Es visible la crisis de autoridad en la sociedad peruana. Las leyes no son acatadas o son abiertamente resistidas. La corrupción (principalmente) entre los de arriba y la violencia (principalmente) entre los de abajo compromete la gobernabilidad de la sociedad peruana. Entonces, todo emprendimiento colectivo se vuelve problemático. Se establece como sentido común la idea de que si las autoridades son los primeras en violar las normas que ellas mismas establecen, entonces no hay razón para que los ciudadanos se sientan en el compromiso de cumplirlas.
Esta situación se ha venido agudizando en los últimos años. No obstante tiene una raíz histórica muy profunda. En el mundo colonial existió un déficit de legitimidad. Pero ahora esta situación se ha propagado por todo el país. El hecho es que la legitimidad tradicional, asociada a la dominación étnica y el racismo, no ha sido reemplazada por una legitimidad moderna, burocrático-legal. En otras palabras, estamos dejando de ser siervos pero no somos aún ciudadanos. Vivimos en lo que siguiendo a Agamben podríamos llamar un “estado de excepción”. Una articulación compleja donde coexisten tras la autoridad las figuras del representante y del patrón, y tras los representados, las figuras del ciudadano y del siervo. La herencia colonial sigue reproduciéndose.
Ahora bien, la aceleración de la crisis de autoridad revela que el desvanecimiento de la autoridad tradicional, basada en la relación patrón-siervo, es más rápido que la cristalización de la autoridad moderna, basada en la relación representante-ciudadano. Entonces se abre una brecha, una situación anómica, donde ninguna de las dos funciona eficazmente. Tenemos ciudadanos que no han dejado de ser siervos y representantes que aún son patrones. Y ambos se inculpan mutuamente. Los ciudadanos(siervos) explican su incredulidad frente a la ley como una reacción en contra de autoridades que son, en realidad, patrones encubiertos, gente corrupta que solo busca su propio beneficio. Y, de otro lado, las autoridades(patrones) piensan que los continuos desacatos frente a la ley provienen de la ignorancia de una mayoría acicateada por los que quieren desestabilizar la democracia. Es evidente que en ambas partes hay mucho de razón. Pero finalmente, el hecho es que no hay confianza. En todo caso, las imágenes del otro como patrón corrupto o como pobre ignorante debilitan la autoridad al punto en que medidas plausibles desde la perspectiva del bienestar colectivo son primero impuestas y luego resistidas, de manera que no pueden implementarse. A veces ni siquiera es posible un debate argumentativo.
En los medios de comunicación se alternan ambas imágenes. Los políticos son retratados según el deseo de los ciudadanos(siervos) como esencialmente sinvergüenzas. Los escándalos son celebrados como pruebas de que toda autoridad es obscena y convenida. Pero, de otro lado, los movimientos de resistencia a la autoridad son representados como el desquiciamiento de reivindicaciones justas. Actos de vandalismo que comprometen la gobernabilidad y el desarrollo.
Lo que pretendo proponer es que los ciudadanos (siervos) proyectan en las figuras de autoridad una imagen de patrón despótico que tiene que ver más con el pasado que con el presente. De allí la repulsa unánime, la radical falta de confianza. Y de otro lado ocurre lo mismo con las autoridades(patrones); es decir, proyectan sobre la ciudadanía la imagen del siervo ignorante.
Más específicamente, afirmo que los imaginarios están desfasados respecto a la realidad. Es decir, pese a que hoy no existan más los patrones clásicos, los gamonales, la gente sigue viendo tras la autoridad al patrón despótico de manera que desconfía y resiste. En efecto, el patrón clásico, el señor de vidas y haciendas, el gamonal, ha sido reemplazado por otras figuras que concentran mucho menos poder; como es el caso, típicamente, del jefe carismático. No obstante este cambio en la realidad no ha sido suficientemente internalizado de modo que la gente sigue percibiendo a la autoridad como totalmente insensible respecto a sus aspiraciones. Pero de otro lado muchas autoridades siguen viendo a la gente como siervos ignorantes e irracionales. En todo caso la consecuencia es la desconfianza y la dificultad para dialogar, la intensificación acaso innecesaria de la conflictividad.
