La lengua de los argentinos

Los argentinos, específicamente los porteños, suelen sorprender con su manera de hablar. Seguros y enfáticos, pero también, y sobre todo, necesitados de confirmación. Y cuando no la encuentran, la dan por supuesta. Así son de contradictorios. Dada esta situación los vínculos que establecen entre ellos están marcados por la búsqueda de un reconocimiento (¿mutuo?) que resulta difícil de lograr.
Esta apreciación es una síntesis intuitiva que nace de la escucha en calles y cafés. Pero creo que se podría llegar a lo mismo con un análisis más detenido.
Empecemos por rescatar algunas frases oídas o leídas.
Tenés un cigarrillo,
Reservá tus entradas,
Adelantá tus compras,
Si manejás no te excedas.
¿Querés disfrutar la vida hoy?

Se trata de enunciaciones que se sitúan en el plano yo-tú, en el campo de la comunicación inmediata. Es decir, en la oralidad y su simulación escrita. Estas enunciaciones ordenan, sugieren o interrogan. En todo caso suponen:

Una transgresión de la norma del castellano estándar, una transgresión que es colectiva, que crea un nosotros, “los que hablamos así…” Este transgredir, o quizá sería mejor decir, este ignorar la norma y crear otra, vale solo para el lenguaje hablado pues en la escritura se suele emplear la versión oficial. Lo que significa que en la escuela, en las clases de castellano, los niños aprenden “tú tienes” pero en el hogar, y en la calle, se acostumbran al uso de “tu tenés”. Se configura una situación de diglosia. Se usan diferentes formas de expresarse según la ocasión. Se separa lo formal de lo amical.

Desde el punto de vista fonético ocurre que en el hablar porteño el énfasis suele trasladarse a la última sílaba. En vez de “manejas”, manejás El cambio del acento a la última sílaba alarga la emisión del sonido (manejáas) de manera de sostener al hablante más tiempo en la posición activa de enunciador. La transgresión lleva implícito pues un reclamo de protagonismo. El hablante se apropia de la palabra de una manera que excede a lo convenido en la norma válida en otras comunidades castellano parlantes. Es claro que el “yo” reclama como derecho consagrado el ser oído. La vigencia de este reclamo implica inmovilizar al oyente en la escucha y en el papel de quien está llamado a comprender, y a vivir a través del otro. A ser el espejo de su imagen. Es evidente que en este contexto la posición de mayor prestigio es la del hablante. También es claro que al hablante no le gusta tanto ser oyente. Entonces en la medida en que (casi) todos los argentinos son “hablantes netos”, o pretenden serlo, ocurre la superposición de los enunciados. Es decir, hablan a la vez. Hay hablantes pero no hay oyentes. En todo caso hay muchos “oyentes” pagados, los analistas. Por tanto la comunicación está interferida por una competencia por hablar, por tratar de hacerse oír. Pero este tratar es infructuoso pues esa persona silenciada por la vehemencia del hablante difícilmente escuchará. En síntesis, en el alargamiento de los vocablos, por el cambio del acento hacia la última sílaba, se pone en acto una pretensión de imperio, una necesidad de expresión, que implica tener por más tiempo la palabra. Lo que comunica ese exceso en el uso de la palabra es “aquí estoy yo”. Lo decisivo del caso es que la sociedad avala la pretensión desmesurada de ser centro de atención. Hecho que genera problemas de comunicación entre personas que no se deben obediencia o admiración. En todo caso la idea es ser más seductor que impositivo.

En efecto, ese protagonismo del hablante pretende quiere ser simpático, quiere encantar, construir una familiaridad con un oyente idealmente embelesado. En principio no se trataría de imponer. Lo que se desea es sugerir en vez de ordenar. Manejaá con cuidado. No obstante acá encontramos una tensión. En efecto, el hablante supone que su reclamo de protagonismo no tiene porque ser mal recibido dado que su enunciación estaría depurada de lo imperativo, que se daría desde la gratuidad de la sugerencia; pero el problema está en que se impone, en que se da por supuesto, un pacto de intimidad con un oyente a quien no se le da oportunidad de rechazar o aceptar el arreglo. Es decir el hablante da por supuesto una actitud que el oyente no tiene porque tener. En realidad la manera en que la enunciación será recibida depende en mucho del oyente y sus (in)justificados prejuicios sobre el hablante.

