Goce sin ley: la fábrica de la inhumanidad
En Gallinazos sin plumas, Julio Ramón Ribeyro, narra la historia del viejo don Santos y del chancho Pascual. Don Santos es abuelo de Efraín y Eduardo, dos niños que están bajo su cuidado. El relato tiene como trasfondo la ciudad de Lima, retratada como una urbe indiferente hacia el sufrimiento de los necesitados, donde cada uno tiene que vérselas como mejor puede. El abuelo don Santos tiene un solo afán: hacer engordar a Pascual. En realidad el chancho tiene ya un tamaño descomunal. Pero el abuelo calcula que subiéndolo de peso logrará una mayor ganancia. El animal se alimenta de inmundicias que los nietos consiguen en los tachos de desperdicios adyacentes a las casas y, también, en un muladar donde se vierte la basura del barrio. El recojo de las sobras es un trabajo laborioso y no exento de riesgos. Seleccionando la basura de las casas, Efraín y Enrique están siempre expuestos a la hostilidad de las empleadas domésticas y de los trabajadores municipales. Además, en el muladar las condiciones son insalubres. Pero en la expectativa de ser amparados por el abuelo, los nietos son dóciles y se afanan por llenar los cubos con alimentos para Pascual. En realidad, para don Santos los nietos solo significan trabajadores gratuitos para hacer engordar al chancho Pascual.
La verdad es que don Santos no sabe que va a hacer con el dinero que reciba por la venta de su chancho. Lo que si sabe es cuanto más gordo esté más dinero recibirá. El goce de don Santos es ver comer a Pascual. En la voracidad de su apetito, en el contento con que se traga todo lo que le ponen, don Santos anticipa que sus ganancias serán mayores. Pero cuando sus nietos no traen suficiente comida entonces dos Santos entra en furia: “¡Mi pobre Pascual! Hoy día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros. Ellos no te engríen como yo. ¡Habrá que zurrarlos para que aprendan!”. Su vida gira en torno al valor de mercado de Pascual. Está alegre cuando traga y se apena y enfurece cuando no tiene alimento suficiente. Es como el inversionista que escudriña el valor en bolsa de sus acciones. Si han subido, la felicidad, y la tristeza sin han caído. Toda la vida de don Santos gira en torno al peso de Pascual. Todos los sacrificios que puedan hacerse para incrementar su precio de venta son entonces necesarios e imprescindibles. Tener más dinero es su única pasión.
Es indudable que don Santos está dominado por la codicia. El hecho de que no sepamos que va a hacer con el dinero es indicio de que no quiere nada en particular sino simplemente tener más dinero. Es tan voraz como el propio Pascual. Se ha convertido en una máquina. Pero es una máquina que goza con la ilusión que le produce el anticipar que va a tener más. Esta ilusión gratifica su codicia que es un goce sin ley, un sentimiento exaltado en el que se entreteje el placer de estar teniendo con el temor de poder perder todo. En el cuidado de Pascual don Santos se juega su vida. En un inicio todo parece ir bien y hasta siente una gran ternura por el chancho. “¡Pascual, Pascual… Pascualito! – cantaba el abuelo”.
No obstante, las cosas se complican. Uno de sus nietos sufre un accidente en el muladar y cae enfermo. El otro lo sigue al poco tiempo. Ahora nadie puede recoger la comida que Pascual requiere. Lejos de preocuparse por la salud de sus nietos, don Santos solo tiene corazón para la situación de Pascual. Los niños le parecen engreídos y sinvergüenzas. Están complotando contra él. Pascual grita de hambre y esos gritos desgarran al abuelo. Como su intento de buscar comida fracasa, don Santos intenta forzar a los niños a continuar con la tarea. Pero están demasiado enfermos. Gracias a lo desmesurado de la exigencia del abuelo los nietos recién comprenden que no significan nada para él. Solo en ese momento son capaces de rebelarse abiertamente y, apoyándose el uno sobre el otro, se escapan hacia la ciudad.
