Para aproximarse a la (supuesta) eficacia del Psicoanálisis es conveniente compararlo con otros vínculos y discursos que también ofrecen salvarnos del sufrimiento que invalida. Una comparación obvia es la Religión. Ella puede ser de mucha ayuda para las personas que sienten que no ya tienen el control de sus vidas, que todo es negro y que no hay horizonte futuro. Las personas que están buscando otra vida suelen involucrarse en los rituales. Allí se genera un sentimiento que vivifica y empodera. En definitiva, la idea es que no, que nadie tiene porque estar solo. Menos aún, en medio de la desesperación. Dios lo ama y también los otros lo hacen, los hermanos que participan en el ritual. No hay duda: es posible construir un vínculo que transforme la vida. Un vínculo referido a la trascendencia pero mediado por la institución eclesial o por los otros fieles. En todo caso es una relación que re-estructura la vida. Se trata de dejar atrás ese caos sufriente para lograr el orden que pacifica y serena. El establecimiento de los vínculos y la internalización del discurso tienen el efecto de una resocialización. Casi un volver a nacer. En realidad se pierde una libertad que no se desea y se gana la seguridad que tanto se anhela. Ahora bien, la sujeción a la ley, y el autocontrol respectivo, implican sacrificar goces sensoriales y luchar contra esas locas fantasías que desestabilizan el mundo interior. Todo tendrá que ser reorganizado en función de los ideales de estabilidad y buena conciencia. El cambio se presenta como un gran alivio que tiene que preservarse gracias al ritual conducido por la prédica del pastor. El pastor es, desde luego, quien está más cerca de Dios. Aceptar el discurso religioso, y los vínculos respectivos, significa estar dispuesto a tratar de moldear nuestra subjetividad en la obediencia a ciertos ideales con los que nos sentimos de alguna manera identificados. Entonces, la conversión puede sostenerse gracias al rito y la entrega, a la lucha contra eso que queda reprimido.
El discurso analítico no pretende imposición alguna. Su fundamento es la palabra y el diálogo. El analista escucha con interés a la persona que sufre, al paciente. Y el paciente, o analizante, es alguien que busca ayuda porque su vida está haciendo agua. Se siente amenazado por fuerzas que no acaba de entender. No le tiene mucho gusto a la vida. Las satisfacciones de antaño ya no lo sostienen. El analista se erige ante él como el “sujeto supuesto a saber”, como esa persona que tendrá las respuestas a sus angustiosas perplejidades. El analista representa un horizonte de posibilidad para ese sujeto mortificado que es el paciente. A través de un hablar errante, que no tiene otra norma que decir lo que se le pasa por la cabeza, el paciente va exteriorizando su escindido mundo interior. Y desde una escucha atenta pero sin anticipaciones, desde la llamada “atención libre flotante”, el analista le devuelve al analizante, periódicamente, a través de interpretaciones dosificadas, la verdad de lo reprimido. Es decir, los conflictos inconscientes que se revelan en las grietas de su monólogo. Estas interpretaciones se van acumulando para sedimentar un saber sobre sí del paciente. Un conocer lo que siendo propio es también extraño pues escapa al pensamiento. La premisa es que comunicarse consigo mismo es liberador. Y esa comunicación es posible gracias al impulso y a la dirección del analista.
Lo que ocurre en este diálogo es el despliegue de la “transferencia”. Es decir, el analizante en su relación con el analista, reactualiza los modos de relación con el otro (y consigo mismo) que definen su manera de habitar la vida. Modos de relación que han quedado fijados en la infancia y que son constantemente revividos. Una y otra vez. La realidad de la transferencia implica que somos prisioneros del pasado, que nos repetimos, que no podemos escapar de lo que fuimos y que aún somos. Entonces lo que se analiza en el diálogo analista-paciente es precisamente la transferencia. Y para este análisis lo básico es que el analista logre que su paciente proyecte sobre él sus modalidades de relación con los otros y que él, el analista, no se deje encasillar en ninguno de estas modalidades, haciendo, además, que el analizante tome conciencia de los deseos que están implícitos en los vínculos fantaseados y proyectados sobre la figura del analista. En esta dinámica, el analista ocupará el lugar del padre anhelado, el que aprueba y ampara; como también el lugar del padre odiado, el que exige y condena. Y, desde luego, el semblante de la madre que nutre y admira, como también el de la madre que traiciona y mata. Y, correlativamente, el analizante será el niño que espera la admiración rendida de sus padres o el niño que está resentido por esa decepción que no termina de herir.