Esta ponencia se inspira en el trabajo de Patricia Ruiz Bravo, Eloy Neira y José Luis Rosales, “El orden patronal y su subversión”. En su trabajo de campo en Puno estos autores llegan a una constatación paradójica. Los patrones ya no existen pero la imagen del patrón pervive con una fuerza extraordinaria. “… aunque el patrón como personaje ya no existe, la huella de su presencia es fuerte y marca los imaginarios y las prácticas de los varones y las mujeres de la zona, y no solo de los ancianos… el patrón serrano es rememorado como la encarnación de todo mal. En las entrevistas encontramos dos calificaciones recurrentes; en primer lugar se lo señala como un ser abusivo, como una figura poderosa que gobierna sus dominios sin tener ante sí ningún límite, ningún control. En segundo lugar, se enfatiza el hecho de que no trabaja, que vive del trabajo de los otros. Es decir, un “chupasangre, un parásito”. El poder y la riqueza están asociados con el recuerdo del patrón-varón, pero es un varón que no tiene prestigio, que no es admirado; se trata, más bien, de un varón temido y odiado. El recuerdo de las humillaciones y burlas a las que se vieron sometidas sus antepasados está presente en la memoria actual de los varones y mujeres entrevistados” (p.266)
Para desarrollar esta hipótesis analizaremos un texto literario y los resultados de un grupo de discusión en torno a la pertinencia de la iniciativa que propone que los estudiantes de la universidad nacional que provienen de colegios privados paguen por sus estudios la mitad de la pensión escolar correspondiente al último año de sus estudios.

II
En su novela Camino al Purgatorio, Zein Zorrilla, nos presenta un panorama amplio y denso de la sociedad peruana de raíz andina. Aquella que vive repartida entre la ciudad construida por las migraciones y el campo ya integrado a los flujos comunicativos y económicos de la globalización.
La dinámica identificada por Patricia Ruiz Bravo aparece claramente en el texto de Zein Zorrilla. La novela trata del peregrinaje de Ciro Sotomayor, el dueño de un pequeño taller automotor en Lima, hacia la tierra de su padre, el finado Gamaniel Sotomayor, el gamonal de la hacienda Ingahuasi, convertida después de la reforma agraria en el poblado de Los Angeles. Ciro, y sus hermanos, cortaron hace mucho tiempo la relación con su padre que, inútilmente, se empeñaba en defender su propiedad. La razón del viaje de Ciro es una carta que contiene un llamado del padre. La carta le llega mucho tiempo después de la muerte de su progenitor pero Ciro no lo sabe.
En el camino el vehículo se detiene por un huayco y Ciro tiene que interactuar con los jóvenes del nuevo Ingahuasi; jóvenes que han nacido después de la reforma agraria y que se mueven fluidamente entre el campo y la ciudad. Ciro ha arreglado el tractor que puede despejar el camino al ómnibus donde viaja. En la cantina, que está a la orilla de la carretera, se produce la siguiente situación:
“Un mozo de labios renegridos de coca y ojos encendidos por el licor brota del rincón de la música y descarga sobre el mostrador su mano adornada por anillos de cobre.
-¿Así que este guapo cholo reparó el motor, no? –Se dirige hacia las sombras de donde viene la música-. ¿No tenemos un traguito para el maestro? ¿O va a tomar puro ron? No pues, oy. No sean tacaños. Estos indios lisos no saben lo que es la gratitud.