Don Santos no puede impedir la huida. Además solo le preocupa Pascual. Entonces voltea para verlo “Probablemente el abuelo alcanzó a divisarlo pues mientras corría hacia el cuarto le pareció que lo llamaba por su nombre, con un tono de ternura que él nunca había escuchado” Pero la ternura con que lo llama Pascual es desde luego un canto de sirena. En realidad el chancho, desesperado por el hambre y la glotonería, solo piensa en comer y lo único comestible es, por lo pronto, el propio don Santos. Acudiendo al llamado de Pascual el viejo cae al chiquero y los niños perciben a lo lejos “el rumor de una batalla”. Con estas palabras se cierra el cuento y el lector es invitado a imaginar el desenlace: ¿Quién ganará? Don Santos o Pascual. En realidad, el narrador sugiere que Pascual devorará a don Santos. El animal le paga a su dueño con la misma moneda. Ambos están detrás de los “chicharrones”. Pascual es la hechura del abuelo.
II
Lo que mueve a don Santos es un goce no atemperado por la ley. Es decir, un placer que por intenso y exaltado termina por ser sufriente y mortífero y que conlleva, además, una destrucción del vínculo con otros seres humanos, en su caso con sus nietos a los que debe amor y amparo.
Según Néstor Braunstein, el concepto de goce es el eje del psicoanálisis lacaniano. Lacan lo habría elaborado a partir de su “retorno a Freud”. En Freud el concepto estaría insinuado pero sin una definición precisa. Para Lacan el goce es “un exceso intolerable de placer”. Algo inmoderado que torna dolorosa la satisfacción. Y es a ese extremo adonde la pulsión tiende. En realidad, el concepto de goce supone redefinir la teoría freudiana de las pulsiones. En vez del dualismo de Eros y tánatos, propio de la última etapa de Freud, regresamos a una suerte de monismo. Resulta que la única pulsión es la que nos empuja al goce. La figura primordial del goce podría ser la del bebé que quiere más… Ya está saciado de la leche que le proporciona el pecho materno, ya ha obtenido un gran placer en seguir mamando pese a que esté satisfecho, pero aún así, quiere más. Esta voracidad sin freno, que produce ese placer excesivo, es la representación de la búsqueda del goce. En otras palabras, la pulsión empuja, por su misma dinámica, al goce, a un más allá del placer. Resulta entonces que la criatura humana no está orientada hacia el equilibrio y la armonía, sino que está impulsada, por su propia naturaleza, hacia la búsqueda de más…
Quizá habría que apreciar en esta voracidad primitiva una desesperada tentativa por lograr la omnipotencia, por conquistar una infinitud perdida, pues el telos de lo voraz sería tragarse todo. No obstante, la pretensión de rechazar todos los límites es suicida pues resulta que podemos seguir tragando sin hambre pero que llegará un momento cuando nuestro cuerpo reventará.
Sea como fuere, el hecho es que no podemos prescindir del goce. En efecto, el rechazo sistemático del goce sensual en la disciplina ascética genera otro tipo de goce, no menos mortífero. Es el goce que procura la negación del cuerpo, goce que impulsa a una mayor radicalidad en la búsqueda de mortificaciones cada vez más violentas y autodestructivas.
Si la demanda de goce es lo que define a la criatura humana, si no podemos escapar de este imperativo inscrito en nuestra biología, entonces la única posibilidad abierta es “negociar” con esta demanda. Limitar y reformar el goce a partir de la constatación de que abandonarse a su empuje es el camino del sufrimiento y la muerte.
Limitar el goce significa recuperarlo como placer en la realización del deseo. Ahora bien, limitar la voracidad, no ir más allá del placer, implica fijar límites. Imponer una norma, una ley. La ley supone una frontera en el camino al goce; es ese sentido introduce un malestar pues queda descartado el anhelo de omnipotencia. Pero también la ley nos hace libres pues nos libera del impulso mortificante del goce. Paradójicamente la ilusión de omnipotencia generada por el goce implica una esclavitud real que termina con la muerte. Mientras tanto, el límite impuesto por la norma nos salva del dominio del goce y nos abre las puertas de la libertad. De allí que el término sujeto designe tanto la condición de estar bajo el yugo de una ley o autoridad como la de ser alguien capaz de tomar decisiones. Es decir solo la ley nos hace libres del despotismo del goce.
