La confianza es el fundamento del amor
“Nací para amar a los demás, nací para escribir y para criar a mis hijos. Amar a los demás es tan vasto que incluye incluso perdón para mí misma, con lo que sobra. Amar a los demás es la única salvación individual que conozco: nadie estará perdido si da amor y a veces recibe amor a cambio.” Clarice Lispector.
En su relato, La Legión Extranjera, Clarice Lispector nos confronta con la potencia liberadora que tiene la experiencia del amor para una niña de 8 años, la hermosa Ofelia, que vive mortificada por el peso desmedido de ideales que la enrumban a “servir a la nada”. Ofelia vive presa de una compulsión que más que suya es de su familia. En efecto, su padre quiere “ascender en la vida” y para ello adopta un semblante de distanciada superioridad. La familia vivía “bajo el signo del orgullo o de un martirio oculto, amoratados como flores de pasión”. No dejaban de ser un misterio “¿Por qué la bofetada estaba impresa en sus rostros?, ¿por qué la dinastía exiliada?”.
Resulta que Ofelia y sus padres viven en el departamento contiguo del personaje que cuenta la historia. Ella es una señora que se define a partir a partir de una disponibilidad para amar. Su manera de ser se sitúa pues en las antípodas de Ofelia y su familia. Es empática y no impositiva, está abierta a las necesidades del otro. Allí es donde busca su felicidad. Su cordialidad no es bien recibida por la familia de Ofelia que decide proscribir cualquier acercamiento con sus vecinos.
Pero, pese a la frialdad autosuficiente de la familia, a su “dura cortesía”, Ofelia busca a su vecina. Toca la puerta, se hace invitar. Y se queda conversando con la señora. En estos diálogos, Ofelia revive la relación que tiene con sus padres. Ofelia está acostumbrada a ser permanentemente educada. De su familia recibe, consejos, conocimientos y órdenes. Entonces a su escasa edad tiene ya la impostura de la sabelotodo. Hasta la manera en que se expresa está dada por el afán de marcar una distinción, de demarcar una superioridad. Entonces en sus diálogos con la señora es ella la que critica, censura y dice como deben ser las cosas. Ofelia impone su presencia fiscalizadora y la señora la deja ser, la acoge sin condiciones. Y sucede que la vida de la señora no está sujeta a la disciplina y los estrictos horarios de Ofelia y su familia. Permanece en bata tiempo después de levantarse, no arregla de inmediato su casa, tampoco lleva cuenta exacta de las necesidades de su hogar, por lo que a veces compra de más y otras de menos. Todos estos comportamientos son observados por Ofelia. Y, desde la posición de quien se cree llamada a tener la última palabra, Ofelia aconseja, maternalmente, a la señora sobre lo que debe hacer. En apariencia, lo único que quiere Ofelia es repetir con su vecina lo que sus padres hacen con ella.
No obstante, las cosas son más complicadas. Cuando la señora reflexiona sobre por qué puede ser ella tan atractiva para Ofelia, descubre que es precisamente su “rareza” lo que la niña valora. Resulta que, aunque no se dé cuenta, Ofelia quiere ser como la señora; espontánea y despreocupada, libre. La señora representa un modelo alternativo al de los padres. Ofelia se dejar ser con la vecina, aun cuando ser se limite, por lo pronto, a repetir los vínculos que sostiene con sus padres. En verdad, la relación de Ofelia con la libertad de la señora es ambigua. De un lado esa libertad es motivo de constantes reprensiones pero, del otro, suscita también envidia y deseos de identificación.
La señora, poseída por el impulso a amar, admirada de la belleza de Ofelia, y compasiva por su niñez recortada, tolera las impertinencias de Ofelia. Solo dejándola ser el vínculo es posible. “Pero volvía, sí. Yo resultaba demasiado atrayente para aquella chica. Tenía bastantes defectos para sus consejos; era terreno para el desarrollo de su severidad”.
Y así las visitas de Ofelia se asemejan a lo que puede ser un proceso terapéutico pues de un lado Ofelia transfiere a la relación con su vecina el modo de vinculación que sus padres tienen con ella; y del otro, en medio de esta transferencia se va abriendo paso en la conciencia de la señora el anhelo de Ofelia por ser tan espontánea como ella. Deseo sin duda inconsciente, que nace de su rechazo a los ideales de autocontrol mortificante que le proponen sus padres, como única forma de ser algo en la vida. En el vínculo se expresa el anhelo de ser diferente.