Ciro conoce el tono burlón. Lo usan los provincianos cuando se parodian a sí mismos. Simulan ser indios llegados a la ciudad, desubican a los criollos y los contraatacan. Es una forma de decir: soy varios hombres a la vez en uno solo y me comportó según la necesidad.” (p.109)
Se instaura entonces un ambiente tenso. Más tarde cuando Ciro pretende invitar y pide el servicio de alguien para que compre el trago, se produce el siguiente diálogo:

“- Invitar, si –dice Ciro- . Ahora me toca
-Entonces compra tu trago. Anda a comprar tu mismo. ¿Por qué tienes que mandar?
- Ciro se humedece los labios.
- Está bien no hay problema. Yo voy a comprar.
- El que quiere invitar, compra su trago. Aquí nadie es peón de nadie. ¿Está claro?…
- Misti maldito… ¿Qué quieres? ¿Mandar también aquí?…
- Perros. Todos familia Sotomayor yo hago polvo. Grande y chico como mala hierba yo arranco”
Es un hecho que los jóvenes no conocen personalmente a Ciro pero de inmediato lo catalogan de misti; entonces de sus entrañas nace un rencor atávico. Ciro representa una realidad que ellos no han vivido pero que odian con toda la fuerza de su ser. Y es que frente al “misti” ellos son otra vez los “siervos”. Los indios que tienen que obedecer. Pero Ciro no pretende ser un “mandón”. Sucede que su presencia evoca en los jóvenes el “fantasma del patrón”, la ira y el resentimiento. Esos jóvenes que “son varias cosas a la vez”, que abandonaron la serranía pero que “aprendieron en la ciudad los usos mestizos y ahora vuelven a lucir su éxito en la fiesta del pueblo” se sienten todavía víctimas del abuso que sufrieron sus padres. Han recibido como legado una “herencia de rabia”.
Más tarde un viejo campesino le explica la situación a Ciro:
“Los padres de esos muchachos eran tus sirvientes, pero ellos ya no lo son. No puedes buscarlos y ordenar.
Yo no ordené
¿Eso crees? Fíjate pues. Yo pasaba de casualidad por allí y vi que ordenabas…Amablemente pero ordenabas…Los padres de esos chicos se rajaron el lomo en Ingahuasi, y también los abuelos. Por ello les eriza recordar aquel tiempo. Y tu apellido se lo ha recordado; tu presencia más aún.
Fue sin querer
Es que mandar está en ti, y ni cuenta te das…”

Ciro no se percibe como un patrón pero no deja de mandar y los jóvenes no se piensan como siervos pero igual odian al patrón. La especificidad del presente está desdibujada por los fantasmas del pasado. Y esos fantasmas impiden un diálogo donde se esclarezca lo nuevo de la situación de hoy. En cierto sentido Ciro ha cambiado más que los jóvenes pero aún así le nace mandar, aunque sea “amablemente”. Los jóvenes viven más atrapados por el pasado. Son muy susceptibles y están cargados de odio. Se sienten con deudas por cobrar. Su orgullo sigue mermado. Dentro de la subjetividad colectiva late la presencia del siervo humillado que quiere arreglar cuentas con lo que ahora es sobre todo un fantasma.
El desfase entre la inexistencia real del patrón pero su presencia imaginaria nos ayuda a comprender el éxito inicial que consiguió Sendero Luminoso en el mundo campesino. Sendero logró audiencia en tanto que convocó a los campesinos a luchar contra los patrones. Pero en el discurso senderista los patrones ya no solo serían los gamonales expropiados, o, en general, la gente abusiva, sino sobre todo el Estado que niega los derechos legítimos de lFa gente pobre. Es decir, el triunfo ideológico de Sendero consistió en que, especialmente los jóvenes, se sintieran como víctimas de autoridades abusivas y depredadoras. Esta primera luna de miel acabó cuando Sendero comenzó a usar a los poblados andinos como fuerza de choque y escenario del conflicto con las Fuerzas Armadas.