El fundamento de la ley, dice Freud, es la culpa. Es decir, si obedecemos los mandatos de la ley es para no sentir la culpa, esos reproches que nos fragmentan y hacen sufrir. Pero, a su vez, la culpa es producida por la ley y sus prohibiciones. Solo si hemos internalizado la ley podemos sentir culpa. Tenemos entonces una situación del tipo ¿qué fue primero el huevo o la gallina?
En Totem y Tabú, Freud postula que la plena humanización del hombre se da en el paso entre la horda primitiva y la fratría. El tránsito adviene cuando los hermanos se conjuraron para asesinar al padre primordial que monopolizaba a las mujeres y que los excluía de la posibilidad de estar con ellas. Surge entonces una socialidad nueva, distintivamente humana, basada en normas que a todos comprometen. Se trata de prohibiciones: no hacer el amor con la madre, no matar al padre, no matar al hermano, no pretender sustituir al padre primordial. Se trata de barreras a la impulsividad del goce. Y estas leyes se erigen sobre la culpa que tienen los hermanos por haber asesinado al padre primordial. De esta manera el padre muerto, la culpabilidad que suscita su asesinato, es el garante de la prevalencia de la ley. O sea que la base de la ley y la culpa es el crimen: el asesinato de ese padre tan amado como temido y odiado. En este caso el crimen es anterior a la ley pues es la propia ambivalencia de los hijos frente al padre el factor que lleva a que una vez vivido el odio, consumado el asesinato, los hijos mistifiquen al padre. Entonces el amor prevalece y sienten que han actuado mal, aparece entonces la experiencia primordial de la culpa y junto con ella las leyes.
La ley la amenaza de la culpa nos permiten capturar algo del goce y escapar, al mismo tiempo, de su tendencia al exceso. Pero como forma de “negociar” con el goce, el amor puede ser mucho más efectivo que la ley. Según Zizek y Badiou esta es la gran contribución de San Pablo. El amor nos redime del círculo vicioso sobre el que descansa la (relativa) efectividad de la ley. En efecto, por ser una prohibición la ley alimenta el deseo de transgredir de manera que nos instalamos en el dilema de mantenemos tentados pero fieles, por el temor, o caemos, transgredimos y sentimos culpa. En cualquier forma vivimos en la pesadumbre, asediados entre la tentación y la culpa. Pero el mensaje de Cristo es que la obediencia a la ley ya no tendrá que fundarse en el miedo el pecado sino en precisamente en el amor. El vínculo con los otros se sostiene en la expectativa de un encuentro feliz que reproduce el amor de Jesucristo por cada una de las criaturas humanas. Idea que nunca ha sido mejor dicha que por el propio San Pablo en su epístola a los Corintios.
“Si hablando lenguas de hombres y de ángeles, no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalos que retiñe.
Y si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia, y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo amor, no soy nada.
Y si repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo amor, nada me aprovecha.
El amor es sufrido, es benigno; no es envidioso, no es jactancioso, no se hincha;
no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal;
no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad;
todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera.
El amor jamás decae; las profecías desaparecen, las lenguas cesarán, la ciencia se desvanecerá.
Conocemos sólo en parte y profetizamos también parcialmente;
cuando llegue lo perfecto desaparecerá lo parcial.
Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor; pero la más excelente de ellas es el amor.
El vínculo amoroso, junto con la ley, son las fuerzas que puedan detener lo implacable del goce.
III
Entonces de vuelta a don Santos y Pascual podemos decir que don Santos no tiene ni ley ni amor. Esta poseído por esa voracidad que también posee a Pascual. En cierto sentido no alcanza la dignidad de hombre. Está preso de una impulsividad depredadora. Esta actitud está “sacrílegamente sacralizada” en el nombre que don Santos ha puesto a su chancho: Pascual. La Pascua es la fiesta suprema de la cristiandad, el momento cuando se celebra la resurrección de Cristo, la creencia que es el fundamento de la fe. En el tiempo pascual se vive la gran esperanza: es posible la redención del sufrimiento y la muerte. Lo pascual remite, entonces, a lo alegre y a lo feliz, a lo esperanzado. Por tanto, darle el nombre de Pascual al chancho es como colocar la expectativa de plenitud, ya no en lo infinito de la bondad de Dios, sino en la gordura de ese animal, gordura que es signo de dinero y prosperidad.
