Era de noche y tocaban la puerta. Se apresuró a abrirla. Era su padre. No se le veía bien. Después de dar unos pasos se derrumbó sobre el piso. Estaba muerto. Caramba pensó, qué mala suerte. Y ahora qué haremos. ¡Quién podrá sustituirlo en la función de la noche! ¿Habrá que cancelarla? Pero sabía que las entradas estaban ya totalmente vendidas. Su padre hacía un gran papel como el anciano y preocupado caballero Germont en La Traviatta. Los críticos competían por hacer el mejor elogio de la puesta en escena y el público los premiaba con llenos totales y atronadores aplausos. De repente lo podemos resucitar pensó. Había escuchado hablar de pócimas que tenían ese resultado. Pero no eran seguras y podían tener efectos colaterales totalmente impredecibles. En mal momento se vino a morir, se lamentó. Bueno, tampoco es que se le pudiera culpar. Pero el hecho es que no le quedaba más que la opción desesperada. Entonces llamó por teléfono a Blanca, la vieja sirvienta. Le explicó la situación. Blanca no quería escuchar lo que oía. Entonces, fue rotundo, Blanquita, le dijo, yo se muy bien que tú me has dado todo lo que tenías y tú sabes que eso yo te lo reconozco como nadie. Blanca gruñó pero finalmente aceptó. Está todavía caliente, preguntó. El le contestó afirmativamente y ella dijo que volaba de inmediato.

Blanca traía un frasco con un líquido espeso, casi gelatinoso, de color verde. Te advierto, le dijo, que esto funciona por un tiempo corto y que nunca se sabe bien sus efectos. Lo colocaron en el sofá y le abrieron la boca. Con un embudo le vertieron la pócima. Y había que apretarle el estómago para que pase cada trago. Cuando el frasco estaba a la mitad, el padre comenzó a dar signos de vida. Decidieron continuar hasta acabar todo el contenido. El padre estaba color verde. Olía a hierba fresca concentrada, a clorofila. Comenzaba a moverse pero no acababa de entrar en sí. Después de un buen rato, el padre preguntó sobre si se había quedado dormido. El hijo le dijo que sí, que debería estar muy cansado. Y le preguntó, preocupado, te acuerdas de tus arias, cómo está tu voz. El padre se sorprendió con la pregunta y respondió que sí pero que tenía que hacer sus ejercicios de calentamiento de la voz. Tranquilizado el hijo llamó por teléfono a un servicio de taxis para dirigirse al teatro.

El padre, el hijo y Blanca abordaron el carro. El padre estaba de buen humor. Cantaba derrochando alegría. La función fue un éxito. Las maquilladoras lograron bajar el tono verde del cutis del padre. Nadie se dio cuenta de lo sucedido, y la compañía arrancó el entusiasmo del exigente público.

Estaban de regreso a casa cuando el padre dijo: bueno, creo que me merezco un premio y que la noche me corresponde. El hijo se sorprendió del ánimo juguetón del padre. Me parece que una noche mía, continuó el padre, incluye una gran cena a la que invitaré a dos cortesanas. Tu sabes hijo que desde murió tu madre he sido muy parco en esos menesteres. Pero ahora quiero darme un lujo y tú no me lo podrás reprochar pues sabes lo que significas para mí. No le gustó al hijo el desenfado del padre. La aventura sería costosa e inquietante. Pero no sabía que decir. Se decidió por el argumento de la salud. Pero, padre, a tus años. Y todavía dos. Mejor fuera tomar un oporto en casa y así pasar la emoción hasta nivelar nuestro ánimo. El tono era de preocupada sugerencia. Pero el padre contestó: ay hijo es algo que en conciencia no me puedes negar. Te invitaría pero esas cosas no funcionan bien cuando se trata de padres e hijos. Además, sinceramente, la noche es mía y ten por seguro que la coparé por entero. Apenas llegados a la casa el padre llamó a una agencia de damas de compañía y precisó el encargo de las dos más bellas muchachas disponibles. Sin importar costos, por toda la noche. La cita era en ese hotel lujoso al que de vez en cuando iba a tomar un café. El hijo comprendió que no podía decir nada. Ahora le preocupaba que el padre pudiera requerir una dosis extra de la pócima. Solo le quedaba seguir a su padre sin que él lo notara.