III

Sería ingenuo postular que el autoritarismo ha desaparecido de la vida social peruana. El colonialismo y la discriminación siguen hoy vigentes. No obstante, la tesis que pretendo defender es que el mundo subalterno esta presencia está sobre dimensionada. Entonces toda autoridad es resistida, percibida como ilegítima.
Para profundizar esta tesis me referiré a una situación concreta. La iniciativa de la congresista Martha Hildebrandt para que los estudiantes de las universidades nacionales que provienen de colegios privados paguen como pensión la mitad de lo que cancelaban por el mismo concepto en el último año de secundaria.
En un inicio la medida pareció plausible de manera que fue planteada en el pleno del Congreso en la idea de que podría ser rápidamente aprobada. La finalidad era lograr un aumento de los alicaídos presupuestos de las universidades nacionales sin afectar a los estudiantes sin medios económicos. No obstante, en la sociedad civil se generó de inmediato un debate donde la mayoría de los participantes cuestionaron airadamente la pertinencia del proyecto de ley. Los principales protagonistas de este rechazo fueron los estudiantes que no solo no habrían de verse afectados por esta medida sino que podrían beneficiarse gracias a las mejoras que el incremento de fondos haría posible. Finalmente, la Mesa Directiva del Congreso, para evitarse problemas, decidió retirar la iniciativa.
Para identificar las razones por las cuales los estudiantes rechazaban una medida que potencialmente los podría beneficiar, decidí llevar a cabo un grupo de discusión con alumnos de la Universidad Federico Villarreal.

En el grupo se esgrimieron cuatro razones para rechazar la iniciativa.

1.- No hay una ninguna garantía de que los fondos recaudados lleguen efectivamente a las Facultades. Lo más probable es que se queden en el camino pues la corrupción está firmemente enquistada en la universidad.

“el problema más grande que vemos en la universidad es la mala organización y la desestructuración …Si bien nos prometen… mecanismos de apoyo, de inversión,, de mejoramiento a nuestras aulas, nosotros no vemos ese cambio, y si lo vemos es demasiado… teórico. O sea en palabras muchos, pero en hechos, poco”.
“De qué nos va a servir de que inviertan más nuestros compañeros que sean de colegio particular si la aplicación de los fondos no nos va a beneficiar a la larga, porque los problemas de corrupción que tenemos interiormente… todo el mundo sabe eso, todo el mundo sabe que la plata no nos va a llegar. Entonces, si hablamos de que van a invertir en nosotros o sea es como si no lo hicieran en realidad. No podríamos hablar de una ayuda”.
2.- Esforzándose para pasar el examen de ingreso y entrar a la Universidad, el joven adquiere el estatus de “estudiante” que comporta una serie de derechos que el Estado es responsable de hacer efectivos. La condición de estudiante es meritoria pues corresponde a la de alguien esforzado que representa una promesa para el país. Y al Estado le convendría que los estudiantes tuvieran las facilidades para destacar y contribuir al desarrollo. Entonces en vez de pensarse en cobrar pensiones se debería subsidiar los almuerzos o las fotocopias que son dos rubros que significan un esfuerzo notable para la economía familiar.
“… si el Estado pretende que salgan buenos profesionales se debería invertir tanto en lo privado como en lo público. Se debería invertir más en lo público, se debería dar las mismas oportunidades que hay en las universidades privadas, porque me parece que este es un tipo de exclusión, porque tanto en la Católica, en la Pacífico, en la de Lima, hay una infraestructura pero increíble para trabajar, hay una plana de docentes también calificada, tal vez en San Marcos también la hay, pero bueno la realidad de esta universidad es que no tenemos muchas cosas…”
“En realidad la iniciativa de que los estudiantes de colegios particulares paguen es una manera en que el Estado pretende liberarse de la responsabilidad que le toca.”
“El Estado se ha lavado las manos con el cobro de lo que no debería ser. Por ejemplo, también está lo del seguro, que supuestamente es gratis, que tienen que darnos a nosotros. Y nosotros tenemos que pagarlo… Entonces si la educación no viene del Estado, entonces que estamos nosotros haciendo acá”.
