En su relato Amor, Clarice Lispector nos invita a adentrarnos en la vida de Ana, una joven mujer que se ha construido –aparentemente- un mundo a la medida de sus deseos. Sus hijos, su esposo, su casa: su hogar reclama todos sus cuidados; y a cambio ella posee la satisfacción de una regularidad sin sobresaltos. “Por caminos torcidos ha venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado”.

Lejos ha quedado su juventud “…había emergido de ella muy pronto para descubrir que también sin felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja: con persistencia, continuidad, alegría”. El mundo se ha estrechado, el horizonte ya no está abierto, pero la rutina no deja que ella añore siquiera las intensidades prometidas. Está absorbida en lo inmediato y no quiere otra cosa. Su vida es una entrega permanente.

No obstante hay ciertos momentos en los que su realidad amenaza con desvanecerse. Son esos instantes del comienzo de la tarde cuando nada queda por hacer. Los niños están en el colegio, el esposo en el trabajo y la casa está perfectamente arreglada. “Mirando los muebles limpios, su corazón se oprimía un poco con espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía a hacer las compras…” Una vez sobrellevada la ansiedad, su hogar la volvía a reclamar. “Encontraba otra vez los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos”. En suma, la reiteración de la renuncia a una vida propia es la clave de su tranquilidad.

Pero todo lo negado está empozado en su ánimo. Y es en una de esas tardes cuando sale de compras que se produce el acontecimiento, la poderosa afloración de otra manera de estar en el mundo. Ella está viajando en el bus y de pronto ve a un hombre ciego que masca chicle. No puede dejar de mirarlo y resulta que el ciego que masca chicle se convierte en la imagen que desencadena lo que ella tan laboriosamente había controlado. Es la pequeñez de su mundo y la inmensidad de la vida lo que se le revela. Revelación temida pero secretamente añorada. El ciego que masca chicle es una imagen que condensa lo patético de su vida. Ana se parece al ciego pues está cerrada al mundo, sumergida en el orden la repetición. (Dejo aquí constancia de que esta interpretación fue descubierta por dos estudiantes de la Maestría en Estudios Culturales) Esta constatación la abruma y la piedad se apodera de ella. Piedad por el ciego pero sobre todo por ella misma. Es un sentimiento intenso que la impulsa fuera de sí. “Un ciego mascando chicle había sumergido el mundo en oscura impaciencia”. Ahora le es claro que lo cotidiano es el velo con que se ciega y se protege de lo circundante. Pero resulta que ahora ese velo se ha caído y que la realidad la hiere. La piedad no es la vergüenza, ni la culpa; la piedad es un clamor de eso aplastado que no está siendo. “A través de la piedad a Ana le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca”.

Y ahora resulta que pasó su paradero. Cuando consigue bajar del bus está en un lugar donde apenas consigue orientarse. Sin saber porque enfila hacia el Jardín Botánico. Y allí, sentada en una banca, es que ocurre la epifanía, el acontecimiento. De pronto está habitada por otra manera de estar en la vida. Un despertar violento de los sentidos le significa la apertura de un horizonte nuevo. Desde la contemplación, de ese tiempo sin apuro, participa en la marcha escondida de las cosas. “Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande… Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y, de pronto, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto que ella empezaba a advertir”.

Y esa piedad y esa fusión con la naturaleza la devuelve a los otros, sus olvidados semejantes. “Cuando Ana pensó que había que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada” Toda su vida se le semeja entonces como innecesaria. Se siente llamada a una comunión con el mundo. Estaba “fascinada” y “mareada”.

Cae la noche en el Jardín y ella desciende del rapto místico al recordar a sus hijos que la deben estar esperando. Empieza entonces el penoso regreso a su vida ordinaria. Pero las erráticas vibraciones de su alma no se apaciguan. “…la vida era peligrosa, ella amaba al mundo, amaba cuanto fuera creado, amaba con repugnancia”. Un conflicto se escenifica en ella. Una iluminación le ha abierto los ojos. La vida podría ser diferente. Ella está llamada a amar. Pero la reclaman sus hijos, el fundamento de su vida ordinaria. Abrazándolos, busca protegerse de esa embriagante libertad que no ha pedido. Ana tiene miedo. Se ha abierto el abismo delante de ella.