¿Cómo don Santos ha llegado a ser una persona desalmada? El cuento nos ofrece algunas pistas. Don Santos es un hombre pobre y discapacitado pues no tiene un pié. De otro lado vive en una ciudad donde no hay compasión. No obstante si estas circunstancias, en algo ayudan a comprender a don Santos, ni lo explican y menos aún lo justifican. Don Santos traiciona y manipula a sus nietos y se ha dejado encarcelar en la compulsión gozosa y sufiente del avaro.
IV
La compulsión es para Freud una forma de enfrentar la falta de sentidos naturales en la vida humana. Situación que se hace evidente a partir del desprendimiento de la madre y la conciencia de individualidad en el infante. Entonces, aterrado por el debilitamiento del vínculo, la criatura puede atrincherarse en la repetición de una actividad que por corresponder –supuestamente- al deseo de la madre le permitiera reinscribirse en la unión originaria. La fragilidad de los vínculos favorece el desarrollo de la compulsión.
La apuesta por tener más dinero (o poder, conocimientos, o fuerza) responde a la expectativa de ser así más digno de amor. Mientras tanto la pulsión al goce queda fijada en torno al dinero (o al poder, o al conocimiento). Sacrificarse para poseer algo más, siempre algo más, sería entonces el goce sufriente que sostiene la ilusión de que el fin se está acercando. En realidad la vida pasa y la fantasía nunca puede concretarse pues apunta a un fin imposible.

Interesante el análisis del perfil de Don Santos pero agrada más la interrelación que haces con las palabras de SanPablo justo que el 29 se celebró su día junto al de SanPedro. La cita bíblica enriquece tu interpretación psicológica, a la vez que nos brindas una lección de vida, de vida auténtica, respecto al dilema del tener, poder, saber sobre lo prioritario, del ser y crecer en las variopintas formas de amor. Una sociedad donde “los de afuera” sean incluidos, es una fantasía, un sueño o ilusión, cada generación ha dado y está dando su aporte… otros lo continuarán ¿verdad? Gonzalo, de veras que da gusto leer tus post.
Comment by AnaTeresa. — 2008 06 @ 6:55 pm
EL ANALISIS QUE PRESENTA, ME PARECE EN MI OPINION ALGO DESLIGADO DE LA REALIDAD, O EL CONTEXTO QUE APREHENDE EL AUTOR; ES MUY OBVIA LA SITUACION, NO ES LA FALTA DE AUTOCONTROL POR EL TEMOR O LA AUSENCIA DE AMOR POR FALRA DE CONCIENCIA ANTE LA LEY SUPUESTAMENTE “JUSTA”, SINO MAS BIEN FALTA DE AMOR POR LA OMNUBILADA AMBICION COMO CENTRO DE LA VIDA DE DON SANTOS QUE LE HACE CREER EN UN MUNDO YA DESTRUIDO (OSEA PASCUAL). ESPERANZARCE EN UN MUNDO CENTRALIZADO EN ANTIVALORES COMO EL EGOISMO, LA AMBICION Y LA AVARICIA DONDE SUS NIETOS SON EL CLARO EJEMPLO DEL REPUDIO A LA FALSA CONCIENCIA DE DON SANTOS Y A LAS GANAS DE DESTRUIR EL MUNDO QUE ABSURDAMENTE ENGORDA - SE ENRRIQUECE- SIN CONTROL MAS QUE DE LA DEMANDA Y OFERTA…
CABRIA HACER UNA OBSERVACION: EL MUNDO INJUSTO DESTRUYE POR SI MISMO A LA AMBICION DEL HOMBRE (DON SANTOS) O ES LA POBLACION QUIEN REACCIONA ANTE TAL AGRESION Y DESTRUYE EL MUNDO INJUSTO.
Comment by NAVEGAUPOETIC — 2009 05 @ 5:26 pm