Otra vez tengo 30 años. Y estoy en la cocina de mi casa que es un ambiente amplio. Cerca de mí, mirando por la ventana, dándome la espalda, está mi mujer. Es curioso pero no recuerdo su rostro. Nuestro hijo menor reposa sobre su hombro izquierdo. Al ver su cara, me siento regalado por la vida. Y cerca también está mi hijo mayor que tiene un poco más de cuatro años. Al mirar a mis hijos pienso que de repente no son míos pues no me acuerdo de haber el hecho el amor con su madre. Además me parecen excesivamente blancos, dado mi color. Pero eso no me importa porque lo que es claro es que me deslizaré en sus corazones. Y no tengo dudas porque no puede ser de otra menra. ¡Qué seguridad tan rara me acompaña ahora! Mi hijo me comienza a hablar en inglés. Lo siento un poco exigente, y le respondo, con un poco de miedo, en el mismo idioma. Siento un poco de vergüenza por mi pronunciación tan cargada por mi acento latino. Pero no hay obstáculos para la fluidez de mi cariño. Si hijito, me das esa felicidad que tu vives sin conciencia de tenerla. Y, entonces, me pregunto ¿cómo será mi mujer? De repente, ella se voltea y constato que es como tenía que ser: morena y hermosa. Ella me sonríe mientras acaricia a nuestro hijo. Y, si, estoy realmente conmovido. No había pensado que todo esto pudiera suceder pero, para decir toda la verdad, tampoco es que lo hubiera descartado. Entonces, me doy cuenta de no podría decir donde estaba antes de que llegara aquí. ¿Será que finalmente estoy en mi destino?