¿Qué le pasa a este chico? Se preguntó la madre preocupada. ¿El gato le habrá comido la lengua? No le pasa nada, intervino la madrina, solo que es mátalas-callando. El chico agradeció a la tía cubrir su retirada pero en realidad no sabía qué era eso de mátalas-callando. En realidad hubiera preferido ese silencio demorado que pudiera ser como la antesala de otra explicación, de un acercamiento que él añoraba. Pero la madre parecía haber quedado satisfecha con la idea de que su hijo tuviera su propio mundo de manera que pasó rápidamente a otro tema de conversación. Entonces el niño se sintió, otra vez, defraudado. Su timidez y orgullo lo hacían callar pero sentía cólera. Su madre debería adivinar lo que él quería. Pero ella no mostraba interés. Pero, de otro lado, si ella se rindiera y le hiciera ese caso que él anhelaba entonces se habría quedado sin orgullo, ni distancia, una melcocha sin forma. Y eso era también difícil. Pero era eso lo que él quería. Mientras tanto se atrincheraba en su rencor, en esa casita oscura en la que apenas cabía. Chiquita pero era suya. Con ella podía contar, allí podía vivir. Sus flores eran sus heridas. Y él las regaba. Y las ponía en la puerta de su casita, vacilante, casi orgulloso. A su manera impúdico. Pero igual nadie se daba cuenta.

El niño se fue y la madre se quedó con su amiga. Ay hermanita, le dijo, no sé qué hacer con mi hijo. Me demanda mucho más de lo que puedo darle. Me preguntó si no estará anidando en él una víctima resentida. Me preocupa que me odie, a mí y al mundo. Pero qué más puedo hacer por él. Yo también cargo lo mío y todo lo que puedo darle le parece una migaja. A veces ni lo toma. Es demasiado orgulloso y demandante. Se parece a mí. Yo estoy triste, llena de nada. Ni siquiera mi pena es mi pena. ¿Quién pudiera no ser? Eso es lo que siento, pero cómo me molesta ese silencio obstinado con el que pretende culpabilizarme. Dios mío por qué no se contenta con lo que tiene, que no es poco. Me gustaría contarle mi infancia. Mi madre que me decía “Dios quiera que con mi nombre, no hayas heredado mi destino”. Y mi padre siempre exigente, nunca contento con mis esfuerzos por complacerlo. Quizá entonces apreciaría más lo que puedo darle. Pobre mi hijo, me hace sentir mal. A veces odio sus acusaciones, siento tanto su decepción que me da cólera. No hay otro camino, tendrá que ser duro, como yo soy ahora. Deberá aprender que el mundo no estará nunca a la altura de sus deseos, que estamos solos. Tendrá que crecer y darse cuenta qué solo con su esfuerzo y voluntad podrá conseguir algo. Sé que entrego a la vida una criatura defectuosa, que mucho tendrá que sufrir; pero también sé que va teniendo más suerte que aquella que me alcanzó a mí. No puedo ser todo lo que él quisiera pues muchas cosas reclaman la poca atención que puedo dar. Confiaré en que algún día se dé cuenta y que logre perdonarme. En realidad, no tengo fuerzas para asirme a la vida y solo dejo que ella me golpee. Ojalá esté aún viva cuando él logré comprenderme.