Y así suceden las cosas hasta que Ofelia descubre que en la casa de la señora hay un pollito. Basta el nombre del pequeño y tierno animal para que en Ofelia se desencadene una crisis. El pollito convoca a amar, a ser protegido y cuidado. A sentimientos que no deberían tener lugar en ese mundo tan ordenado, donde nada tendría porque desbordarse. La crisis es una serie de avances y retrocesos. Ofelia cede su emoción inicial. “¿Qué era? Pero, fuese lo que fuese, no estaba más allí. Un pollito había centellado un segundo en sus ojos y en ellos se había sumergido para no haber existido nunca. Y la sombra se hizo. Una sombra profunda cubriendo la tierra. Desde el instante en que involuntariamente su boca estremeciéndose casi había pensado “yo también quiero”, desde ese instante la oscuridad se había adensado en el fondo de los ojos en un deseo retráctil, que si lo tocasen, más se cerraría como hoja de adormidera”.
Para Ofelia ese deseo “no oficial” es un martirio, no se puede atrever a confesárselo. Pero tampoco puede dejar de sentirlo. En medio de esta dolorosa lucha dentro de Ofelia, la señora piensa que solo le cabe estar callada. “Yo sólo podía servirle a ella de silencio”. Y de pronto, la metamorfosis: “Delante de mis ojos fascinados, allí frente a mí, como un ectoplasma, ella se estaba transformando en una niña. No sin dolor. En silencio, yo veía el dolor de su alegría difícil… se deformaba más y más, casi idéntica a sí misma”.
“La agonía de su nacimiento. Hasta entonces nunca había visto el coraje. El coraje de ser el otro que se es, el de nacer del propio parto, y el de abandonar en el propio suelo el cuerpo antiguo”. Es tremenda la batalla que se libra dentro de Ofelia. Finalmente, se decida a jugar con el pollito. “ “pobrecito, es mío”, y cuando lo aseguraba era con una mano torcida por la delicadeza: era el amor, si, el tortuoso amor… hablando solo para el polluelo, y amando por amor. Por primera vez me había abandonado, ella no era más yo. La miré toda de oro como estaba, y el pollito todo de oro, y los dos zumbaban como rueca y huso. También mi libertad por fin, y sin ruptura; adiós, y yo sonreía de nostalgia”.
Pero el rumbo de las cosas es diferente a lo esperado por la señora. Después de un rato de silencio Ofelia sale de la cocina y regresa a su departamento. La señora se levanta y descubre al pollito muerto. “inútilmente intenté alcanzar a la distancia el corazón de la chica callada. ¡Oh, no te asustes mucho!; a veces, uno mata por amor, pero juro que uno un día se olvida. ¡lo juro! Uno no ama bien, oye, repetí como si pudiera alcanzarla antes de que, desistiendo de servir a lo verdadero, ella altivamente fuera a servir a la nada. Yo que no me había acordado de avisarle que sin el miedo existía el mundo. Pero juro que eso es la respiración…. Ofelia es la que no volvió: creció. Fue a ser la princesa hindú por la que su tribu esperaba en el desierto”.
Ofelia no pudo soportar la intensidad de su sentimiento amoroso. En la vivencia de juego, ternura y amor, se le abre un horizonte de libertad que es también un abismo. No está preparada para renunciar al mandato de autocontrol que la ha definido. No puede terminar de abandonarse al momento. Y el impasse se resuelve con el asesinato del pollito. Y la fuga hacia lo conocido, a la repetición. Y mientras tanto la señora toma conciencia de lo que habría tenido que decirle. Se puede matar por amor y siempre hay más oportunidades en la vida pues amar no es fácil. Y sobre todo se había olvidado de precaverla que se podía vivir sin miedo, que es posible cruzar la raya de la entrega. Pero no, Ofelia tiene un miedo que solo sabe combatir “sirviendo a la nada”, entregándose a los mandatos que le dan seguridad pero que significan una renuncia a su espontaneidad. Entonces, “Fue a ser la princesa hindú por la que su tribu esperaba en el desierto”.