“De alguna manera el Estado también debería de ayudarnos en ese sentido, ¿no?, en los textos”
3.- Además, si se decidiera que los estudiantes de colegios particulares pagaran habría que pensar en una serie de filtros para no perjudicarlos. Primero, hay padres que se sacrifican arduamente para poner a sus hijos en colegios particulares, especialmente en los últimos años de secundaria. En realidad las familias de estos jóvenes no están en la capacidad de pagar la universidad. Segundo, sucedería que los estudiantes que vienen de colegios privados ya no estarían incentivados para estudiar en la universidad pública. Entonces se irían a institutos o migrarían fuera del país porque la universidad les saldría muy cara. Tercero, muchas veces las situaciones económicas varían y de repente una familia que ayer tuvo, hoy ya no tiene, de manera que el joven no podría estudiar. Cuarto, y finalmente, crear un sistema de filtrado, que pueda identificar todas estas excepciones razonables, sería más caro de lo que sería el ingreso recolectado.
Mi realidad es yo toda mi vida he estudiado en un colegio estatal, y a partir de segundo de año secundaria me inscribieron en la Trilce, en un colegio pre-universitario, pero sin embargo, mi realidad… la realidad de mi casa no era una realidad muy cómoda. Mi papá es taxista y mi mamá es profesora cesante. Mis papás hacían un gran esfuerzo y a veces habían meses en los que no podíamos pagar la mensualidad del colegio y bueno siempre habían esos problemas para la lista de útiles y todas esas cosas.
“Esa ley le quita el incentivo a la gente que quiere estudiar en universidades nacionales pero que viene de colegios privados, ¿por qué? … entonces, qué sale más práctico… para qué vas a ir a la universidad si puedes ir a un centro de formación técnica, a un instituto, hacer tres años… o irte fuera del Perú, ¿no?, a trabajar migrante, ¿no? Porque eso es bastante de lo que he escuchado con… con mis amigos, ¿no?”
“Entonces, es muy trabajoso poder definir cómo poder filtrar, insisto, como poder filtrar esos alumnos”
4.- El proyecto de ley ha sido la iniciativa de la congresista Martha Hildebrandt quien por su apoyo al gobierno de Fujimori no tiene autoridad moral. Además ella se ha aprovechado de la gratuidad de la educación pública que ella quiere abolir. Ha generado un debate innecesario. Más importante sería discutir el cumplimiento de los derechos laborales.
“Una sanmarquina que gozó de todos los beneficios, porque ella es sanmarquina y que una vez egresada, después de haber gozado todo (…), se raja los vestidos y pelea contra viento y marea para hacer cumplir un artículo donde genera un montón de debate”
“Entonces, porqué ella se raja los vestidos por querer hacer cumplir una ley que es la de la educación en este caso, cuando unos artículos más abajo está la ley sobre los derechos laborales”.
En resumen: los estudiantes no ven forma en que el decreto los beneficie. En realidad no tiene sentido discutir el tema. Quien lo propone no tiene autoridad moral, es una persona que no quiere dar a los otros lo que ella si recibió. Habría que filtrar los casos de los estudiantes que no pueden pagar, que son presumiblemente la mayoría. Entonces, no se obtendría mucho dinero. Y, finalmente, ese dinero sería apropiado por los administradores corruptos de la universidad. En conclusión, el proyecto es un intento del Estado por incumplir con sus deberes, desconociendo los méritos y las necesidades de los estudiantes.
