La crisis mundial se propaga por la caída del consumo de los sectores más pudientes de la economía global. La consecuencia de esta caída es que la producción y la inversión se contraen de manera que las empresas deciden eliminar puestos de trabajo, hecho que significa una menor demanda y, de otro lado, la generación de expectativas de inseguridad que, a su turno, hacen que la gente disminuya más su consumo y aumente sus ahorros. El mecanismo de propagación es pues claro. El deterioro de las expectativas disminuye la tendencia al gasto lo que a su vez implica caídas en la producción y el empleo que intensifican el pesimismo y frenan aún más el consumo.
Pero si el mecanismo de propagación de la crisis es claro no sucede lo mismo con las causas de la crisis. En este punto hay dos perspectivas. Para la primera el origen de la crisis está en la especulación financiera, en el insostenible crecimiento de los precios de los activos (inmuebles, acciones, bonos) que producía una sensación de optimismo y confianza a cuyo amparo la gente gastaba más y más. Al desplomarse los precios de los activos, se instala un sentimiento de pesimismo y desconfianza que frena el gasto y desata la espiral hacia abajo antes mencionada. Para la segunda perspectiva, el problema está en la “economía real”. La “razón profunda” de la crisis sería el menor crecimiento de la productividad. Sea por el agotamiento de las innovaciones tecnológicas o la pérdida del espíritu empresarial. De hecho estas dos perspectivas no son excluyentes. Podrían complementarse aunque es difícil ponderar la importancia de cada una de ellas en la generación de la crisis. En cualquier forma, lo que está a la orden del día es la restauración de la confianza, el cambio en las expectativas. Y ello significa el retorno del keynesianismo. Estimular el crecimiento de la demanda a través del déficit fiscal y el crédito barato.
Pero lo que ambas perspectivas comparten es el supuesto de que la economía debe crecer siempre. Este supuesto es razonable para la gente sin recursos. Pero no lo es para las clases medias consolidadas que representan un grueso porcentaje del consumo mundial. El boom económico de los últimos años ha tenido como fundamento el consumismo de los pudientes. Es decir, comprar cosas que no se necesitan, almacenar lo que no se usa, descartar lo que aún sirve. Actitudes y comportamientos producidos por el discurso publicitario que tiende a reemplazar a los discursos religiosos en tanto productor de un sentido para la vida. En vez de deprimirse, ¡comprar! La seducción publicitaria es un engaño en el que caemos por falta de alternativas. No ayuda mucho pero si consuela. Se trata de una situación demencial.
Entonces, ¿qué hacer? La restricción del consumo entre los pudientes implica generar un ahorro que puede financiar la formación de capacidades entre los pobres. De otro lado, frenar el impulso adquisitivo entre los pudientes tiene que complementarse con el surgimiento de nuevas alternativas. Digamos menos cosas pero mayor cultivo de las propias capacidades y de la relación con los otros. En realidad la crisis es una oportunidad para el cambio cultural. Para la producción de una nueva subjetividad.