¿Desde cuándo el entretenimiento se volvió el valor supremo? ¿Por qué las ideas de deber y de cultivo de sí mismo perdieron tanto de su atractivo? ¿Adónde conduce el predominio (casi) irrestricto del deseo de pasarlo bien, de estar enteramente sumergido en el presente?

Es sintomático que en estos tiempos la gente se despide con las expresiones ¡diviértete! y ¡cuídate! que vienen a ser los imperativos en boga. Ambos están articulados pues lo que en verdad se recomienda es lograr un equilibrio entre goce y moderación. La felicidad es concebida como resultado de explorar las intensidades que nos ofrece el mundo. Pero eso si, resistiéndonos a los extremos, a eso salvaje que mata. ¡Tome y libérese!, nos dicen las empresas que producen bebidas alcohólicas, y, añaden luego, en letra más bajita: pero hágalo con moderación porque de otra manera puede ser fatal para la salud. Vivir es entonces complacer los sentidos pero con la prudencia necesaria para prolongar nuestra estancia sobre la tierra. Entonces, el fundamento del límite, y de la ley, es la preservación del cuerpo, ese alargamiento de la juventud que nos permitiría disfrutar más. Hoy en día no parece haber alternativas creíbles al ideal de una “voracidad controlada”. No obstante, la síntesis entre lo voraz y lo controlado es precaria y problemática. El predominio de lo voraz es la consecuencia del debilitamiento de los valores tradicionales que permitían la construcción de un sentido para la existencia. Ahora, en el ambiente -¿libre?, ¿nilihista?- de esta época, ese sentido tiene que construirse desde el cuerpo. Entonces la sociedad nos impulsa a buscar en la comida, la bebida, el sexo, y, en general, en el consumo, las gratificaciones que pueden hacer deseable la vida. Este impulso puede desembocar en adicciones autodestructivas: la bulimia, el alcoholismo, la drogadicción, la promiscuidad sexual, y el consumismo en general. No son más que otras tantas formas de llenar de excitación el vacío primordial de la vida. Es decir, escapar de la confrontación con la nada que es el aburrimiento.

Pero la voracidad puede ser canalizada de otras maneras. Siendo la principal el tratar de colonizar el deseo de los otros. Es el ansía de reconocimiento, poder y gloria. Una pasión animada por la fantasía de trascender los límites de la condición humana. Ser como Dios. Este el camino de los ganadores, de los han tenido oportunidades y, acaso, se han esforzado. Pero este despliegue implica un talante esencialmente competitivo pues la gloria y el poder son necesariamente escasos. Para que algunos tengan mucho otros, la mayoría, tienen que tener poco.

La voracidad es ese querer más, esa vitalidad que se torna descarriada cuando no hay caminos alternativos a las satisfacciones corporales o al sojuzgamiento de los otros. En todo caso la voracidad es un síntoma en cuya base está es el debilitamiento de los vínculos sociales tradicionales y la dificultad de lograr encuentros satisfactorios con los otros.

El tema ha sido planteado por Zizek, tras las huellas de Lacan, como el debilitamiento de ese aspecto de la función paterna que es la autoridad para sostener lo simbólico y cultural como un sistema de creencias por todos compartido. También ha sido pensado por Gianni Vattimo con el nombre de “aligeramiento del ser”. Es decir, como el desvanecimiento del peso del pasado y la mayor libertad consiguiente. Y en las Ciencias Sociales por Giddens mediante el concepto de des-tradicionalización y desarrollo de la reflexividad. Ya ni siquiera, dice Giddens, la familia es una realidad “natural”. Los lazos familiares tienen que ser preservados y esta es una opción posible, deliberada. En realidad el antecesor es Nietzsche con la idea de la muerte de Dios. Y en los últimos tiempos, podríamos añadir, de los sucesores de dios: el progreso, la nación, la raza y el socialismo que también desfallecen.