Pero la armoniosa monotonía de la vida familiar la vuelve a capturar. “Y si había atravesado el amor y su infierno, ahora se peinaba en el espejo, sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día”.

II

En el relato, el amor está asociado a la piedad, a la contemplación, a reintegrarse en la naturaleza, a la dilatación del horizonte de la vida y al compromiso con los otros. El amor quema y duele pero también intensifica el deseo de vivir. Es un vínculo más pleno con el mundo, es libertad que arrebata, es una mezcla de deseo y deber. No trae ninguna seguridad pues vivenciarlo es ser impulsado más allá de uno mismo. Ese amor es un entusiasmo súbito por la vida. No está fijado a un objeto. Es la abolición de la rutina. Es el regreso no buscado de la libertad negada. Y si ese sentimiento ha eclosionado en Ana es porque dentro de ella estaba. Y el ciego ha galvanizado los elementos dispersos que lo componen, porque le ha hecho darse cuenta de la pobreza de su vida. Y la piedad, ese dolor dulce por lo que sufre, lo ha convocado.

Estamos lejos del amor maternal o de pareja. Es un sentimiento cósmico que abre y erotiza el mundo. Es la seducción dolorosa de lo infinito. Los sentimientos que describe Lispector son similares a los del trance místico donde, conjugadas la mortificación y la añoranza, el alma se eleva a un estado de gracia, a una beatitud en la que la satisfacción y la vulnerabilidad se mezclan, ya indistintas, con extrema dulzura. El placer y el dolor. Entonces, la conciencia se atenúa, es vaga y ligera; en ese extravío se diluyen los contornos de lo cotidiano, se es uno con lo inmenso de la realidad.

El rapto místico, el éxtasis, es para Lacan la experiencia que mejor da cuenta de lo que llama el “goce del Otro”, un goce inefable que se escapa a la palabra y que no tiene una localización específica dentro del cuerpo pero lo que recorre y estremece. El “goce del Otro” es distintivamente femenino pues mientras que el hombre suele estar enteramente en el falo, la mujer lo puede trascender “escapándose” hacia un afuera del lenguaje, a un reencuentro con la Cosa perdida, a una (con)fusión con el ser del mundo. Este “goce del otro” sería la respuesta a la pregunta freudiana sobre lo que realmente quiere la mujer. Es un goce mucho más intenso que el fálico. Es un orgasmo prolongado que sacude el cuerpo y vacía la conciencia. Es la suprema experiencia sexual pues aporta el placer más grande que pueda concebirse. Y no es necesaria la actividad genital para producirlo. Puede aparecer como la cumbre de una experiencia religiosa; de una experiencia que se inicia con retiros y mortificaciones que purgan las propias pasiones. Se puede entrar entonces en un estado contemplativo donde se produce la “iluminación”, la vivencia certera de la eternidad del presente. Y, finalmente, se puede llegar a la unión con lo trascendente, a un placer excesivo, intenso.

La experiencia mística es el trasfondo de la vida conventual marcada por la reiteración y la entrega. Es la suprema compensación, es el límite de la experiencia humana. El asalto al cielo. La vuelta al vientre materno. Pero, otra vez, el lenguaje es burdo y sólo nos acerca a esta experiencia de manera muy aproximada. Quizá las artes plásticas puedan mostrarla más cercana.

En su famosa escultura de Santa Teresa de Jesús, Bernini ha logrado capturar el éxtasis místico. El gesto que se retrata es el de abandonarse a un dolor glorioso que recuerda el orgasmo pero que lo trasciende en intensidad y, también, aunque quede sólo sugerido, en duración.

En este retrato post-mortem de Santa Rosa de Lima (y quizá aún más en la pintura de la misma santa de Francisco Laso, pintura que no he logrado ubicar en internet) queda también inmortalizado ese gesto de gozosa agonía, de dulce sufrimiento, que es síntoma del goce místico.

Y en el campo del lenguaje el intento más reputado por representar el éxtasis son los versos de San Juan de la Cruz.

COPLAS…

Entreme donde no supe
y quedéme no sabiendo
toda ciencia trascendiendo.

Yo no supe dónde entraba
pero cuando allí me vi
sin saber dónde me estaba
grandes cosas entendí
no diré lo que sentí
que me quedé no sabiendo
toda ciencia trascendiendo.

De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida vía recta
era cosa tan secreta
que me quedé balbuciendo
toda ciencia trascendiendo.

