Es una gran cosa que Pablo me deje en mi casa. Es una generosidad de su parte. No se lo había pedido. Me evito así la incomodidad de tomar un taxi. No sé muy bien lo que sucede pero el tráfico está muy raro. Los carros se pasan la luz roja y todo el mundo hace lo que quiere pero no hay choques. Al contrario todo fluye con una rapidez que me atemoriza y no llego a entender. De pronto, Pablo me dice que tiene que hacer una escala. No es una buena noticia para mí. Significa tener que esperarlo por dios sabe cuánto tiempo. En fin, habrá que tener paciencia. No queda otra actitud. Felizmente se demora menos de lo que había pensado. Reanudamos el viaje y, finalmente, me deja en la casa de mi tío. No sé porque pero Pablo asume que ese es el lugar donde me tiene que dejar.

La casa de mi tío es grande y hermosa. Siempre me ha sorprendido lo magnífico de sus acabados. La belleza de cada detalle. En la planta baja me topo con mi tío y mi padre. Están juntos, supongo que conversando. Me sorprende verlos pues ambos hace tiempo que han muerto. Mi padre me dice que la casa no está bien, que hay problemas en el segundo y tercer piso. El tono en que me da esta información es de reproche. Es como si yo tuviera la culpa de lo que sucede. Yo sé que no es mi responsabilidad pero me quedo callado. Por un momento me surge la idea de protestar pues me parece injusto que me eche la culpa. Pero no tengo la costumbre de quejarme. Además mi padre está muerto. Entonces ya no tiene sentido reprocharle algo. Constato que la sorpresa inicial de verlo no se ha convertido en un motivo de alegría. En realidad eso de tenerlo de regreso no me acaba de gustar. No obstante, asumo que está aquí y que tengo que ayudarlo.

Subo la escalera y llego al segundo piso. No hay nada raro. Todo está como siempre. Entonces decido ir al tercer piso que es la zona de servicio. Allí tienen sus cuartos las empleadas domésticas. Allí se almacenan también los cachivaches. La escalera que conduce al tercer piso es pequeña. Comienzo a subir y me doy cuenta que hay varios peldaños que faltan. La escalera es intransitable. Este debe ser el problema al que mi padre se refiere, pienso.

El problema sobre pasa mis posibilidades inmediatas de hacer algo. Me quedo pensando ¿por qué mi padre me responsabiliza por algo que no he hecho? ¿Por qué me encomienda solucionar el problema de manera tan malhumorada, cuando sabe que de momento no puedo hacer nada? Y, sobre todo, ¿qué hace mi padre vivo en la casa de mi tío difunto? Por si fuera poco sé que la casa de mi tío, en la que estoy ahora, ha sido derruida hace varios meses para levantar un edificio. Cuando pasé el otro día ví que ya estaba construido el primer piso de la nueva edificación. Entonces me dio pena pues había abrigado la esperanza que los nuevos propietarios, por ser tan bella, no demolieran la casa.

Si pues, todo es muy raro. No sé qué hacer. De repente debería decirle a mi padre: no fastidies, tú estás muerto, ¿para qué regresas si solo molestas? ¿no te das cuenta que es injusto lo que me pides? Pero desisto pues pienso que hacerle saber que está muerto lo puede asustar. Mi deber es cuidarlo y protegerlo. Tendré entonces que aceptar sus críticas y su mal humor. Entonces le diré: no papá, no sabía nada de este problema pero voy a llamar a un albañil y a un carpintero para que arreglen la escalera. Me imagino que está tan molesto porque no puede ser atendido. La empleada y la enfermera se deben haber quedado en el tercer piso y no pueden bajar para cuidarlo. Pese a todo no puedo dejar de preguntarme por qué mi padre me atribuye deberes que no me corresponden. Más todavía cuando siento que en la vida él me ha defraudado pues, la verdad, no creo haberle importado gran cosa. O sea que mi padre sigue esperando de mi lo que él nunca me dio. Y yo no digo nada, me quedo callado. Pero me recorre una cruel amargura pues aún muerto me exige en forma desconsiderada tareas que no me corresponden.

Quizá yo sigo esperando que me diga lo que tantas veces me anunció: si hijito lindo, te quiero mucho; ven y mira dentro de mi caja fuerte, date cuenta que todo este tiempo he estado ahorrando este montón de cariño para ti. Son varios millones de dólares. Cada vez que me desaparecía, en realidad, estaba juntando todo este afecto, esperando que cuando te lo entregara me darías más de ese amor que tanto necesito pero que a veces te guardas. Y lo guardas porque te resientes, porque no confías en mí, porque eres injusto conmigo, porque piensas mal de mí.

Si mi padre me hubiera llegado a decir lo que tanto me anunció, si me hubiera entregado todo ese cariño acumulado, entonces yo le hubiera contestado: mira papá, aunque te lo agradezco, ese cariño congelado no me interesa mucho. Hubiera necesitado ese cariño en el día a día de mi infancia. Esa cantidad de dinero no me va a ser más feliz. Pero entiendo que trates de pagar la deuda que tienes conmigo. Me doy cuenta que esa es tu manera de decirme lo mucho que me quieres. No te le he dicho pero siempre esperé el momento en que dijeras lo que me acabas de decir. Y esas palabras que me has dicho son el conjuro que me libera del resentimiento que te guarde. Si papá, te acepto porque en el fondo nunca dudé de ti. Mira, aquí está, toma el cariño que no te di. Está en este beso, en esta caricia y en estas lágrimas que tenía reservados para ti. Te di lo que te pude. Me estoy refieriendo a esa ternura de niño bueno que no espera recibir para dar. Pero, de todas maneras, estaba esperando esas palabras que me acabas de decir para darte este resto que no es mucho; ahora que se que eres como decías, y como yo esperaba, me siento liberado de un enorme peso. Si, la vida vale más de lo que pensaba.

Pero, pese a haberlo anunciado, mi padre nunca me llegó a decir lo que tanto esperaba. Hubo muchas ocasiones en que pudo hacerlo. En realidad, mi cariño era barato pues yo lo quería sin exigirle nada a cambio. Aunque, eso sí, me mantenía esperando, en silencio, lo prometido. Y mientras esperaba veía que mi padre era muy cariñoso con otras gentes, esas gentes que no eran tan baratas como yo. Para obtener algo de ellas mi padre si tenía que invertir. Entonces les daba a los otros lo que a mí me negaba. Y yo, espera que te espera el momento que tanto se había anunciado. Digamos que a mí me tenía comprado con una promesa que no le preocupa. Y así era mi padre.

¿Y ahora qué podré decirte la próxima vez que te vea?