A propósito del film Crepúsculo (Twilight)

El crepúsculo es esa hora del día donde el sol está desapareciendo del firmamento, donde acaso ya asoma la luna. Es el umbral entre el día y la noche; el momento cuando lo diurno, asociado a lo visible y lo lógico, deja de prevalecer para dejar paso a lo nocturno vinculado a lo desconocido e impredecible. En el ciclo de metamorfosis de la vida el crepúsculo se vincula a lo bello e incierto, a lo decadente y esplendoroso, al miedo y a la esperanza.

II

Persuadida de que su presencia es un obstáculo para la relación entre su madre y su nuevo esposo, Bela, una hermosa joven de 17 años, decide irse a vivir con su padre en el pequeño pueblo donde transcurrieron sus primeros cuatro años de vida. Bela entra a la escuela secundaria donde siente una atracción fulminante por Edward, un joven bello y misterioso que, replegado en su familia, no socializa con sus compañeros. Como ocurre que el deslumbramiento es mutuo, ambos se miran a la distancia como anticipando el drama que vivirán juntos.
Pero Edward no un muchacho común, es un vampiro que tiene poderes increíbles. Es inmortal, es extraordinariamente fuerte, salta enormes distancias, lee las mentes de los otros, y es muy inteligente. Como el resto de su familia, Edward siente el llamado a matar y a alimentarse de sangre humana. No obstante, el credo de la familia es no hacer daño por lo que todos viven combatiendo su naturaleza depredadora. En el comienzo de la historia, Bela es una tentación que Edward no se siente en la capacidad de resistir. De ahí que no quiera dejarse llevar por la seducción que lo abraza. Pero, finalmente, más puede el amor, y Edward entra en una relación con Bela. Ahora, Edward le revela a Bela su verdadera naturaleza, le advierte que representa un peligro pues es posible que, en un arrebato, le succione la sangre, transformándola en un vampiro o, que acaso, termine por matarla. Pero nada de ello le importa a Bela, quien fascinada por Edward, está dispuesta a arriesgarlo todo.
Pero hay otros vampiros que no han querido, o no han podido controlarse, y que son responsables de las extrañas muertes que ocurren en el pequeño pueblo. Sin residencia fija, son cazadores de seres humanos. En algún momento uno de ellos queda prendado de Bela cuya sangre se le antoja un manjar exquisito, irresistible. Edward y su familia tendrán que proteger a Bela de la cacería de la temible y voraz criatura. Finalmente, después de muchas peripecias, el intruso es destruido. Antes de morir, sin embargo, ha mordido a Bela por lo que toca a Edward succionar la sangre infecta de su cuerpo. Edward tiene mucho miedo pues no sabe si será capaz de detenerse, siendo prácticamente infinita, la tentación de seguir tomando su sangre. Pero, a la hora de la verdad, el joven vampiro logra vencer su naturaleza de modo que Bela se descontamina sin ser desangrada. Ahora Edward ha vencido su temor y es posible una relación en que ambos puedan vivir el amor que se profesan. El desenlace deja algunos cabos sueltos que probablemente serán la base de una secuela de este exitoso film.

III

El amor entre Bela y Edward tiene las siguientes características: surge como un deslumbramiento a la primera vista, se desarrolla en una entrega total aunque es casto, y se proyecta para toda la vida. Es decir se trata del ideal del amor romántico. En realidad, Bela y Edward se estaban esperando pues antes de su encuentro se sentían como perdidos e incompletos. Pero para forjar un vínculo tienen que darse dos condiciones. Bela tiene que confiar ciegamente en Edward y Edward tiene que estar seguro de que puede controlar su depredadora voracidad de vampiro. Mientras que Edward duda, Bela no tiene miedo; cree más en él que él mismo. Esta seguridad de Bela, fundamentada en el amor, es el factor clave para que Edward supere la prueba y no la destruya. Finalmente es Bela quien quiere dar su sangre a Edward, para transformarse en vampiro, y así eternizar su amor. Pero Edward no parece aceptar esta entrega pues considera que la vida de los vampiros está permanentemente asechada por tentaciones insufribles.

Si ponemos entre paréntesis la condición de vampiro de Edward lo que tenemos es una historia de amor entre dos jóvenes adolescentes. Un amor casto que parece imposible pero que promete un éxtasis continuo que iluminará sus vidas. Los dos son muy hermosos, ciertamente, pero más que la belleza física lo decisivo es la inequívoca fuerza de sus sentimientos. No hay margen para vacilaciones, ambos se sienten hechos el uno para el otro. Y aunque el sexo y la intimidad física estén presentes como una suerte de horizonte futuro, ellos no se concretan en el mismo film. De lo que se trata es de crear las premisas para esa intimidad. Es decir podrá haber amor físico sólo en la medida en que exista un sólido vínculo entre ambos, un compromiso definitivo. Y el fundamento de este vínculo es la confianza ciega de Bela. Bela piensa que Edward es bueno y que nunca podrá hacerle daño. Y de otro lado, esa confianza es la que genera en Edward la expectativa de que podrá controlarse, que no abusará de ella, que no la tratará como un vampiro trata a su víctima.