II

En el mundo castellano-parlante circula el siguiente chiste sobre los argentinos: “¿cuál es la forma más fácil de multiplicar tu dinero? Comprar un argentino por lo que vale y venderlo por lo que él dice que vale.” La humorada condensa un prejuicio muy vigente sobre los argentinos (porteños). Son arrogantes y creídos, siempre pretenden imponerse. Resultan pues antipáticos e insufribles. No tienen en cuenta a sus interlocutores aunque los necesiten para validarse a sí mismos. Es evidente que esta visión tan crítica coexiste con sentimientos de admiración por los innumerables logros de Argentina. La misma seguridad personal de los argentinos, esa fuerza que se hace valer en el empuje de su futbol… por ejemplo.

En una sociedad como el Perú el uso del lenguaje es más convencional, apegado a la norma. En el mundo criollo hay un ideal de pureza, el “habla culta”, que supone un buscar diferenciarse del castellano “motoso” del mundo andino. El apego a la norma es entonces síntoma de un elitismo jerarquizador. Las madres de la clase media corrigen a sus hijos la pronunciación, la gramática y la sintaxis pues de otra manera podrían ser “confundidos”. Si a alguien se le “escapa” un “hayga” (¡Ojalá que hayga tiempo! ) ese alguien puede quedar (¿sutilmente?) excomulgado del número de la gente respetable. Pero la situación es más complicada pues en la comunicación oral en el Perú no está tan presente la urgencia de un reconocimiento como ocurre en el caso de Argentina. En el Perú la gente sabe más cuál es su lugar de manera que no es necesario hacerlo evidente o construirlo en el momento mismo del diálogo. Maruja Barrig dice que en el Perú hay un 10% de la población que habla de tu al 90% pero que se sentiría ofendida si ese 90% no devolviera ese tu con un Usted. Las cosas son más complicadas pero el aserto es preciso.

En todo caso es claro que en un diálogo, donde la diferencia y la jerarquía están claramente determinadas, no cabe ese exhibicionismo tan propio del hablante del castellano en Argentina. Desde la Argentina los peruanos somos estereotipados tradicionalmente como apocados e inseguros. Lo que tiene bastante de cierto. En cualquier forma resulta que la desigualdad en la comunicación entre los peruanos se vincula con su inseguridad como miembros de una colectividad. Aún los peruanos de origen más aristocrático carecen del aplomo (¿excesivo?) de los argentinos porteños. Y entre estos últimos se rechaza la mayor vigencia de la democracia mediante estrategias empleadas por los hablantes por medio de las que tratan de construir performativamente su superioridad. Lo que resulta en las consiguientes dificultades de comunicación. Es como si entre los porteños hubiera aún la necesidad de una jerarquía pero es como si esta solo pudiera establecerse en la propia comunicación pues no está definida de antemano como si ocurre en el Perú donde las diferencias físicas y gestuales encasillan a las personas. Llegamos entonces a la conclusión de que esta necesidad de protagonismo de los porteños revela una debilidad del sentimiento ciudadano.

Estamos todavía ante una sociedad post-colonial. Mucho más democrática que la peruana pero todavía lejos de la pauta de “desatención cortés” que caracteriza a las sociedades de mayor raigambre ciudadana. En forma esquemática tendríamos tres situaciones: a) En la comunicación entre desiguales no es necesario mostrar nada pues ya todo está dicho. b) Si la comunicación ocurre entre gentes que se conciben como iguales entonces se impone el “respeto frío”; en todo caso hablantes y oyentes construyen una socialidad que se basa en pacto explícitos. c) Finalmente tendríamos el caso argentino donde persiste el ideal de desigualdad pero no hay manera cierta de dar por establecida una jerarquía; entonces en la propia comunicación se performa la anhelada superioridad sobre el interlocutor.