Estaba tan embebido
tan absorto y ajenado
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo
toda ciencia trascendiendo.
….

La fábrica de la experiencia mística es definitivamente misteriosa. La insuficiencia de las palabras y la impotencia del saber se contrastan con la contundencia del sentir. “Un entender no entendiendo”. “Una ciencia perfecta” que, sin embargo, no se puede comunicar. Una experiencia sin lenguaje.

Resulta que la mujer puede trascender el goce fálico, o, en su caso el del clítoris. No agota su disfrute en el placer que se siente en ese órgano. Ella no está totalmente allí. Y eso que no está allí es algo que escapa a la definición de la mujer como “objeto de deseo”, como encarnación de lo más apetecible. Desde ese “resto” no fálico surge la posibilidad de ese otro goce, de ese regreso a la naturaleza, de ese atravesar la muerte y el lenguaje, para ir más allá del sentido, hacia el dominio de lo in-diferenciado, de lo cósmico.

Pero antes que por su fundamento biológico la posición femenina se define por su relación con la masculinidad. La posición femenina no solo busca poseer y triunfar. El “torneo fálico” no la compromete tanto. Es más abierta y acogedora. No busca obsesivamente el poder y el control.

Ahora bien, si resulta que no hay una correspondencia necesaria entre las posiciones frente al poder y la biología de los cuerpos, entonces nada “esencial”, fatalmente biológico, impediría el acceso de los hombres al “otro goce”, al arrebato místico. Allí tenemos el caso emblemático de San Juan de la Cruz. Y en tiempos más cercanos a los nuestros, a Tomas Merton.

DEL DIARIO DE ASIA (1968)

El nivel más profundo de comunicación no es la comunicación, sino la comunión.
Sin palabras.
Más allá de las palabras y más allá del lenguaje y más allá del concepto.
No es que descubramos una nueva unidad.
Descubrimos una antigua.
Mis queridos hermanos, nosotros ya somos uno.
Pero imaginamos que no es así.
Y lo que hemos de recuperar es nuestra unidad original.
Lo que hemos de ser, es lo que somos

En Merton se insinúa, además, que la apertura mística no es necesariamente un hecho individual. Más bien lo contrario, solo la comunión con los otros abre esa dimensión sublime de la experiencia.

No obstante, debe reconocerse que las experiencias místicas más contundentes son individuales y femeninas. La masculinidad (patriarcal) tendría que reformarse para que ella le sea accesible. Y, de otro lado, la mística como fenómeno colectivo no deja de tener aspectos tenebrosos. Esa comunión de masas que Merton tanto valora se da en las experiencias de masas de los totalitarismos. Pero el vector de esos movimientos es la destrucción de otros seres humanos. Queda por supuesto la fiesta y el carnaval. Lo dionisiaco.

III

Hoy en nuestros tiempos pragmáticos y utilitaristas, donde sin embargo todo tipo de búsquedas pueden florecer, la palabra mística es utilizada para significar entrega y gratuidad. Y no es una palabra muy usada. En realidad, decir de una persona que tiene mística es una enunciación que se recibe con una mezcla de desconfianza, envidia y desprecio. En esta época donde “cada uno busca su realismo” la contemplación y la incondicionalidad parecen malas apuestas. Cosas de gente ilusa y tonta. Algo pasado de moda, fuera de época. Y sin embargo, y aunque esté reprimida, es muy vasta la añoranza por la experiencia mística.

En este sentido puede decirse que muchas drogas son un atajo para forzar la ocurrencia mística. En efecto, ellas posibilitan un acceso al goce sin mediación del lenguaje. Un “goce otro“ que compromete, como el éxtasis, a todo el cuerpo. Pero a la experiencia mística se llega a partir del retiro y la renuncia. Eventualmente la mortificación del cuerpo. La mayoría de las drogas son también un retiro del mundo pero es evidente su auto destructividad.