Según Baumann vivimos en la época del “amor líquido”, una época dominada por el temor al compromiso y la consiguiente fugacidad de las relaciones. Para empezar, el deseo de más y mejor hace que nadie quiera apostarlo todo a una relación pues por allí podría surgir una opción más atractiva. De otro lado, nuestros miedos, que surgen de la acumulación de las decepciones que hemos vivido, se convierten en un callo o coraza que nos protege pero también nos impide sentir. De esta manera se dificulta el compromiso con el otro. Y lo que prima es la expectativa de poder encontrar a alguien mejor, y, de otro lado, el temor a ser herido, desechado. Decidirse a convertir una atracción en amor es renunciar a la libertad y exponerse a ser víctima del abuso. Nos podemos convertir en uno más de una colección. Hoy en día no resulta sencillo lograr la confianza que permite el la construcción del amor sobre el cimiento de la atracción.

Por otra parte, la llamada “liberación de la sexualidad” ha hecho que la apuesta al compromiso ya no sea necesaria para el ejercicio de la sexualidad. Gracias a su creciente autonomía a las mujeres nos les importa mucho perder su virginidad. Mantener una vida sexual activa ya no implica que una joven sea descalificada como una perra. El cambio ha sido gradual. En la generación de mis padres solo se podía tener sexo después del matrimonio. Mi madre, nacida en 1923, no sabía lo que habría de suceder la noche de bodas. Y eso estaba bien visto. Era el ideal de una “chica decente”. En mi generación (nací en 1949) las cosas cambiaron pues para nosotros el sexo, antes del matrimonio, era permitido siempre y cuando se situara en el cuadro de una apuesta sincera por un compromiso. Ahora, en esta actualidad, los jóvenes pueden practicar una “sexualidad casual”. La atracción física y la búsqueda de entretenimiento son motivos suficientes para tener relaciones sexuales. No se involucran los sentimientos, ni se generan expectativas de continuidad. En todo caso, al desvincularse la sexualidad del compromiso y de la búsqueda del amor, se gana libertad pero también se pierde algo. Y eso que se pierde es la intensificación del deseo producida por la atracción que crece al no concretarse. Además, y sobre todo, lo que se pierde es la posibilidad de una presencia plena. En efecto, resulta problemático que un encuentro fortuito entre cuerpos pueda ser el escenario donde se exploren esos deseos o “caprichos”, esas fantasías que son como las marcas de una historia que por pudor solemos ocultar y que solo en el contexto apaciguador de una intimidad comprometida podemos expresar y negociar.
En el sexo que es “choque y fuga” se trata solo de descargar el deseo que habita nuestros cuerpos, a la manera que saciamos nuestro hambre con un plato de comida. Esta es la sexualidad representativa de esta época de vínculos frágiles. En estos tiempos, como leí en un blog, resulta más sencillo, menos desafiante y comprometedor, tener sexo que conversar. Pero, claro, apenas satisfecho el deseo ya no sabemos qué hacer con es@ que está allí.

Otra vez: el cambio se ha dado entre las mujeres pues si antes el hombre que no podía desligar el sexo del amor era considerado un maricón, y la mujer que podía hacerlo era una perra o una puta; ahora las cosas tienden a ser iguales para ambos géneros.

III

Desde esta perspectiva podría pensarse que la narrativa de Crepúsculo surge de la añoranza, de la idealización retrospectiva del amor romántico. Entonces la historia tendría que ser considerada como un refugio imaginario a las dificultades de los vínculos reales en el mundo de hoy. Incluso podría decirse que, en tanto postula la entrega incondicional de la joven mujer como el fundamento del autocontrol masculino, el relato es “reaccionario” o “iluso”. Por tanto, se podría concluir que el film propone como futuro un imposible regreso al pasado. Pero, aún cuando todo ello sea cierto, las cosas son más complejas. En efecto, la mistificación y la añoranza pueden ser leídas como síntomas de lo que hoy en día no anda bien. En este sentido el film apunta a una remodelación del deseo, a tratar de re-vincular el amor con la sexualidad. Es decir, revitalizar el viejo ideal del amor romántico. Y el gran éxito de público obtenido por este film deja ver que esta propuesta toca a la gente, interpela sus necesidades e insatisfacciones. Imagina otras posibilidades, pretende re- direccionar nuestras búsquedas.