En la conciencia de los estudiantes la idea de tener derechos, que el Estado debe solventar, no se ampara en pagar impuestos, sino en la realidad de necesitar y, de otro lado, en el tener la meritoria voluntad de progresar. Esta buena voluntad se evidencia en los buenos rendimientos y en la seriedad con que se toman los estudios. Entonces el Estado tiene el deber de ayudar a quien hoy se ayudan a sí mismos pues ellos serán los que mañana más tarde ayudarán a los demás. Pero la autoridad no cumple con lo que debe porque es inmoral y corrupta. En síntesis la (buena) conciencia de tener derechos descansa en la idea de tener necesidades que cubrir y de desarrollar méritos que anuncian una productividad, una contribución al desarrollo del país.
No obstante, las razones explícitas de los estudiantes no parecen convincentes. De hecho los que necesitan y se esfuerzan no tendrían nada que temer de la iniciativa de la congresista Hildebrandt. Entonces, lo más probable es que su oposición se base en la suspicacia de que la supresión parcial de la gratuidad sea el primer antecedente de una eliminación total. Es decir, que roto el principio, mañana más tarde a ellos se les exija un pago que no podrían sufragar y que los pondría fuera de la universidad. Habría que protegerse de las malas intenciones de las autoridades.
El miedo se fundamenta en una visión muy negativa de la autoridad. Las autoridades son convenidas y engañan. No ofrecen garantías. Sólo se preocupan de sus propios intereses. No representan a los ciudadanos, no velan por sus derechos.
Para los estudiantes, las leyes y las instituciones están por encima de las autoridades realmente existentes. La ley, por ejemplo, dispone un apoyo a la educación que en la realidad no se cumple. Entonces, el problema estaría más en las personas que en las leyes. Sea como fuere los derechos reconocidos no se cumplen.
Es claro entonces que para los estudiantes la ley y la razón pertenecen a los que no teniendo, quieren progresar y se esfuerzan para lograrlo. Pero la ley y la razón no se hacen válidas por la corrupción y la incompetencia de las autoridades.
Las autoridades realmente existentes no son legítimas porque su acción no apunta al cumplimiento de las leyes y derechos de la gente sino sobre todo a su beneficio personal. Es decir, ellos no son lo que se pretenden. Su investidura legal es solo una mascarada. Detrás del Congresista de la República, o del Rector Universitario, están, en realidad, las viejas figuras del cacique o patrón. Los mandones que manipulan para llevarse la parte del león. Son abusivos y no respetan la misma ley que los autoriza.
Desde la perspectiva de los estudiantes el velo de legalidad que tienen las autoridades apenas oculta su entraña depredadora y salvaje. No en vano se ha consagrado la expresión “otorongo” para referirse a los congresistas. Los “otorongos” son carnívoros feroces que devoran a los animales más débiles pero que se protegen entre sí, pues como se dice “otorongo no come otorongo”.
IV
El fantasma del patrón está presente en las mentalidades colectivas de gente que no se acaba de sentir ciudadana. Es decir el fantasma del patrón oculta otro fantasma, el del siervo. En efecto, llegamos a esta conclusión si nos hacemos el siguiente razonamiento: si el otro es, en verdad, un patrón sin ley que usurpa una figura de autoridad que no merece, entonces: ¿quién soy yo? La respuesta es clara: la víctima (potencial) del abuso, el débil a quien se lo pueden almorzar en cualquier momento. De allí la necesidad de luchar contra las “falsas” autoridades. Existe pues un círculo vicioso: si nos vemos como víctimas el otro tendrá que ser el déspota y si percibimos al otro como déspota, entonces nosotros seremos sus víctimas. En cualquier caso tenemos una desconfianza profunda.
