La gloria del hombre es la agonía de la mujer
(en colaboración con Alex Hibbett)
En su cuento, El retrato oval, Edgar Allan Poe narra la historia de un caballero malherido que llega a un castillo recientemente abandonado. El caballero y su ayudante deciden instalarse en una de las habitaciones pequeñas del edificio. El ambiente está lujosamente ornamentado con valiosos cuadros y trofeos heráldicos. Pese a que el criado se duerme, el señor no concilia el sueño y se dedica a contemplar los lienzos. Alternativamente, lee un pequeño volumen que trata precisamente de las circunstancias en que fueron pintados los cuadros. Ya es de noche y para facilitar la lectura del folleto, decide acercar el candelabro. Ahora la luz ilumina un rincón donde se hace visible un cuadro donde se retrata a una joven mujer. La reacción del caballero es de estupor. Le resulta difícil confrontarse con tanta belleza. Entonces, cierra los ojos buscando “ganar tiempo y recapacitar”. En el segundo intento, logra contemplar a la joven largamente. Entonces, de manera ansiosa, busca en el texto la historia del cuadro.
El folleto refiere la historia de un pintor y de su joven esposa, una joven de belleza exquisita. El pintor “había puesto en el arte sus amores”. En cambio ella veía en el arte su rival, la actividad con la que tenía que competir por ganar su atención. En algún momento al pintor se le ocurre retratar a su bella esposa. La joven no se resiste y, humilde y sumisa, se sienta durante largas semanas para servir de modelo a su pareja. Conforme pasa el tiempo el artista se compromete cada vez más con su trabajo. Sería su gran obra. Y, mientras tanto, ella posa calladamente. La búsqueda de la perfección le exige concentrarse en el lienzo de manera que el artista mira menos a su amada. Finalmente, da los últimos toques y entra en una suerte de éxtasis ante la belleza de su trabajo, y grita “¡en verdad esta es la vida misma!”. De inmediato se vuelve hacia su esposa y se percata de que ella está muerta.
II
Al intentar llevar al lienzo la belleza de su amada, el pintor intenta conciliar sus dos grandes amores: el que siente por su arte y el que siente por su esposa. Mientras tanto ella, que solo tiene el amor que siente por su pareja, se allana a esta empresa. No obstante, su humildad tiene sus recompensas: verlo a él mirándola, constantemente, saber que es el objeto de su admiración y deseo. Y, sobre todo, sentir su goce como propio, satisfacerse con su excitación y placer, compartir su exaltación creativa. Todo parece ir por buen camino. Es posible una complementariedad, que ambos sean felices simultáneamente.
Pero las cosas no son tan sencillas. Ella también siente celos pues piensa, con razón, que el corazón de su pareja está más comprometido con su arte que con ella misma. En verdad el retrato se va perfilando como una idealización donde la belleza fulgurante de su imagen desplaza su verdadera realidad. Esa perfección excesiva del retrato la convierte a ella en algo prescindible y desechable. Entonces, el goce obtenido por ser el objeto de deseo de su esposo, junto con su compartir su exaltación creativa, ya no son suficientes para mantener su buen ánimo. A medida que avanza el retrato, ella va perdiendo vitalidad. Poco a poco, la conciencia de ser amada solo como un medio, como un semblante idealizado para el logro de la obra sublime, va menoscabando sus ganas de vivir. Y desde la condición de sobra, ya no puede ser cómplice. Su esposo la mira cada vez menos para concentrarse en su retrato. Entonces no hay salida para ella. No puede permanecer en la condición de objeto, ni tampoco identificarse con su pareja. Además su recato le impide rebelarse, dar a conocer su malestar. No puede decir que para ella la empresa es solo válida en la medida en que él la ad(mire) más que al lienzo. El impasse se prolonga y le succiona la vida. La falta de una decisión precipita su muerte.
Por el lado de él resulta claro que el amor a su obra va adquiriendo un creciente predominio sobre su amor por ella. Cada vez más se concentra en el lienzo y cada vez menos (ad)mira a su modelo. Ella, y su belleza, se van convirtiendo en el medio para el logro de su gloria artística. Llega un momento donde ella ya no importa pues todo lo sustancial está ya en el lienzo. Por tanto, él no se da cuenta de la agonía de su joven modelo. Se ha diluido el vínculo y no hay más sintonía. Entonces el goce exaltado del pintor por su arte resulta un desprecio para ella. Así, el momento del triunfo, el éxtasis autocomplaciente, coincide con la muerte de su esposa.
Entonces, lo que en principio parece ser una armonía feliz termina convirtiéndose en un trágico desencuentro. La complementariedad inicial deja paso a una situación en la que el goce de él tiene como necesario correlato la destrucción de ella. Desde el principio, él es el sujeto que desea (simultáneamente a su arte y a su esposa) y ella es el objeto deseado. Luego, se hace claro que ella se va convirtiendo en un desecho. Va siendo evidente que más puede el amor a su arte, que ella se ha convertido en un medio para conquistar la gran obra. La masculinidad aparece definida como actividad deseante y la feminidad como pasividad deseada. Pero, otra vez este arreglo es precario e inestable pues conforme ella toma conciencia de su insignificancia, su razón de vivir se extingue.
III
Quizás la genialidad de Poe reside en la manera como articula las dos historias: la del caballero malherido y la del pintor y su joven esposa. De hecho, el caballero repite el comportamiento del pintor. En vez de abandonarse al descanso necesario para sanar de sus heridas, se autoimpone una actividad desenfrenada. En cambio, su criado, pese a estar sano se duerme. Pero el caballero permanece inquieto, vigilante. No puede dejar de ser sujeto, no se permite estar tranquilo. Tiene que estar haciendo algo, aunque sea contemplando los cuadros. Es así como se topa con el cuadro y la trágica historia narrada por el folleto.
Pero esta historia es desde luego típica de un orden patriarcal y de las tensiones que éste alberga. El hombre no puede dejar de desear y la mujer no soporta la condición de desecho pero tampoco puede rebelarse. En nombre de una causa “superior”, la creación de belleza, el artista se desvincula de su amada que se muere porque solo es en la medida en que es (ad)mirada.

Hasta que punto podemos perder la perspectiva cuando no valoramos a las personas por lo que son y sólo nos guiamos por lo que producen, inspiran o por sus trabajos, ignorando su esencia, su necesidad de ser reconocidos tal como son. ¿Será acaso que somos tan utilitarios? ¿Vemos a los otros únicamente como instrumentos o medios para algo? ¿No sería mejor ver a los demás como seres especiales y únicos en la vida?
Justo, cuando los hij@s ven la incomprensión notoria entre las parejas de esposos o padres de familia siendo herederos o no del esquema patriarcal… aparece esta explicación bastante didáctica de este cuento.
Comment by .. — 2008 07 @ 9:23 pm