IV

Pero volvamos a Clarice. Ana es casi una monja, y su hogar es un convento. Su vida se cierra en el darse a su familia. No obstante, algo oscuro se mueve en las profundidades de su alma. Es un deseo sin nombre. Y ese deseo se realiza en el Jardín Botánico. En medio de su éxtasis Ana cree comprender que prolongar ese amor doloroso y pleno pasa por un compromiso con los pobres, por actuar la piedad que la asfixia. Es el camino del revolucionario. En realidad Ana no sabe lo que le ha ocurrido, sus emociones la han rebasado. Entonces, su situación nos confronta a la siguiente pregunta ¿qué hacer frente al añorado pero doloroso llamado de lo infinito? Si nos escabullimos, el aburrimiento. Si pretendemos capturarlo, el fanatismo. ¿Solo esperar preparad@s para su misteriosa ocurrencia? ¿Abandonar entonces la rutina y la pretensión de poder? Pero la juerga no…

V

George Bataille pretendió recuperar la experiencia mística desligándola de lo religioso y entroncándola en lo erótico. La mística se convierte entonces en la posibilidad de salir del impasse de la repetición. Pero, para ello es necesario no esconderse del dolor y el sufrimiento. Como dice Juan Carlos Ubillúz se trata de vencer el miedo a la muerte. Bataille dice “Del erotismo cabe decir que es la aprobación de la vida hasta en la muerte… Propiamente no es una definición, pero creo que esa fórmula expresa el sentido del erotismo mejor que ninguna otra”. “Toda mi filosofía consiste en decir que el principal objetivo que uno puede llegar a tener es destruir en sí mismo el hábito de tener objetivos”.”Es esencial para los hombres llegar a destruir este servilismo al que se aferraron, por el hecho de que edificaron su mundo, el mundo humano, mundo al cual estoy unido, del cual proviene mi existencia, pero que de todos modos lleva con él una suerte de carga, algo infinitamente pesado que está en todas nuestras angustias y que de alguna manera hay que destruir”.

La filosofía vital y libertaria de Bataille representa un intento de apropiación laica de la mística. Pero hay muchos intentos más… Lo que es seguro es que sin mística estamos hundidos en la repetición…

Desde los conceptos lacanianos la experiencia mística se sitúa en la intersección entre lo real y lo imaginario. Es decir, excluye lo simbólico que es el registro del lenguaje y de la ley, de lo social y lo compulsivo. Entonces lo que está centralmente comprometido en la experiencia mística es un cuerpo liberado de los mandatos que lo encarcelan en un modo de ser.

Me parece que todos tenemos, acaso sin darnos cuenta, experiencias que podrían llamarse místicas. El otro día me desperté a eso de las 4. Por lo general odio despertarme a esa hora. Entre que quisiera seguir durmiendo pero no lo consigo, me pongo de mal humor. Maldigo el mundo. Pero no esa vez. Me invadió una paz infinita. El tiempo se diluyó. O mejor, el tiempo no contaba pues estaba fuera de él. Era uno con el mundo. Escuché música de mi I-pod. Bach. Me sentí entonces tan parte de la vida que no me hubiera importado morir. Una dulzura extrema brotaba de mis entrañas. No pensaba, tampoco estaba dormido. Estaba simplemente allí como una cosa de goza…

La descripción anterior no hace justicia a la experiencia. De repente no fue tan intensa y mi capacidad expresiva es limitada. Pero me gustaría que esa apertura me visitara más a menudo. También me han ocurrido situaciones así en la comunicación con personas conocidas. Momentos enigmáticos donde hay una comunicación sin propósito, donde adviene una pasmosa tranquilidad. De repente el otro me ha invadido y yo no rechazo esa presencia. No hay nada que demostrar. Y el diálogo fluye sin rumbo. No hay mandatos, ni tareas, pero eso que está ocurriendo es muy placentero y seguro peligroso.

VI

La mística se sitúa en una relación compleja con el racionalismo. El racionalismo revoluciona la concepción del mundo vigente en los tiempos medioevales. Se impone la idea de un Dios que después de crear lo existente lo abandonó a sus propias leyes. Así comienza el “desencantamiento de las imágenes del mundo” (Weber). El lugar para lo maravilloso se reduce a medida que la ciencia va configurándose como la institución autorizada para definir y explicar la realidad. Mientras tanto. Dios se vuelve una presencia tan remota que la espiritualidad protestante adquiere una tonalidad marcada por la incertidumbre (Kirkegaard: “Todo diálogo con Dios es un monólogo”). La lucha por la fe es una agonía. Nietzsche lo vio con claridad: el racionalismo erosiona todos los valores, desemboca en el nihilismo. Pero el poder de la ciencia y de la técnica es inmenso y hay un gran goce en el control de la naturaleza y de las sociedades no “civilizadas”.