Este análisis puede ser profundizado con la ayuda del concepto de paranoia. Freud nos dice que la paranoia es una narrativa delirante que proyecta en el mundo exterior una representación insoportable para el yo. Entonces para el paranoico el temor que lo asedia no proviene tanto de sí mismo si no que tiene una razón objetiva en la realidad. Se trata de la mala intención de alguna gente que complota para perjudicarlo. Entonces el paranoico acusa al otro sin permitir que se defienda. Cultiva una hermeneútica de la sospecha pues el otro por principio no puede ser inocente. La paranoia es un mecanismo de defensa que implica una atenuación del principio de realidad. Ocurre que más decisiva que la “verdad objetiva”, resulta la “verdad subjetiva”, la que articula la proyección de deseos y temores con hechos reales. El otro es el culpable de todo lo que resulta intolerable dentro de mí. Es así, por ejemplo, que muchos piensan que el Perú permanece en la pobreza y no puede desarrollarse por la acción depredadora de las empresas extranjeras y los empresarios vende patria. O, más radicalmente, algunos jóvenes en Ayacucho imaginan que muchos de los crímenes atribuidos a Sendero Luminoso fueron, en realidad, cometidos por la CIA, la agencia norteamericana de inteligencia. El paranoico está predispuesto a pensarse como una víctima de fuerzas maléficas. Le correspondería por tanto ser desconfiado y agresivo; su tarea es defenderse de los complots y asechanzas de los malvados. Desde luego que hay grados de paranoia: desde la que puede tener cualquier persona en algún momento de duda e incertidumbre hasta aquella que se hace permanente y que se fundamenta en el delirio de ser perseguido por un otro demonizado.
Entonces la pregunta tiene que ser: ¿cuál es la fantasía interna que proyectan los estudiantes sobre las autoridades? Y la respuesta no puede ser otra que el complejo agresor-víctima. Es decir, al momento de atribuir a la autoridad un carácter maléfico lo que se hace, en realidad, es proyectar algo que resulta insoportable, me refiero, naturalmente, al temor de ser una víctima impotente y al deseo de ser un patrón todopoderoso.
Desarrollar esta hipótesis supone contestar una serie de preguntas: ¿por qué las figuras del agresor y víctima son complementarias, por qué están unidas en un complejo? ¿Por qué este complejo estaría presente en el mundo interior de los estudiantes? Y, finalmente, ¿por qué sería proyectado hacia las figuras de autoridad?
Para responder a estas preguntas es necesario referirse a la historia del Perú y, más en concreto, a la experiencia tanto de los grupos subalternos como de los grupos dominantes. En efecto lo que ahora puede considerarse como una actitud de base paranoica surge del rechazo de la condición servil en circunstancias en las que la condición ciudadana no está aún afirmada. Es decir, la tendencia paranoica es propia de un estado de transición en el que coexisten las figuras simétricas del siervo y del patrón con las figuras, también simétricas, del ciudadano y la autoridad burocrático legal. Ahora bien la transición no es sólo una coyuntura subjetiva, de cambio en el imaginario colectivo, sino que es también una realidad objetiva. Es decir, detrás de la autoridad está (aún) el patrón y detrás del ciudadano está (aún) el siervo. No obstante si tiene algún sentido hablar de una tendencia paranoica es porque el cambio en los imaginarios es más lento que el que ocurre en las relaciones sociales cotidianas.
Bien se entiende entonces el profundo descrédito de las figuras de autoridad en el Perú. Y en la base de esta situación está la fuerza de la “verdad subjetiva”. Sea como fuere el descrédito de la autoridad se deja ver en el goce con que la prensa denuncia la actitud de los congresistas. Y, sobre todo, en la manera en que el público recibe las noticias. Cada vez que se denuncia un escándalo se corrobora la imagen de la política como el reino del cinismo y la inmundicia. Los “destapes” podrán indignar pero también despiertan una gran satisfacción en la ciudadanía pues, otra vez, se confirma que todos son unos sinvergüenzas. Lo que no se suele ver es que esta tendencia a pensar lo peor de los hombres públicos lleva a legitimar la transgresión. Se desprende de esta imagen tan negativa una actitud escéptica frente a la ley. Si ellos, lo que hacen la ley, y que deberían estar llamados a ser un ejemplo, son, en realidad, los primeros en evadirla, entonces porque habría uno de perjudicarse cumpliendo con la ley. No hay autoridad moral.