Aunque es muy temprano para tener certidumbres sobre el significado de la crisis internacional lo que puedo ir quedando claro es el regreso del estado pues está visto que la idea de un autocontrol del mercado es una fantasía que se ha disipado junto con la burbuja inmobiliaria y financiera. No parece haber alternativa al capitalismo pero lo que vendrá es una normatividad regulatoria destinada a amortiguar las fluctuaciones especulativas.
Para que sea posible la regulación social y política del capitalismo es necesario confianza y autoridad. Y la confianza y la autoridad son lo que parece faltar en todas partes. La idea de que la autoridad puede velar por el “interés generalizable” retrocede y se impone la desconfianza y el recelo. Esta situación es un legado del neoliberalismo que saboteó cualquier imagen de desprendimiento y diálogo en función del ideal de la imposición exitosa del “individuo”. Por tanto la reforma del “individuo” es la condición de posibilidad de cualquier re fundamentación de la autoridad y de control social sobre el capitalismo.
Estas reflexiones tendrían un tinte muy escéptico de no mediar el triunfo de Obama que significa una ventana de esperanza. De repente surge un hálito de confianza inesperado. Ahora muchas cosas parecen posibles. Quizá hasta la vuelta al keynesianismo y al estado de bienestar. Pero ello está por verse.
Mientras tanto, Europa parece querer replegarse sobre sí. Rechazar el asedio del tercer mundo con políticas de purificación nacionalistas es la respuesta de los políticos que quieren el favor del pueblo atemorizado. Pero Europa con su tradición estatista está mejor preparada que Estados Unidos para una regulación de los mercados.
Y en el Asia la expansión económica no parece tener límite. Abundancia de trabajadores, grandes posibilidades tecnológicas y un estado fuerte se asocian para producir una revolución económica y social sin precedentes en la historia del género humano. Pero queda la incógnita de hasta qué punto la gente aguantará tanta desigualdad.
Y América Latina es arrastrada por estos cambios. Con menor población y muchos recursos naturales se le impone un modelo primario exportador que no resuelve, sino agrava, su débil posicionamiento en el mercado mundial. Sea como fuere la democracia se ha consolidado en el continente. La conciencia de tener derechos, de un lado, y la ilegitimidad de expropiarlos del otro.
II
Y en el Perú la clase política da pena, risa y cólera. Sobre todo risa y cólera. Los programas políticos destapan los escándalos para la delicia de un público que está esperando sentir asco y repulsión pero que también toma las cosas con humor pues la política es el espectáculo más entretenido del país. Se afirma una actitud cínica y escéptica que se pretende lúcida y realista pero que no es consciente de su consecuencia que no es otra que concederse una licencia para transgredir. Si todo el mundo lo hace, empezando por los llamados a dar el ejemplo, entonces por qué solo yo habría de cumplir con la ley. El resultado es el naufragio de la autoridad y el achoramiento social.
La mayor parte de la gente que se identificó con la izquierda, con la idea de un bien público, ahora está en su casa. En este momento son los que tienen hambre de poder los que están en las calles. Y también están en las calles los que reclaman con cólera, desde una vivencia de injusticia, por un lugar vivible en el mundo.
III
El avance de la democratización social es imparable en el país. Hasta la derecha ha tenido que adoptar un semblante demócrata y nacionalista. En este contexto el peligro mayor es el achoramiento colectivo. El predominio de la actitud mafiosa y el desinterés por nuestro destino como colectividad. Los jóvenes no leen los periódicos, los políticos no plantean los problemas de fondo y lo que se hace es poco más que apagar incendios. El alineamiento entre el Apra, el fujimorismo y la derecha económica implica una perspectiva de gobernabilidad que puede ser mejor que el caos pero que no deja de dar pena. ¿Es acaso lo único de lo que somos capaces? En esta vertebración de fuerzas no llega a ser claro lo que significa la figura del primer ministro. ¿Hará alguna diferencia o le limpiará un poco la cara al régimen?
IV
El humalismo no ha cuajado como ideología u organización. Hasta ahora no significa nada nuevo. Caudillismo personalista y promesas vagas para nuclear el descontento. Pero no una movilización social con una dirección y compromiso definidos. El horizonte para el 2011 es pues indefinido.
Pero, pese a todo, la sociedad peruana ha madurado enormemente. En las últimas décadas hemos aprendido que ni la inflación ni la violencia son conducentes. Y, sobre todo, que no hay otro porvenir para el Perú que no sea la democracia. Quizá lo que haya que esperar sea la maduración cívica del pueblo peruano. Cambio moleculares que pasan por las personas pero que a la larga son los más definitivos. Y creo que lo consecuente es no refugiarse en la crítica de los políticos para abdicar del papel que nos toca cumplir en la sociedad.
Gonzalo Portocarrero