A nivel del individuo el racionalismo desemboca en el eudemonismo, en la búsqueda de una felicidad entendida como proyecto que implica un rechazo de los extremos, y el encuentro de un equilibrio en la línea abierta por Aristóteles. “el bien es aquello que nos hace felices y la felicidad es el aumento de nuestras fuerzas para obrar”. (http://es.wikipedia.org/wiki/Eudemonismo). No obstante esta búsqueda supone que el mal es sólo ignorancia y que el hombre está naturalmente dotado por la felicidad. Supuestos discutidos, entre otros, por Freud en Más allá del principio del placer.

Pero mientras que en la Europa protestante el racionalismo se consolida como heredero del renacimiento, en España sucede algo totalmente distinto. La contrarreforma católica es la premisa del surgimiento del mundo barroco que significa en mucho una realidad híbrida. En todo caso se trata de un rechazo del racionalismo, de un atemorizar la inteligencia en base a la omnipresencia del misterio. Desde la mirada barroca el mundo está atravesado por la presencia de Dios. Un Dios cercano pero inescrutable. En este sentido el dogma barroco por excelencia es la “transustanciación”, el advenimiento de la presencia de Cristo en el pan y en el vino de la eucaristía. Es decir, el devenir inmanente de lo que trasciende en la hostia consagrada, en las reliquias, en los íconos religiosos. Todo ello significa que el mundo no está “desencantado”, que es indudable la presencia de lo divino, que la increencia no tiene razón de ser. Este es el temple de las multitudes que acompañan en la ciudad de Lima al Señor de los Milagros. Nadie que participa de corazón puede dudar de que allí, encima de las andas, en el sagrado lienzo está lo trascendente. Con Freud podríamos decir que se trata de un objeto fetiche. El fetiche surge cuando negamos una realidad que nos resulta injuriosa. Entonces vemos en un objeto lo que allí no existe pero esa visión alucinada satisface un deseo muy profundo. Así rechazamos los límites que nos impone el mundo y lo ilusionamos más nuestro en tanto proyectamos la realidad nuestro deseo. Por tanto, en la procesión estamos amparados y protegidos pues Cristo está presente…

La sociedad que crea la cultura barroca es una sociedad heterogénea, fragmentada y empobrecida. Donde, además, la injusticia y el abuso están en todas partes. Mucho más aún en el mundo colonial. De allí que la cultura barroca tuviera como misión central el producir el apego fiel a un deplorable estado de cosas. La exaltación de la fe y la intimidación de la inteligencia se fundamentan en una pastoral que predica el abandono a la providencia. Ese abandono está ritualizado en el “espectáculo”, en la fiesta barroca por excelencia que es el Corpus Christi. Pero el espectáculo es un encadenamiento de imágenes y arte barroco descansa en la visualidad. Especialmente en la pintura, pero también en la escultura y la arquitectura. En todos estos campos lo que prima es una densidad simbólica. Una saturación de significados. La imagen barroca se impone sobre su espectador reclamándole, sobre el recuerdo de la fugacidad de la vida, piedad, temor, y finalmente la entrega a Dios. Estas actitudes son evidentes en el San Francisco de Asís de Francisco de Zurbarán (1598-1664). El trasfondo mundano es borroso e irrelevante, la mano izquierda sobre la calavera recuerda la cercanía de la muerte; mientras que la mano derecha sobre el pecho representa una voluntad de compromiso con aquello que la mirada, extraviada hacia a lo alto, está contemplando: Dios y lo infinito. No puede ser mayor la devaluación del mundo ni tampoco más gravitante la pregnancia de lo trascendente.

VII

Ahora bien lo barroco tiene que ser visto como un “inconsciente político” (Jameson) o un Super yo colectivo (Freud). Una idealidad o sistema socio simbólico que es definitivamente autoritario. Pero para demandar obediencia y sumisión tiene que dar algo a cambio, producir goces encapsulados en los deseos de santidad y trascendencia. Y esos goces que procura no son otros que aquellos procurados por la mística. La estética barroca embellece el sufrimiento y fundamenta una ética de la fidelidad y de la renuncia. La desvalorización de la vida es el correlato de las grandes metáforas barrocas: la vida como sueño y el mundo como teatro. Todo es ilusión.

