBE ESCUCHAR… MUESTRAS TU PREOCUPACIÓN DE SIEMPRE POR LA JUSTA CONVIVENCIA EN LA SOCIEDAD Y TRABAJAS MUCHO DESDE LAS AULAS UNIVERSITARIAS Y OTROS ESPACIOS.
¡POR CADA UNO DE TUS LOGROS Y LOS DE TUS DISCÍPUL@S TAMBIÉN!! FELICITACIONES.
Comment by AnaTeresa. — 2009 02 @ 2:08 am
Huir del miedo hacia el pensamiento y luchar desde ahí contra el silencio. En verdad no es huir sino atrincherarse.
Comment by bajoeldesierto — 2009 02 @ 4:16 pm
¿Queeé??? ¿Es muy difícil encontrar caminos entre los grupos de intelectuales, dirigentes o políticos para que planifiquen y coordinen de modo concertado un presente y futuro mejorando la sociedad de modo integral? ahhh, donde lógicamente, haya un compromiso real por reducir de las brechas de todo tipo.
Buena tu actitud esperanzadora traducida en el constante esfuerzo por ser más asertivo cuando miras la realidad.
Que nunca falte la LUZ en tu quehacer de tal modo que sigas compartiendo con nosotr@s tus percepciones y reflexiones. 22-02-2009
Comment by ... — 2009 02 @ 5:18 am
buena, muy buena!
Comment by augusto — 2009 03 @ 6:36 pm
Muy bueno el discurso, asi que si algun dia te dan el nobel, usalo, que esta genial
Comment by Musica — 2009 05 @ 4:59 pm