El proceso de ir construyendo ese saber sobre sí es largo y penoso. El analizante se resiste a admitir sus sentimientos y fantasías reprimidas. No acepta las interpretaciones del analista, o, con más frecuencia no las retiene en la cabeza. Sea como fuere con el tiempo la pareja analítica va siendo capaz de discernir lo que hay de impuesto y sacrificial en el paciente respecto a lo que dentro de él resulta más afín al deseo. Se trata entonces de bajar el volumen a esa voz que representa los mandatos sociales internalizados. Esa voz atronadora que acorrala y fragmenta. Lo fundamental de la clínica de esta época es debilitar esos dioses crueles que nos comprometen en una compulsión mortificante, que siempre exigen más sacrificios.
Paralelamente a socavar esas presencias, el análisis se dirige a esclarecer los deseos del analizante, a identificar sus modos placenteros. A liberarlos de esa tiranía que exige ir más allá de ese contento modesto para buscar la exaltación arrolladora del goce desenfrenado.
La identificación de las fantasías que estructuran el fragmentado mundo interior no es nada sencilla. Hay algo de ridículo en su simpleza y tipicidad. Resulta que lo más escondido es también lo más presente pues se muestra en cualquier parte, en todos los sentimientos y acciones del analizante. Esas fantasías remiten al tiempo arcaico de la vida, a los modos cómo el paciente alucinó que podía volver a ser el centro del mundo de su madre. A su apuesta por restablecer la unidad o vínculo perdido. Entonces esas fantasías representan la lectura o interpretación infantil del deseo de la madre. Ese deseo que cumplido permitiría el retorno a la tierra sin mal del seno materno. En realidad esas fantasías son inhumanas e impersonales. De un lado suponen el rechazo obstinado del presente de separación, la terca negación de esos límites que definen nuestro presente humano, es decir: la ley, la muerte, lo contingente y lo finito. Y, del otro, estas fantasías no son caprichos individuales sino son mandamientos sociales. Las fórmulas consagradas de negar la finitud. Tener más… dinero, poder, comida, reconocimiento…
Internalizar el presente como una realidad limitada es la posibilidad de capturar dentro del campo del deseo el goce que estas fantasías procuran. En realidad, se trata de refrenar el exceso a que estas fantasías nos invitan. Y para ello es necesario desmontarlas. Identificar sus orígenes, vivenciar su trivial arbitrariedad, sentir su enorme poder, comprender la manera en que somos desfigurados. Con el desvanecimiento de estos comandos estamos en la capacidad de lograr el placer sin la mortificación. El presente se abre como un tiempo nuevo pues se emancipa del pasado. Nuestros sentimientos ya no tendrán que ser el eco de ese grito de dolor del niño que privado de la atención materna está anhelante queriendo tenerla de vuelta.
Se inaugura entonces una etapa de mayor libertad interior. Vivir el presente más plenamente. De otro lado, la capacidad de análisis se endogeniza. Dialogar con los sentimientos, elaborar eso que aparece, es entonces una posibilidad abierta. Se ha construido un espacio, un cuarto muy especial, en el alma del analizante. Es como un lugar de encuentro con el analista, con lo real de nuestro deseo. La aparición de este cuarto es el refuerzo del alma. Es el signo de que la transferencia se va diluyendo porque el analizante ya tiene a un analista trabajando dentro suyo.
En la época de Freud los análisis solían durar un tiempo breve. La promesa era dejar atrás una vida miserable para lograr una infelicidad común. Trabajar, amar y reír son para Freud los hilos que entretejidos son la fábrica de la buena vida, la que es posible de lograr en base a la naturaleza que somos. El análisis no termina, los conflictos nunca desaparecen, el paciente siempre tiene que mantener a raya esos sentimientos que lo invalidan. Pero la tarea ya no es tan abrumadora pues tenemos como aliado esa potencia del análisis que tan laboriosamente hemos construido.
Para Lacan, en cambio, el análisis termina con el doble proceso de atravesar la fantasía e identificarse con el síntoma. El análisis convierte al analizante en un nuevo analista mientras que el analista sobra pues ya no hace falta. Atravesar la fantasía es tomar distancia del fundamento de la compulsión. E identificarse con el síntoma es identificar los goces que realmente tenemos para recuperarlos desde una apuesta habilitante a la moderación y el encuentro con los otros.