Flores señala la centralidad del ensamblaje de la monarquía con el catolicismo. Los Habsburgos pretendían concebir su dominio como providencial. “… se insufla a esta conquista, y en realidad a esta colonización, el componente imaginario de una trascendencia específica, de una metafisicidad peculiar, internándose en una esfera de acción que con justicia se puede llamar “teopolítica”. Aquella que será casi completamente negada, por peligrosa y desestructurante, en el campo de las sociedades europeas reformadas” (p. 3)

Boaventura de Souza Santos ha llamado la atención sobre el hecho decisivo de que en el mundo barroco la autoridad tiene muy poco poder. Especialmente en el mundo colonial. Nunca hubo grandes ejércitos españoles acantonados en América. En realidad la obediencia de criollos, mestizos e indígenas obedeció sobre todo al ideal de fidelidad al rey como vicario de Dios en las Indias. Para que esta autoridad sin poder pudiera tratar de regimentar estas sociedades tan diversas, el boato y la erotización de lo estético, el culto a las apariencias, eran muy necesarios. La magnificencia del rey era un eco de la de Dios. Volvemos entonces a la importancia del rito y del espectáculo en la sociedad barroca. Y, más en general, a la importancia de la retórica y de la forma. Escribe Flores: “La retórica, en cuanto código de los códigos, y como instrumento particularmente eficaz a la hora de transmitir una visón ornada y emotiva del caos del mundo y del silencio del ultramundo, domina con sus protocolos el campo de la expresividad no científica; es decir, el espacio todo de la producción simbólica” (Flores p.2)

El deleite y el poder de la forma es patente en la literatura de la época colonial. John Beverly ha postulado que el barroco es la epísteme que fundamenta la legitimidad de la llamada “ciudad letrada” (Ángel Rama). Se trata de la autonomización de la estética, de la embriaguez por la belleza. Esta exaltación de la forma crea un aura de poder en torno a la escritura. Y, paralelamente, invisibiliza al indígena cubierto por el velo de esa belleza formal que no es para los muchos. En el mundo colonial los niños, futuros letrados, aprendían a Góngora de memoria. Se alienaban de su realidad intentando exquisiteces formales que son como un consuelo a su situación entrampada, a la falta de canales por donde desplegar su vitalidad.

Este deleite por la forma y el buen decir, junto con la pervivencia de lo maravilloso y la entrega o fe en la autoridad, son hechos de larga duración. Marcas históricas profundas de la subjetividad latinoamericana. Las huellas del barroco están en todas partes.

VIII

Alan García, nuestro presidente es ante todo un magnifico hablador, es alguien capaz de arrancar suspiros de aprobación a una ciudadanía que prometió nunca perdonar las torpezas de su primera gestión. De otro lado, en la prosa universitaria reina la idea de que se tiene que poner gran cuidado en la forma. Se cultiva una grandielocuencia peligrosa pues parasita el texto dificultando su lectura, acaso disimulando la falta de ideas. Pero eventualmente de ese caldo de cultivo surgen genios del estilo que logran abrir las puertas de la ciudad letrada a otra gente.

La pervivencia de lo maravilloso y lo incipiente del racionalismo, para bien y para mal, es un hecho demasiado documentado como para insistir en comprobaciones. Baste referirnos a la religiosidad popular, o a la verosimilitud que cobran rumores inverosímiles. En todo caso la realidad se niega, o se pone en suspenso, en función de un absolutismo del deseo.

La entrega o fe en la autoridad es el deseo de un padre protector. La añoranza de un rey iluminado o de un Inca providente. Se podría entonces pensar que así como la gente no ve en la imagen una simple representación sino lo trascendente encarnado, de igual manera la misma gente ve en el caudillo no un representante sino la materialización de la “teopolítica” de la que habla Flores. Esa política providencial y salvatífica que hará que las cosas sean como deben ser.

IX

Pero volvamos a Lispector. Antes había notado la presencia de una “escritura femenina” en sus textos. Ahora, avanzando en la genealogía de su prosa, podríamos hablar de la presencia del barroco. Para empezar el gran tema del cuento es el amor místico como el deseo escondido en la reiteración que es la vida conventual, o para el caso el matrimonio patriarcal. Y, más decisivamente, el predominio de lo visual y el cuidado desaprensivo de la forma.