En todo caso es claro que estamos en una nueva época aunque no sea sencillo reconstruir el proceso que llevo al predominio del entretenimiento como valor supremo. En todo caso habría que preguntarse por qué el deber y el amor dejaron de ser atractivos.

II

En este cambio algunas cosas se ganaron y otras se perdieron. Se ha ganado libertad pues el peso de los ideales y del deber podía ser abrumador. Es el caso típico de los imperativos del amor romántico y de la militancia revolucionaria que podían llegar a producir un malestar oprobioso, la culpa por nunca llegar a ser todo lo que es posible. En cambio, la menor presión que ejercen hoy los ideales redunda en una mayor libertad, en una mayor franqueza y espontaneidad. También en una relación menos represiva con el goce de nuestros sentidos. La austeridad y el ascetismo pierden sentido y tenemos entonces el auge de la gastronomía y la liberación del sexo. En general se trata de la legitimidad del consumo y del placer corporal.

Pero las pérdidas son también impresionantes. El debilitamiento de los ideales significa que la mayor libertad no encuentra orientaciones, ni límites por lo que, en ausencia de lucidez y creatividad, puede tornarse en autodestrucción, como lo atestigua precisamente la proliferación de adicciones. Y, también, la depresión. En la misma línea está la generalización del talante transgresivo y el consiguiente problema de la seguridad personal y ciudadana. Las rejas y los vigilantes, y la desconfianza generalizada son el reverso de esa libertad desorientada. Pero quizá el problema más serio es el debilitamiento de los vínculos sociales y el predominio de un individualismo exacerbado. La comunicación se debilita, ya no sabemos bien cómo estar con los otros. Nada interesante que escuchar ni que decir. Los sentimientos de desamparo y soledad.

III

La tentación de la nostalgia puede llevar a un rechazo del presente y una mistificación del pasado. Con esta actitud no se podría comprender como los tiempos que corren resultan de las limitaciones de la época anterior. Hay muchas cosas que podemos añorar del pasado así como hay otras tantas que podemos valorar del presente. Y, de otro lado, la crítica de la actualidad tiene que fundarse en el enjuiciamiento del pasado inmediato.

IV

Hacer un balance de épocas es un proceso largo. Este ejercicio puede tener como trasfondo el dilema de la condición humana planteado por Rabelais. Al final de su novela Gargatúa y Pantagruel, Pantagruel funda la Abadía de Theleme, una comunidad fraterna donde el único precepto para la acción es obrar de acuerdo al propio deseo. Parece sencillo pero no lo es. El “dilema profético” que Rabelais inscribe en la Abadía es: o creatividad o caos. Es decir, si los thelemitas no son capaces de crear y expandir sus capacidades, entonces no encontrarán otra forma de entretenerse que subyugando a su prójimo, situación que es la raíz de la violencia.

V
Hay muchas cosas que extraño de mi juventud. Por ejemplo, el sentido exaltado de vivir al borde de tiempos mejores. Claro que ahora la comida ha mejorado muchísimo. Pero, también es mayor la posibilidad de ser asaltado. De otro lado el desarrollo tecnológico nos facilita la vida pero no es suficiente para proporcionar orientaciones de vida.

En cualquier bosquejo de la época debe tenerse en cuenta que muchas cosas no cambian. Es decir, la fuerza de la tradición. Para apreciar esta fuerza la elaboración de Zizek del concepto de interpasividad es muy sugerente. La idea es que la gente sigue haciendo las cosas de siempre aunque pueda haber dejado de creer en ellas. Es decir, la costumbre se mantiene aunque su la creencia que la fundamenta se haya debilitado. La Navidad es el ejemplo clásico. Todos las celebramos. Para muchos es algo bonito que refuerza la institución familiar. Una forma de decir a los niños que la magia está presente en el mundo. En realidad la idea de Zizek está ya planteada por Pascal con su famoso dictum: “arródillate y creerás”. Es decir, los ritos engendran las creencias o por lo menos pacifican esa libertad que no encuentra norte. Por tanto la creencia más que una convicción mental es una suerte de inercia entretejida en la vida cotidiana.