II
Si se trata de vivir mejor pareciera que el psicoanálisis lleva ventaja sobre la religión. No exige una renuncia mortificante del goce, el famoso sacrificio que es la base del discurso religioso. Después del análisis el sujeto queda en una situación de mayor libertad. Podrá negociar sus deseos. Pero, como nunca dejará de ser (totalmente) lo que fue igual tendrá que combatir contra la compulsión. Además está libertad ¿Adónde lo lleva? Al hacer la pregunta nos damos cuenta que el análisis no puede renunciar a los ideales y a la ética. Pero, claro, se trata de una ética que no desfigura, en la que el sacrificio no es automático ni gozoso. Entonces la ética significa el construir un deseo, un proyecto, definido sobre la base de lograr alguna clase de acomodo entre el amor y la justicia, que son la amalgama que construye los vínculos sociales. Como dice el Padre Gutierrez, dar amor sin esperar justicia es la actitud que funda la lógica del mártir. Sufrido, triunfante pero también amargado. Pero atenerse solo a la justicia sin arriesgar el amor es quedarse en el espectáculo y no bajar a la vida. Es la fría lógica del mercader que vive detrás de su aparador.
Las colectividades psicoanalíticas han perdido mucho del sentido académico y misionero que poseyó a Sigmund Freud, el gran profeta. Hoy en día son tan profusos los desarrollos del psicoanálisis que no hay posibilidad alguna de lograr una centralización. No hay una ortodoxia psicoanalítica. Lo que hay son algunos pocos principios por todos compartidos. Básicamente la idea del diálogo errante como la plataforma desde la que se puede analizar la transferencia Y la coexistencia de las diferencias dan lugar al eclecticismo. Cada uno llega a tener su propia visión del psicoanálisis. Y la pretensión de establecer un “tratado de psicoanálisis” deja de tener sentido, pues se trata de un saber en perpetúa (re)construcción.
Sin poder mostrar resultados concluyentes, siempre en discusión, el Psicoanálisis sobrevive y florece en una comunidad relativamente pequeña. Para empezar es necesario tener el tiempo disponible. Unas 4 o 5 horas por semana. Además el dinero suficiente. Y la capacidad de perseverar 4, 5, 10 años según fuera el caso. Entonces, está visto que el análisis es para los pocos. Más aún si se tiene en cuenta que el analizante tiene que estar dispuesto a buscar la verdad de sí, esa que solo se puede encontrar más allá de los discursos normalizantes. Aquellos que convocan a ejercer una dictadura sobre sí mismo. Como es el caso de los discursos de las iglesias evangélicas que interpelan el ansía de salvación que nace en medio del sufrimiento. O los manuales de autoayuda con sus propuestas de drásticas re ingenierías del mundo interior.
Como Psicoterapia el psicoanálisis puede llegar a mucho más gente. Tratamientos de una o dos veces por semana, relativamente cortos, focalizados en lo más angustiante. Idealmente, pueden llevar al alivio del sufrimiento y la remisión de síntomas. Eventualmente, quizá, podrían producir al analista.
III
Pero solo a través de la crítica cultural puede el Psicoanálisis tener un efecto más amplio sobre la sociedad. Y lo más criticable de nuestro mundo actual es la institución patriarcal puesto que es su oculto fundamento. En efecto, el origen de la dominación masculina se pierde en la noche de los tiempos. No es descabellado pensar que la subordinación femenina estuviera ya inscrita en el propio proceso de humanización de nuestra especie. Pero aún así ello no implica una fatalidad pues cabe a la criatura humana la posibilidad de reformar su naturaleza. En todo caso la dominación masculina es la primera jerarquización de nuestra especie, y como tal es el modelo de todas las demás.
El análisis de Simone de Beauvoir sobre el patriarcado está inspirado en la dialéctica hegeliana de la relación entre el amo y el esclavo pero va mucho más allá. Para Hegel la relación amo esclavo resulta de una lucha potencialmente mortal por el reconocimiento, el prestigio, la autoridad. El amo es quien prefiere el poder a la vida. Está dispuesto a seguir luchando. Y el esclavo es quien apuesta por la vida renunciando al reconocimiento. Entonces se configura una relación asimétrica. El esclavo trabaja para el amo que, dispensado del trabajo físico, puede emplear su tiempo en otros menesteres. Mientras tanto, en su servidumbre laboriosa el esclavo logra adquirir un sentido para su vida, una identidad fija, un lugar definido. Está reconocido como alguien inferior por el amo. Pero la situación del amo es más incierta pues el reconocimiento de su esclavo es radicalmente insuficiente pues no brota de una voluntad libre, igual a la suya. El desprecio del amo hacia el esclavo impide pues que el amo pueda satisfacer su deseo de ser reconocido por lo que constantemente se aventura a seguir luchando. Pretende reducir a otros amos a la condición se esclavos pero apenas lo hace, y los conquista, su sed de reconocimiento vuelve a avivarse.
