Jaime Bayly, en su novela El Canalla Sentimental, nos introduce en el mundo de Jaime Baylys, periodista y escritor tal como es en la realidad el propio Bayly. La “s” que diferencia el nombre del autor respecto al del protagonista viene a significar que El Canalla Sentimental no pretende ser un libro de memorias. No obstante, es evidente, que la similitud de los nombres no es casual. Esta similitud quiere decir que el autor está hablando sobre su propia vida, aunque de una manera libre; sin pretender ser fiel ni veraz.
El título de la novela El Canalla Sentimental es desde luego significativo. En principio un canalla es un hombre sin moral, alguien que no respeta leyes ni compromisos, que no duda en perjudicar a los otros en función de su propio beneficio. La figura opuesta al canalla es el caballero que es el hombre comprometido con algo que lo trasciende. De otro lado la expresión “sentimental” se usa para describir a la gente que vive intensamente sus emociones, que tiende a idealizar personas y momentos, y que le cuesta cambiar. La figura opuesta al sentimental es la del hombre “práctico y racional”, aquel que en cada decisión trata de de disminuir sus costos y aumentar sus beneficios. Ahora bien, dadas estas definiciones se puede inferir que la expresión “canalla sentimental” designa una realidad paradójica, contradictoria. Algo así como una persona que sostiene vínculos con los otros pese a no tener compromisos. Es decir, alguien que sin sentirse obligado actúa generosamente. En la novela de Bayly, en la articulación entre los términos de canalla y sentimental, el segundo resulta dominante. Baylys es un personaje que despierta simpatía pero que carece de relaciones sólidas con los otros.
La novela está estructurada en base a pequeños relatos que revelan, con notable humor y desenfado, diversos aspectos de la vida íntima del protagonista. Estas pequeñas narraciones se suceden en un orden cronológico y en conjunto brindan un panorama de la vida del personaje entre los 40 y 43 años, aproximadamente. Lo que tenemos es el retrato de un hombre sin mayores ilusiones, que procura no tomarse demasiado en serio, que vive en una clave irónica y distanciada. Nada en el mundo debería comprometerlo o afectarlo demasiado. Se trata de lograr un equilibrio sobre la base de la renuncia a lo trascendente. En efecto, dejadas atrás las pasiones que alguna vez inspiraron su vida, la política y el amor, Baylys busca ahora su bienestar personal en el logro de un equilibrio entre su trabajo, sus relaciones personales y su vocación de escritor. En realidad Baylys ha devenido en un hombre desencantado, sin grandes aspiraciones ni ataduras. Ha renunciado a las drogas (ilegales), y el sexo no lo entusiasma demasiado. Lo mueve, en cambio, la ternura de sus hijas, las atenciones de su ex esposa, la belleza de su amante, la comunicación con su madre, el cariño de su público, los partidos de futbol y la comida, especialmente los dulces.
En este sentido, de vivir sin absolutos, la subjetividad de Baylys puede ser considerada como sintomática de nuestra época. Una época definida por el debilitamiento de los ideales y creencias colectivas; donde, como consecuencia, ya no sabemos cómo estar bien juntos por lo que se fragilizan los vínculos sociales y se extrema el individualismo. Los ideales del amor romántico y de la comunidad solidaria han perdido vigencia sin llegar a ser reemplazados. Estamos entonces en un período de experimentación, de búsqueda de nuevos sentidos y formas de vida. Y sobre este trasfondo es que debe entenderse El canalla sentimental.
La novela no apuesta por la añoranza, por la descalificación del presente en función de mistificar el pasado. Tampoco por la inercia de la costumbre, por la preservación de un status quo vacio de excitación y vida. Menos todavía por la opción frenética y autodestructiva de las drogas y las orgías. En realidad, Baylys pretende seguir viviendo. Y para hacerlo ha tenido que contestar la pregunta acerca de cómo llenar el vacío dejado por el fracaso de la pareja y de la política como ámbitos generadores de sentido y entusiasmo. Espacios donde, los más favorecidos, se moldeaban tras las atractivas figuras del patriarca amoroso y del hombre público reconocido. En todo caso es un hecho que ese horizonte se extinguió para Baylys como para muchos otros. Las divergencias con su esposa respecto a los estilos de vida a compartir minaron la posibilidad de la comunión amorosa, además, la pasión sexual se extinguió; entonces, Baylys, huyendo de la mediocridad del matrimonio desvitalizado, decide explorar, valerosamente, el homoerotismo. Y, por el lado de lo público, la política ya no es el ejercicio entregado y salvador que despierta el reconocimiento y el cariño de la gente. La política se tiende a convertir en una selva, en un circo, en un fango. Los políticos despiertan indignación, desprecio, risa; y sobre todo, desconfianza. A Baylys ya no le interesa la política. Resulta entonces que ahora no hay nada firme en que creer. Pero ello no tendría que llevar a la autodestrucción o la tragedia. Frente a esta situación Baylys opta por el humor y la ironía. No tomar nada demasiado en serio. Cultivar una actitud risueña, ligera, que huye de las complicaciones porque no cree en los compromisos intensos. Este talante vital se hace evidente en las relaciones personales de Baylys.
Es el caso de la relación con su amante, Martín; un bello joven argentino trece años menor que él. En todo momento Baylys apuesta a mantener una relación estable aunque distanciada. Baylys sufraga mucho de sus gastos pero prefiere mantenerlo a una cierta distancia. Verlo una semana por mes, hacer el amor pero sin demasiada pasión. Martín quisiera una relación más cercana y exclusiva pero eso no está en las miras de Baylys y ésta es precisamente la causa de la ruptura con que termina la novela. Otro tanto podría decirse de la relación entre el protagonista y sus hijas: Lola y Camila. Ambas le despiertan una gran ternura y Baylys procura complacerlas en todo lo que puede. No obstante se trata de una relación de fines de semana o de períodos de vacaciones. Además Baylys se sitúa frente a ellas como amigo y cómplice, más que como padre. No se siente comprometido con su educación que corre a cargo de la madre. Y lo mismo ocurre con su ex esposa, Sofía, la madre de las niñas. Ha logrado con ella un arreglo relativamente estable. Ella se preocupa por él, lo auxilia cuando lo tiene cerca, y él retribuye estos cuidados, solventando con generosidad sus gastos. La relación con su trabajo es aún más distanciada. Pese a ser un reconocido, y muy bien cotizado, periodista televisivo, a Baylys no le interesa mucho su trabajo, lo vive como una esclavitud que le permite la libertad de gastar cuanto es necesario para llevar un tren de vida donde el dinero no es problema. Finalmente el vínculo que más lo compromete es el que sostiene con la escritura. Constantemente busca momentos de libertad en los que pueda concentrarse en escribir. Aunque no tenga el éxito que si tiene como periodista, escribir es lo que más le interesa. Sabe que no es un gran creador, sabe igualmente, que no tiene grandes historias que contar. No obstante, es en la creación donde puede vivir plenamente las fantasías que su realidad necesariamente mediatiza. Escribir es como un juego donde puede ser realmente señor de un mundo. Y el mundo de Baylys es el de un hombre cordial y generoso que busca ante todo tener el cariño de la gente pero sin ser importunado, ni comprometerse demasiado. Alguien que ha escogido una vida que le permite estar solo y no depender de nadie. Gracias a una combinación de antidepresivos y ansiolíticos ha logrado modular su ánimo para poder sobrellevar una vida sin mucha ilusión pero con bastante seguridad pues se sabe querido y tiene todo lo que el dinero puede dar.