Algo cambió en mí. Resulta que siempre había despreciado los sentimientos de nostalgia. Me parecían propios de quien, hundido en la complacencia, ha renunciado al futuro. Para mí la nostalgia era una mistificación del pasado, facilista y melosa; me daba asco. Pero siempre sospeché que en mi actitud había algo más pues también presentía que mi fobia a la nostalgia era consecuencia de que yo mismo no tuviera ninguno paraíso perdido donde replegarme. Entonces igual sentía una oscura envidia por aquellos que son capaces de embellecer el pasado, de construir un recuerdo mejor que el momento original. Pero de esa envidia que no podía confesarme solo ahora me doy cuenta. Pero pese a todo, y de cualquier manera, la nostalgia venía hacia mí. Y lo hacía bajo una forma inaceptable y vergonzante. Era la añoranza por lo que nunca fue pero que en algún momento imaginé como algo que la vida me debía. Los anhelos no realizados se metían de contrabando entre mis pensamientos. Y el resultado era una dulzura triste que rechazaba pero que volvía. No, no había nada rescatable en mi vida. Ni siquiera los sueños mutilados. Yo era un condenado que luchaba por mi liberación. Y si algo bueno podría pasar en mi vida ello ocurriría en un futuro en el que no terminaba de creer pero por el cual estaba dispuesto a morir.
Lo extraño del caso es que si recordaba momentos de mucha plenitud en mi infancia. Pero, aunque fijados en mi memoria, esos momentos no formaban parte de mi narrativa personal pues estaba convencido que la sustancia de mi drama era la recurrencia de la frustración de todos mis deseos. Entonces esos momentos de plenitud eran como recuerdos de otra persona. Excepciones inexplicables, hechos insignificantes.
Mi impostación era pues trágica. Enfermo de infinito, me concebía como el héroe sin pasado que se abalanza sobre un futuro que sabe que nunca va a ser. Alguien que se consuela con la buena conciencia de estar haciendo todo lo que puede. Esa era la figura con la que me identifiqué. Pero en medio de mis afanes desmedidos siempre me preguntaba porque rechazaba mis recuerdos felices para quedarme solo con lo que nunca fue.
Bueno, esta actitud ha comenzado a cambiar. Advierto la sabiduría que hay en la fabricación de la nostalgia. Más todavía si la nostalgia es la brújula que orienta la búsqueda del futuro. Cuando entramos en el trance nostálgico revivimos lo que debió ser como si realmente hubiera sido. Entonces, lo que tenemos es dolor por lo ido pero también consuelo porque eso nos pertenece, está aún dentro nuestro. Creo que no podríamos imaginar una buena vida para el futuro sino recordamos la felicidad del pasado.
“Mi patria es mi infancia” dice R.M. Rilke. Esa patria es inmensa, tiene regiones desconocidas o negadas, y no es sencillo adoptarla como nuestra. Allí están los senderos que conducen a distintos futuros. Y si ya tomamos uno cuya dirección nos condujo a un lugar que no nos gusta, resulta que siempre es posible volver atrás para tomar otro sendero. Y solo la nostalgia nos abre las puertas del recuerdo…
Desde hace un buen tiempo se me ha ocurrido decir que he tenido suerte en la vida. Afirmación temeraria que debe provenir de un futuro enraizado en mi infancia pero que me debe estar orientando a un presente más reconciliado.