Entonces en el restaurante estaban el padre y las dos bellas cortesanas. El padre, radiante, dominaba la conversación. Hablaba de la belleza de la música, de la potencia de la voz, de lo vivificante del escenario, de la energía que la situación le demandaba. Enfático y expansivo, mantenía encandiladas a las muchachas. La rubia era estudiante de psicología, y la morena de historia. Se terminaba la primera botella de champagne y el padre se mostraba ahora preocupado por sus invitadas. Cómo puedo complacerlas, les preguntó, añadiendo con especial énfasis: en estas situaciones donde todo parece escrito, salirse del guión es rendirle homenaje a la vida. Así que exprésense con confianza. Las dos respondieron que querían ser amadas con potencia y ternura. Pues en ese caso, todos estamos de suerte, respondió el padre. Después de los exquisitos platillos y dos botellas de vino tinto, el padre las invitó a subir al cuarto que tenía reservado.

Mientras tanto, el hijo, desde un rincón podía ver la gesticulación del padre. Solo la elegancia en el movimiento de sus manos le hacía ver que esa noche, su padre, era el dueño del mundo. Pero no creía que su padre tuviera la potencia necesaria para realizar su alocado anhelo. Se sorprendió cuando su padre y las cortesanas se dirigieron al ascensor. De inmediato preguntó en la recepción el número de cuarto de su padre. Y subió en el siguiente ascensor. En el bolsillo de su saco tenía un frasco con la pócima.

Sobre lo que ocurrió en la habitación del padre baste decir que las muchachas vivieron lo que querían, aunque lo pensaran imposible. Agotados los tres se sumieron en un profundo sueño. El padre soñó con que era joven otra vez y que comenzaba a darse cuenta, como había ocurrido en su infancia, que los sonidos eran su mundo. Dentro suyo descubría esa voz armoniosa y pletórica. La cortesana rubia soñaba que era una monja que trabajaba en un hospital para enfermos terminales y los más viejitos le sonreían contagiándole unas ganas de vivir que ella sabía que eran la cosecha de su esfuerzo y amor por ellos. Y la cortesana morena soñaba que leía una crónica del siglo XVI. Una esclava se había enamorado de su dueño, un hombre mayor y viudo, y resulta que él, ese hombre, le correspondía, y que habrían de casarse. A las diez de la mañana se levantaron las muchachas y decidieron irse sin despertar al anciano caballero. Le dejaron la mitad del dinero recibido y una nota donde decían que si todo fuera como debería ser, serían ellas las que tendrían que pagar pero la vida es difícil, y ellas necesitaban ese dinero, se lo llevaban pero rogándole que no pensara mal de ellas. Y que estaban allí, esperando para cuando pudieran ser nuevamente urgidas.

El hijo se había quedado en el pasadizo. Atento a cualquier signo extraño. Por ratos había dormitado. Apenas salieron las muchachas, tocó la puerta de la habitación del padre. Oyo ruidos y luego pasos. Finalmente el padre abrió la puerta. Se le veía cansado. Papa, exclamó el hijo, tengo algo que decirte. Ayer no estabas dormido, estabas muerto. Pero te revivimos con una pócima de Blanquita. Y es que teníamos tanto puesto en la función de la ópera. Pero ahora no se si hice lo correcto pues las consecuencias de la bebida son impredecibles. Y el papá dijo: con razón me he sentido tan raro. He tenido una vitalidad que da miedo. Y he saltado muchas barreras dentro de mí. Pero el miedo no me abandona. Entonces, ansioso, se paró. Hijo, dame un tiempito que ya me repongo. El padre fue a ducharse. A la salida del baño estaba más tranquilo. Hijo no te preocupes pues mi amor por ti es más grande que todo el mal que puedas hacer. Te quiero y no te juzgo. Ahora lo que me importa es saber si debo vivir o acaso regresar a esa condición de la que fui tan insólitamente arrancado. Y como reflexionando en voz alta, comentó que resquebrajados los hábitos de su vieja vida, ahora su situación se le podía convertir en una pesadilla. Lo de ayer fue una euforia. Pero mañana, quién sabe. Y, además, necesitaré de la pócima.