Todo el odio del mundo no puede caber dentro de mí. Voy a estallar. Eso pensaba mientras trataba de comunicarse por teléfono con la supervisora de su tesis. Estaba en un momento muerto de su trabajo. Ya no sabía dónde estaba, tampoco de dónde venía, y menos aún, adónde tendría que llegar. Todo se había esfumado. Además, estaba ansioso y cansado. Y, ahora encima, tenía que rendir cuentas de sus avances. Había marcado el número de la universidad y una secretaria le había contestado que espere. Tenía que sujetarse al capricho del azar y al indescifrable mecanismo burocrático. La impaciencia lo desbordaba. Más todavía porque no sabía lo que tendría que decir.

El problema venía de tiempo atrás. Aunque siguiera esforzándose por hacer su tesis todo le parecía remoto y sin interés. Lo que leía y pensaba no se articulaba en una síntesis. Demasiados focos, ningún camino. Pero sobre todo una inmensa rabia. Una rabia que mataba todo. ¿Por qué se había perdido la dirección de su esfuerzo? ¿Por bruto o por pretender demasiado? ¿Y qué cosa sería peor? Le dolía vivir. Así estaba.

Imaginábase muerto. Sentía el mundo como una interminable decepción. Había desaparecido el encanto de su vida. Y, mientras tanto, en la línea telefónica, el silencio continuaba. De pronto la secretaria le dijo que continuara en la espera pues se estaba tratando de localizar a la supervisora.

La impaciencia cedió por un momento. Después de todo morirse no tenía porque ser tan trágico. De repente fuera una liberación. Entonces se le ocurrió que tendría que decirse ¡basta! Hace mucho que pensaba eso. Pero permanecía en la indecisión, mordiéndose los labios, escéptico sin remedio. Pero quizá habría llegado por fin el momento en que fuera capaz de tomar esas demoradas decisiones. Esas ilusiones que seguía acariciando pero a las que no terminaba de hacer caso.

Tenía que hacer hablar a su rabia, tenía que entender su impaciencia. Retorcerles el pescuezo. Entonces, pensó: rabia dime qué quieres. Impaciencia, ahuyéntate. En su estómago sintió la mordedura de la ansiedad. Y en su pecho la anticipación de un estallido. Entonces, reflexionó, lo que quieres decirme es que me muera de una vez, que no hay segundas oportunidades, que todo está perdido. Pero, balbuceante, contraatacó: mañana no tiene porque ser igual que hoy. Y la vida siempre es más grande de lo que tú crees. Y si antes te has ido por qué piensas que hoy te quedarás para siempre. No eres la única verdad. Lo que pasa es que eres bruta y pretenciosa. Quieres todo aquí, en este momento. Allí está tu bronca. Pero por más que te impongas, ya te conozco. Mientes cuando dices que no hay pasado ni futuro. Hasta puedo sospechar que es por algo que estarás hoy tan crecida. No será acaso por qué se está diluyendo tu hechizo sobre mí.

Y con estos pensamientos le nació una cierta tranquilidad. De la misma manera que cuando lograba salir de las fauces de su insomnio para diluirse en ese sueño bendito con su promesa de un nuevo amanecer.

Del otro lado de la línea, la secretaria le habló: no señor, lo siento, no hemos podido ubicar a su asesora. Sintió alivio. Mañana podría darle mejor cuenta de dónde estaba.