En su intento de analizar las relaciones entre los géneros, Simone de Beauvoir redefine la dialéctica hegeliana. Entonces el hombre es el sujeto y la mujer es lo otro. El sujeto es activo y soberano, mientras que lo otro es solo un objeto insignificante. La mujer está objetivada por el deseo del sujeto masculino. Es en función de ese deseo. O más precisamente su deseo es ser el deseo del otro. Este llamado a ser objeto tiene sin embargo sus compensaciones. Para empezar en su calidad de lo otro, la mujer no es estimulada a sentirse responsable. Su horizonte acaba en su hogar. De alguna manera se trata de una ausencia de presiones que hace recordar a la condición existencial que define la situación del niño. Además, la mujer en tanto logra capturar el deseo masculino puede desarrollar un cierto poder. De su complacencia con el ardor masculino podrá obtener una benevolencia que le servirá para lograr ciertas reivindicaciones. De otro lado, si se decide a “administrar” la satisfacción sexual de su pareja, su poder será mucho mayor. El acceso a su cuerpo es entonces regimentado en función de lograr ciertos comportamientos de parte del sujeto masculino. No hay que perder de vista, sin embargo, que capitalizar como benevolencia o poder, el hechizo del deseo masculino supone un vínculo donde el sujeto hombre esté comprometido en una actitud de “respeto”. En sociedades más machistas, donde la mujer es radicalmente lo otro, ella no tiene el derecho a negarse a los requerimientos sexuales de su pareja. Su cuerpo es propiedad del varón que la puede forzar a su gusto pues no existe la figura de violación dentro del matrimonio. El hombre puede golpear, hasta cierto punto, a “su” mujer pues representa, en el dominio doméstico, a la ley y el estado.
Un síntoma de la reducción de la mujer a lo otro es la pornografía. En principio la pornografía implica la “degradación de la mujer al status de meros objetos sexuales” (Bracher p. 83). Su efecto es confirmar a la mujer en su condición de “otro”. Representa una escuela que enseña a los hombres a ser asertivos y decididos y a las mujeres a ser pasivas y complacientes. Entonces como señala Beauvoir la objetivación (otrificación) de las mujeres es el fundamento de la subjetivación de los hombres. La fantasía masculina típica es que todas las mujeres “quieren” ser objetos del deseo masculino. Algunas lo confiesan abiertamente, mientras que otras lo niegan. En cualquier forma solo en el contacto con la vehemencia masculina las mujeres descubrirán la verdad de su deseo; es decir que solo quieren más, que su plena realización es la de ser objetos de presa.

Resulta interpelante conocer de ella,Simone de Beauvoir, de su postura frente a la sociedad, “la mujer no nace, se hace”. Lo bueno es que ahora –salvo pocas excepciones- la generación de las jóvenes manifiestan una toma de conciencia mucho más clarificante sobre ellas mismas respecto a cuestiones de género, a su dejar de sentirse “lo otro” para buscar la promesa de “Ser” auténtico de modo asertivo en su proyección concreta en diversos espacios de la cotidianidad, lo privado y lo público. Escribe por favor más sobre Simone de Beauvoir.
Comment by .. — 2008 07 @ 7:33 pm
“No es descabellado pensar que la subordinación femenina estuviera ya inscrita en el propio proceso de humanización de nuestra especie.”
“…las mujeres descubrirán la verdad de su deseo; es decir que solo quieren más, que su plena realización es la de ser objetos de presa.” La verdad es que el pez por la boca muere, en tu caso. Qué tal machismo retrógrado y asolapado: tu insconsciente te traiciona! ni con mil años de analísis se te borra el trauma. La Historia ha desmotrado el rol dirigente de las mujeres desde tiempos inmemroriales en todas las culturas, recien desde la cultura latina es que empieza el rollo machista, o es que no lees la Historia???? no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Comment by Lulú — 2009 02 @ 5:03 am