El dolor de no ser Dios

El símbolo terreno de Dios es el falo. El pene erecto lleno de deseo. La sensación de omnipotencia asociada a la expectativa de tener un placer supremo. Pero, claro, la conversión del pene en falo no dura mucho. La potencia se desvanece. Entonces se fantasea con la posibilidad de una erección indefinida que permita la posesión de todas las mujeres. El adolescente sueña que en el planeta murieron todos los hombres y quedamos solamente yo y las mujeres. Y el equivalente femenino es el príncipe azul que entre todas me preferirá a mí.
Todos queremos tener el falo. Así en singular, porque, en realidad, hay solamente uno. Para que yo lo tenga debo derrotar a los demás hombres que también lo quieren. En ese paraíso solo hay un falo y una multitud de ellas que quieren al hombre que lo tiene. Podrían haber otros hombres pero tendrían que estar castrados, vencidos; serían mis sirvientes y guardarían mi harem.

Nuestras madres nos educan para que pretendamos tener el falo. Somos lindos porque somos los mejores. Y ese cariño nos compromete a conquistar el mundo. Respondemos al llamado: si, prometo que voy a ganar. Pondré el mundo a tus pies y tú me adorarás, madre.
Empieza la carrera por apropiarse del falo. Van quedando atrás los débiles, los que no fueron queridos por sus madres. Y también aquellos a quienes se les quiso evitar el dolor de tanta exigencia. Van delante los más audaces y decididos. Mejor muerto que castrado se dicen los que quieren ser los líderes, los que son mirados por las muchachas, los que pretenden ser los mejores.

Mis amigos son también mis adversarios. Y esta mujer que está ahora conmigo es solo un eslabón en la cadena de conquistas. Y ella lo sabe aunque pretenda negarlo.

Yo me quedé atrás en la carrera. Soñando, quizá, en la posibilidad de vencer gracias a una final atropellada. Esos ganadores del momento no son corredores de fondo, me decía. Se desgastan rápido porque sus triunfos precoces les hacen bajar la guardia. Y lo que vale es la perseverancia en la entrega total a la carrera.

Pero entonces lo mío ya no será tener ese falo, el que resulta de vencer a los hombres para ganar la admiración de las mujeres. Aspiro a otro falo, aquel reservado como premio para los que perdimos la primera competencia. Es decir, para la gran mayoría. El otro falo es mucho más grande como también es más ardua la lucha por conseguirlo. Tiene distintos nombres: dinero, poder, gloria. Subyuga a hombres y mujeres. Significa estar en ese centro adonde convergen los deseos.

Todo ello está muy dentro de nosotros porque allí fue sembrado. Al mismo tiempo que se nos llamó para ser caballeros cumplidores de la ley también se nos convocó para ser los mejores. El esfuerzo titánico de rechazar cualquier límite se alimenta del deseo de ser deseado, a cualquier precio. Si, queremos ser dioses.

Entonces, ¿qué? ¿Ser un dios-caballero? El modelo del dios caballero es Jesús. Ocultó su omnipotencia real y se sacrificó para ser amado por tod@s. Renunció al falo. Y pretendió que tod@s hiciéramos lo mismo. Su ejemplo nos llama a pensar que aun cuando fuéramos omnipotentes, lo que en verdad nos hace valiosos es el amor de los otros. Y solo abdicando del reclamo de grandeza es que podemos amar.

Mucho sufrió Jesús. En la cruz se vio tentado a rechazar su sacrificio. Pero finalmente lo aceptó. Y al hacerlo nos dijo que las criaturas humanas tendríamos que dejar de desvivirnos por ser dioses porque ya lo somos. Pero lo somos a condición de sacrificar nuestra (imaginaria) omnipotencia. Qué curioso: para ser lo que deseamos (dioses) necesitamos renunciar a lo que quisiéramos tener. Jesús abre un camino. Mejor que tener el falo, lo que es imposible, es renunciar a él, creyendo, sin embargo, que lo tenemos. La única forma de reconciliarnos con nuestros límites es el amor con el otro. La comunidad cristiana comprende a gente se identifica con Jesús en el rechazo voluntario a la imposible omnipotencia. Gente que se ha dejado de pensar como corriendo tras el falo, que han renunciado a ser amos y señores de la creación. Este sacrificio es la “pasión” de la vida. Una herida que no se cura.