La historia, sin el componente fantástico del vampirismo, sería demasiado ingenua e inverosímil. No obstante, el “príncipe azul” trasvestido como “vampiro decente” resulta creíble en el interior de una narrativa que no se reivindica como realista. Se trata de la figura del joven que respeta y no decepciona, el caballero que lucha contra su voracidad sexual hasta que logra encuadrar su atracción en un compromiso. Y se trata de la joven virgen que, totalmente confiada, consigue, gracias al contundente gesto de regalar su entrega, reglar el deseo masculino. El joven no sería un hombre cabal si es que tomara el regalo y huyera del compromiso. Finalmente los papeles tradicionales se invierten. Ella no es quien frena y él no es quien acomete. Bela insiste en ser “devorada” pero Edward tiene miedo y contiene su deseo.

IV

En principio el vampiro es un ser demoniaco, capturado por el impulso de sangrar y destruir a los seres humanos. Aunque es inteligente, no es dueño de sí pues está poseído por una pasión que lo domina. Entonces, no hay otra forma de enfrentarse al vampiro que no sea su destrucción. Una destrucción que es siempre problemática dadas sus características sobre naturales. Es probable que la figura del vampiro, en su perfil más básico, esté presente, bajo diferentes formas, en todas las colectividades humanas. En principio, sospechar que el otro es un vampiro (o bruja o pistaco o sacaojos o lo que fuera) es una manera de deshumanizarlo. Con razón o sin ella. El vampiro suscita invariablemente miedo. Está asociado al mal y a lo tenebroso. En general el vampiro simboliza el ansía tanática por destruir, la razón al servicio de una voracidad incontrolable. Desde la perspectiva social pone en evidencia la explotación, el robo de la vida de los débiles por los fuertes. Es indudable que todos tenemos un vampiro dentro.

No obstante en Crepúsculo, Edward el vampiro, es “vegetariano”. No bebe sangre humana pese a desearla intensamente. Ha hecho de la lucha contra sus impulsos el fundamento de su vida. Pero se trata de una redención que dista de ser definitiva pues vive en un combate permanente contra su naturaleza. En cualquier caso, en su mundo interior la figura del caballero domina a la del depredador. La familia de Edward piensa que la fuerza de los impulsos no anula la capacidad de escoger. Somos, hasta cierto punto, hijos de nuestros propios actos. En cualquier forma, Edward y su familia parecen vivir mucho mejor que los vampiros furtivos. Tienen una vida más civilizada aunque con menos desenfreno. No obstante están aislados, no tienen relaciones significativas con los seres humanos pues tienen miedo de que una mayor cercanía les impida controlar su naturaleza. En contra de la mitología clásica en Crepúsculo los vampiros pueden humanizarse. Y esta opción es radicalizada por Edward gracias al vínculo con Bela que representa el primer amor entre un humano y un vampiro. Aquí se pone en evidencia la fuerza de lo que Giddens llama “individualismo reflexivo”. Es decir, la creencia de que es posible dirigir la propia vida de una manera que implique el respeto a las leyes y el logro de un máximo de satisfacciones. El individualismo reflexivo es una propuesta que permitiría enseñorearse de sí mismo.

V

Un amor a primera vista que dura para siempre. Una atracción que no decae, una armonía total y sin conflictos. ¿Habrá algo más deseable en el mundo? Ciertamente que no. Lo único malo es que eso no es posible. Como escribe Fernando Pessoa “Es humano querer lo que nos resulta necesario, y es humano desear lo que, no resultando necesario, nos resulta, no obstante, deseable. Lo enfermo es desear con igual intensidad lo que es preciso y lo que es deseable, y sufrir por no ser perfecto como se sufre por no tener pan. El mal romántico es eso: querer la Luna como si hubiera manera de alcanzarla” (Libro del desasosiego p. 88)

El romanticismo se nutre de Platón, de la creencia de que las ideas son la verdadera realidad y que faltaría solo empeño para hacer coincidir lo real con lo ideal. Creo que no podemos dejar de ser ambiguos frente a esta concepción. Si la tomamos demasiado en serio introducimos una mortificación en nuestra vida pues nunca estaremos a la altura de lo ideal ya que la vida es siempre más compleja y contradictoria. Pero si la desechamos entonces perdemos todo horizonte de búsqueda y promesa de mejora. Nos quedamos donde estamos, devenimos “hombres prácticos”; es decir, poco más que máquinas. El romanticismo que habrá de venir tendrá que ser menos absoluto y tormentoso. En este sentido Crepúsculo aviva nuestra ilusión y entusiasmo pero no llega a articular lo deseable con lo posible sino que se dispara en una fuga hacia el imposible absoluto.