El juego, la ternura y el amor son lo opuesto a la rigidez que ha normado la vida de Ofelia. Para su familia de lo que se trata es de subirse a un pedestal, de construir una posición de superioridad que los haga invulnerables a las decepciones de la vida, aunque en el camino se renuncie a ella. Entonces lo que domina es la compulsión, el goce de estar en una postura inalcanzable, impertérrita. En realidad, Ofelia no estaba aún preparada para enfrentarse con la experiencia amorosa. Y con este fracaso terminan sus búsquedas, su vida queda sellada.
Y el intento de la señora por salvarla también fracasa. Es significativo el reproche que ella misma se hace “Yo que no me había acordado de avisarle que sin el miedo existía el mundo”. Esta es la lección más difícil de aprender, que se puede vivir sin miedo y que con el miedo el mundo no existe pues nos cerramos en la repetición compulsiva. La superación del miedo es pues la apertura a la vida, la actitud que habilita el advenimiento del amor.
Freud en Más allá del principio del placer, identifica la compulsión como una manera de enfrentar el miedo y la ansiedad que producen la separación de la madre. Esa ausencia es una decepción que nos hace dudar sobre la posibilidad de ser objetos de amor. De repente, la madre ya no regresa, entonces será porque no nos ama, o porque no somos tan importantes como asumíamos. El miedo al desamor asedia al niño de manera que busca refugio en la reiteración, en esos juegos repetitivos (el fort-da) que lo sostienen y le dan una ilusión de control. Puede entonces tranquilizarse y vencer su miedo pero queda comprometida su capacidad de sentir pues ahora, entretenido consigo mismo, ya no espera a su madre. Entonces cómo vencer el miedo sin caer en la reiteración y la autosuficiencia que destruyen la posibilidad de amar. En realidad la única manera de superar el miedo sin destruir la sensibilidad es el aprendizaje de la confianza. Solo desde la confianza en que la madre regresará, en que no seremos traicionados, podemos permanecer abiertos al amor.
Pero por qué la señora es tan benevolente con Ofelia. Clarice Lispector le hace decir a la señora “Pero si me legara de noche una mujer. Y dijera: cura a mi hijo. Yo diría: ¿cómo se hace?. Ella respondería: cura a mi hijo. Yo diría: tampoco sé. Ella respondería: cura a mi hijo. Entonces –entonces, porque no sé hacer nada y porque no me acuerdo de nada y porque es de noche-, entonces extiendo la mano y salvo un niño. Porque es de noche, porque estoy sola en la noche de otra persona, porque este silencio es muy grande para mí, porque tengo dos manos para sacrificar a la mejor de ellas y porque no tengo otro camino”.
Esa buena voluntad, ese extender la mano, es la respuesta a la demanda de un otro que sufre. Ese otro, que confía en nosotros y nos repite su reclamo, logra comprometernos a hacer lo que no sabíamos que éramos capaces de hacer. La confianza del otro nos fuerza a precipitarnos en una improvisación en la que descubrimos un poder oculto dentro nuestro. No podemos negarnos a quien confía.

Que enternecedora escena de Lispector Interesante tu visión de la naturaleza humana ya que sólo si cada uno vamos recuperando la confianza en los demás, podremos formar comunidades o colectividades maduras listas para fomentar cambios, mejoras y bienestar general.
Ahora, dinos cual sería el proceso para adquirir esa confianza… es una tarea educativa simple y compleja que se debe iniciarse en los hogares ¿verdad? Sugierenos alguna estrategia.
Comment by .. — 2008 07 @ 1:41 am
Provocas a la lectura de C. Lispector de una manera exquisita. Gracias por compartir estos goces. Si me permites, voy a citar y hacer un link a tu entrada. Saludos.
Comment by Carolina — 2008 07 @ 4:07 am
Persuades a los lectores a interesarse por el descubrimiento de uno mismo cuando dices “Ese otro, logra comprometernos a hacer lo que no sabíamos que éramos capaces de hacer. La confianza del otro nos fuerza a precipitarnos en una improvisación en la que descubrimos un poder oculto dentro nuestro. No podemos negarnos a quien confía”. ¿Cómo resistirse a un gesto de un niñito especial u otras personitas? Ahí está la ruta para cambiar el entorno. Bien. Lo reenviaré a mi desconfiada hermana mayor.
Comment by victoria — 2008 12 @ 9:16 pm