En un gesto demorado pero reparador, la PUCP, en diciembre del año pasado, otorgó el Doctorado Honoris Causa a Mario Vargas Llosa. Los discursos de presentación del ilustre escritor estuvieron a cargo del novelista Alonso Cueto y del propio rector de la PUCP, el Ing. Luis Guzmán Barrón. A estos discursos sucedió una lección magistral de Vargas Llosa, una síntesis de su visión sobre América Latina y sobre la relación entre la literatura y la realidad.
Antes de sintetizar las ideas expuestas por Vargas Llosa, quisiera dejar testimonio de mi deslumbramiento ante la excelencia de su prosa y ante la amplitud y erudición con que desarrolló sus planteamientos. Un maestro en el uso del lenguaje. Eso está fuera de toda duda.
No obstante el núcleo de su discurso fue relativamente simple. Respecto a la relación entre la literatura y la realidad, la posición de Vargas Llosa es muy clara. Para él se trata de dominios que deben estar claramente separados pues obedecen a lógicas muy distintas. El desastre se produce cuando prevalece la tentación de mezclarlas. Para Vargas Llosa la realidad es un hecho objetivo que se mueve por leyes precisas sobre las que no conviene intervenir. De otro lado la literatura es hija de la imaginación, de la capacidad de fabular realidades posibles que sirven para consolarnos de nuestra finitud. Esta posición se fundamenta en el positivismo más tradicional. Hace recordar al marxismo de manual, con su división tajante entre la infraestructura económica y la superestructura ideológica. La ideología es insustancial, es la falsa conciencia, son las ideas a través de las cuales los hombres nos representamos distorsionadamente el mundo de la realidad. Pero Vargas Llosa no llega a esta concepción desde el marxismo. Su inspiración es Von Hayek, el teórico inspirador del neo-liberalismo contemporáneo. Para Von Hayek la realidad tiene una lógica natural que es la más adecuada a la felicidad humana. Entonces, cualquier intento de intervención desde la cultura y/o la política es totalmente inconducente. Demás está decir que esa lógica natural es el mecanismo del mercado. La ontología de lo social de Vargas Llosa se funda en un naturalismo evolucionista que tiende al optimismo. Si los hombres no interfirieran en los mecanismos objetivos de la realidad el mundo sería mucho mejor. No obstante, el problema está en la tentación de intervenir, desde los sueños y las utopías, en la realidad social. La consecuencia de pretender construir el cielo en la tierra es siempre el infierno. La ontología social de Vargas Llosa es profundamente ingenua. En verdad la prevalencia del mercado y de las leyes “objetivas” supone una serie de condiciones ideológicas y políticas. El capitalismo no es una realidad natural u objetiva sino el resultado de una dilatada historia en donde en algún momento la idea del mercado como fundamento de lo social adquiere un amplio consenso. Especialmente durante el auge del neoliberalismo. En cualquier forma, desde esta perspectiva la política se convierte en administración y la cultura en evasión consoladora.
Respecto a la realidad de América Latina, Vargas Llosa sostiene la tesis que el problema de fondo de nuestro continente es el “realismo mágico”. Se trata de una actitud que se nutre de nuestra dependencia de los imaginarios europeos y que se consolida por nuestra propia ingenuidad. En efecto, desde su mismo descubrimiento América se convirtió en la pantalla donde los europeos proyectaron sus fantasías. Entonces América fue definida como la realidad donde todo era posible. Las ansías de riqueza y juventud de los europeos llevaron a que alucinaran los Dorados, los Paititis, las fuentes de juventud y otros embelesos. Y de otro lado los temores los condujeron a imaginar a los antropófagos y a las amazonas. Sea como fuere, el hecho es que los americanos hicieron suya la visión europea de su realidad. América quedó definida como el reino de lo exótico, como un mundo mágico y especial, donde cualquier cosa puede suceder. Desde entonces los americanos, incapaces de emanciparse de este imaginario, han actuado en contra de esas leyes objetivas que aseguran el orden y la prosperidad de las sociedades. A partir de sus sueños y ficciones han forzado lo natural y razonable con el previsible resultado del caos y el atraso. Para Vargas Llosa la tarea de los americanos es escapar a la sensatez, no concebirnos como una realidad especial y diferente, sino como sociedades que deben buscar el progreso mediante el respeto de la lógica natural de los hechos. Otra vez: el realismo mágico resulta de la internalización de las afiebradas imágenes que los europeas no pudieron proyectar sobre su realidad, demasiado lógica y predecible. Es curioso que Vargas Llosa ignore la realidad prehispánica y que defina a América Latina a partir de las deformantes fantasías europeas. Se trata de una visión que carece de densidad histórica y que termina responsabilizando, de las desgracias de nuestro continente, a la necesidad de exotismo de los europeos y a la candidez y falta de espíritu crítico de los latinoamericanos. Pero también se trata de una visión que ignora las posibilidades y las contribuciones de América a la historia mundial. La alteridad americana resulta siendo solo un mito pues las leyes sociales son las mismas en todas partes del mundo. La diferencia es lastre y atraso. Habría que abjurar de esta tradición para poder insertarnos como sociedades modernas en el proceso de globalización. El realismo mágico es el iluso y terco empeño de afirmar una supuesta particularidad a partir de la fantasía europea de que somos especiales.
