Felizmente ya estoy muerto. Pero no saber la causa de mi muerte me hace pensar. Y para hallar una respuesta, tengo una valiosa información. Resulta que al poco tiempo de estar como ahora estoy, es decir, sin hablar con nadie y en una distante lejanía, logré escuchar a un amigo que decía que una inmensa avalancha había cubierto nuestra ciudad. Todos estábamos sepultados. Ya nadie podría hablar con nadie. Éramos sólo restos o fantasmas extraviados. Me pareció muy raro eso que escuché. Pero me dejo pensando pues me hacía bastante sentido. En realidad hacía mucho que no conversaba con nadie, sólo oía ruidos y repetía palabras. Entonces, me dije, ¡tengo que aceptar que estoy muerto! Pero, otra vez, lo extraño del caso es que por más muerto que me sintiera no podía dejar de pensar. Y, ahora, incluso escribo. ¡Amigos! todo esto es muy distinto y muy raro. No hallo un camino. Me pregunto cómo pude oír las leves palabras de mi amigo cuando tiempo antes no escuché el estruendo de la avalancha. Quisiera saber cómo llegue adonde estoy. Ser un muerto que piensa no es algo fácil de entender, ¿no? A este asunto le doy muchas vueltas pero aún no llego a convencerme de una respuesta. Toda mi vida fui miedoso e indeciso, siempre me encontraba con muchas, demasiadas, preguntas, y no tenía respuestas. Y, ahora, examinado el problema, una y otra vez, se me ocurren solo dos soluciones. La primera es que durante la avalancha estuviera profundamente dormido, de modo que sin darme cuenta pasé a mejor vida. Podría ser…, si, pero, entonces ¿cómo pude haber escuchado a ese amigo?, y , sobre todo, ¿qué hago acá? La segunda solución es que no estoy tan totalmente muerto. Entonces solo bastaría que me llamen para despertar. Pero no veo más que sombras y no escucho a nadie. ¿Habrá otro sobreviviente por allí? Amigo, comunícate conmigo.