La cumbre de la montaña está rodeada de nubes y es tan alta y lejana que ni siquiera llego a divisarla. Pero supongo que allí tiene que estar. Soy muy pequeño y estoy fatigado. Pero la idea de trepar hasta la cima no me deja pensar en otra cosa, aún cuando sepa que si llegara a hacerlo, nada cambiaría. Seguro que otra cima aparecerá en el horizonte, y es probable que más alta. Pero tampoco es una solución quedarme aquí, dando vueltas, pues me aburro e impaciento. Mirar hacia cumbre que no lllego a ver es una salida, un consuelo. Pero me duele y me abruma lo desmedido de su altura. En realidad, no sé si pueda llegar hasta allí pero tampoco puedo dejar de intentarlo. Parece que mi vida ha sido siempre así. No sé si quiero hacer las cosas que hago. En realidad no termino de saber lo que quiero. Y mucha gente me dice que sí, que soy una buena persona, que no hay muchos que tengan ese sentido del deber y esa generosidad que dicen que se despliega en mis obras. Y yo, desde luego, agradezco esos cumplidos. Pero estoy seguro que a muy pocos les importará mi muerte. Y esa es la ley de la vida. Unos se van, y otros nos vamos quedando para partir luego.
Estoy frente a la cumbre. Soy pequeño y débil. Pero no tengo otra cosa que hacer. Entonces, decidido, comienzo a trepar la falda de la montaña. No hay un mapa, no tengo un camino. Enroscado en mi cintura tengo un látigo, es corto y termina en tres puntas. Es mi viejo amigo. A poco de iniciar mi ascenso estoy perdido. Los primeros pasos fueron seguros pero ahora estoy detenido. La pendiente es más inclinada y no encuentro un sendero. Comienzo a dudar del valor de mi esfuerzo. De repente éste podría ser un buen lugar para morir. Pero, no, ahora tendré que usar el látigo. Lo desenrollo y me aplico tres buenos golpes en mi espalda. Mientras tanto me digo: no soy nada y esa cumbre es mi único destino. Entonces, algo se agita dentro de mí y mi desánimo se compacta en un propósito insensato. Iré más lejos aunque no sé si llegaré. Y así se van alternando los momentos de agilidad, en los que el ascenso parece indetenible, con otros momentos donde me encuentro sin rumbo cuando ni siquiera sé lo que estoy esperando. Pero para eso está mi viejo amigo.
He estado trepando esta montaña varios meses. Ahora, por fin, puedo ver los contornos de su cumbre. Es un pico nevado y puntiagudo. Es bello. Pero ahora, que ya sé adónde tengo que llegar, dudo en continuar. ¿Para qué habría de seguir si ya logré ver la meta de mi esfuerzo? ¿Solo por la pretensión de mostrar las fotos de ese gran panorama que, a estas alturas, se abre a mis espaldas? Si, no hay duda, el panorama que registro es bello y eso me consuela. Pero, me pregunto, ¿podré compartirlo? Después de dudar, me quedo con la idea de que puede haber alguien por allí a quien esas fotos puedan decirle algo.
Estoy en la cúspide. Aquí es difícil respirar. No hay huellas de alguna presencia humana. Es probable que yo sea el primero en llegar a esta cumbre. Pero aquí no me puedo quedar sino unos pocos minutos. Felizmente el descenso es más fácil aunque sea más triste. En todo caso ya aparecerán otras cumbres.

Estimado Amigo:
He leído su relato con una mezcla de admiración y pena. Me queda claro que Ud. se empeña en esfuerzos descomunales pues considera que son la única manera de ponerse a salvo del mortal aburrimiento. Entonces entre el gusto por lo que hace y el flagelo cuando flaquea, Ud. logra perseverar en una vida con pocas satisfacciones y demasiados desafíos.
Sacúdase de esa impronta trágica que lo persigue. Sépase estar sin hacer. Aprenda a perder el tiempo, a matar el rato, sin culpas ni remordimientos. Nadie lo persigue y lo que Ud. hace tampoco sirve de gran cosa. Entonces para qué tanto tormento. Tiré el látigo. Hable tonterías. No se crea nada especial. Júntese con las personas que lo quieren. Satisfaga esa sed de infinito con unas cervezas. Haga reír a los demás. Su primera tarea es salvarse a sí mismo.