En realidad esta visión es tributaria de los proyectos de las elites criollas, de esa manera de pensar los países latinoamericanos como occidentales y cristianos. Es decir, países sin historia propia; en otras palabras, sin indios. En el caso del Perú este proyecto fue elaborado por Ricardo Palma, en sus Tradiciones Peruanas y continuado por Víctor Andrés Belaúnde en sus trabajos sobre la Peruanidad. Y ahora es revigorizado por Mario Vargas Llosa.
En alguna otra ocasión Vargas Llosa afirmó que el Perú debería ser como Suiza. Es decir, el paradigma de la realidad ordenada donde las cosas funcionan naturalmente. En realidad, llama la atención la ceguera de Vargas Llosa sobre la realidad latinoamericana.
Entonces concluyendo, pese a la admiración que pueda suscitar la capacidad argumentativa de Vargas Llosa, y, sobre todo, su extraordinario manejo del lenguaje, queda la impresión de que es muy superficial su comprensión de América Latina.
II
Paradójicamente el notable discurso de Alonso Cueto, que pretendió ser una presentación panorámica de la obra de Vargas Llosa, estuvo en total confrontación con las ideas que hemos reseñado. Desde la perspectiva de Alonso Cueto el universo narrativo de Vargas Llosa está dominado por la figura del rebelde, del soñador que busca, valerosamente, la justicia en un mundo atravesado por el abuso y la explotación. Figuras como el poeta de La Ciudad y los Perros, o el mismo Consejero de la Guerra del Fin del Mundo, o los conspiradores que asesinan a Trujillo acabando con la ignominia de su corrupto régimen en La Fiesta del Chivo. En fin, personajes que no se conforman y que luchan, aún cuando sus vidas estén en peligro. El trasfondo de la narrativa de Vargas Llosa sería épico, lo que se exalta es la acometida heroica contra la inflexividad del destino.
Resulta difícil imaginar una respuesta de Vargas Llosa al discurso de Cueto. Me imagino que ésta tendría que partir de reconocer la importancia de esa veta romántica en su narrativa. No obstante, creo que si fuera coherente con sus tesis, tendría que añadir que esa actitud heroica existe más en la ficción que en la realidad. Sería dar al lector la posibilidad de vivir en su fantasía esas otras vidas que añora pero que debería saber como totalmente imposibles.
Pero las cosas son más complejas pues es un hecho, tal como lo señala Cueto, que muchos de los personajes de Vargas Llosa son gente que a partir de sus fantasías y valores luchan por mejorar el mundo. El propio Vargas Llosa, más allá de su discurso, ha asumido, con alguna frecuencia, posiciones de rebeldía y compromiso con la justicia. Véase por ejemplo su Diario de Iraq…
Finalmente quisiera decir que, a mi modo de ver, si existe una particularidad en América Latina. Para bien y/o para mal somos diferentes a Europa. Y esta diferencia ha sido expresada en la literatura por autores como García Márquez, José María Arguedas y el propio Vargas Llosa. Incluso asistimos ahora a la revitalización del realismo mágico en la literatura del dominicano-americano, Junot Diaz. Su primera novela “La maravillosa vida breve de Oscar Wao” significa la exploración contundente de esa particularidad negada.