Ser mujer/ ser hombre
Con Clarice Lispector y Osvaldo Reinoso podemos aprender más sobre las condiciones masculina y femenina que con el propio Freud. No obstante, para hacer justicia, no se podría desentrañar lo que sugieren est@s autores de no ser por los conceptos de Freud y Lacan.
Empecemos por Clarice Lispector. La muchacha protagonista de su cuento “Preciosidad” no quiere ser mirada (con deseo) pues pretende no ser encasillada en el cajón “cosa deleitable”. Entonces, urde una serie de estrategias para pasar desapercibida. Ella se siente más cómoda cuando nadie le recuerda su sexo. Y esta situación se da en las clases del colegio donde es simplemente una entre muchos aunque sea más atenta e inteligente que sus compañer@s. Asumir la posibilidad de que pueda ser mirada –legítimamente- con deseo implicaría darse a conocer como mujer. Supone entonces el arreglarse y, sobre todo, apropiarse del gozo que significa la capacidad de atraer la atención del otro (masculino). Esa capacidad es una forma de poder. Este poder es la seducción que permite “hechizar”, el deseo del otro. Entonces obtendrá favores a cambio de sonrisas. Pero se trata de un poder que esclaviza pues condena a la persona que lo ejerce a la “pose” y a la “mascarada”. Es decir, a identificarse con una imagen insinuante que es solo un semblante de ella misma. Para Preciosidad sostener esa imagen pasa por una “feminización” de su cuerpo, por producir ese arreglo personal que subraye sus “encantos”. Pero ella no quiere asumir ese modelo. Su destino no tendría porque estar dado por su apariencia física, es decir, por su posición frente al deseo masculino. No, ella aspira a otra cosa. En su manera de situarse en el mundo se insinúa la posibilidad del llamado “feminismo de la igualdad”, es decir ella está en la búsqueda intuitiva de una posición andrógina. Trata de renunciar a esa feminidad impuesta, que significa, otra vez, que a cambio de ser admirada ella renuncie, en mucho, a un desarrollo más pleno de sí. La compensación a esa renuncia es satisfacerse en la “mascarada”, en ser un “objeto valioso” para ese otro que la habrá de “poseer”.
Pero como fue tan claramente enunciado por Pilar Guisti, la situación es más complicada. En realidad, nadie mira con deseo a Preciosidad. Tiene solo 15 años, no se “arregla”, y es seria y austera. Con su expresión ausente e inexpresiva trata de deslegitimar como impertinente cualquier mirada que la postule como objeto de deseo. Entonces el hecho es que nadie se fija en ella. Ahora bien, esta inquietud por no ser mirada se convierte en una verdadera obsesión. ¿Y qué hay detrás de esa obsesión? Si Preciosidad estuviera desarrollando una sexualidad alternativa que la condujera al homoerotismo, entonces esas miradas le serían indiferentes, o cuanto más incómodas. De otro lado, si a Preciosidad no le interesara para nada las relaciones con los hombres tampoco tendrían porque importarle tanto que la miraran. Esa obsesión sólo se puede explicar porque también habita en ella el deseo de ser mirada. Entonces no se trata de que Preciosidad rechace totalmente la condición femenina (patriarcal). Es que tiene miedo a enfrentarse a ella. De allí que su actitud sea ambigua. Las preguntas que flotan en su ánimo son: ¿seré atractiva? ¿seré valiosa? ¿no será esa atracción una condena? ¿no será mi actitud de negarme a ser mirada solo una defensa contra mi falta de atractivo? ¿no seré un fracaso de mujer? En realidad ella está perpleja. “Aunque alguna cosa en ella, a medida en que dieciséis años se aproximaran en humo y calor, alguna cosa estuviera intensamente sorprendida, y eso sorprendiera a algunos hombres. Como si alguien les hubiese tocado el hombro. Una sombra tal vez. En el suelo la enorme sombra de una muchacha sin hombre, elemento cristalizable e incierto que formaba parte de la monótona geometría de las grandes ceremonias públicas. Como si les hubieran tocado el hombro. Ellos miraban y no la veían. Ella hacía más sombra de lo que existía”.
Pese a todo es claro que su situación está cambiando. Como nos los hace saber Clarice Lispector , algo estaba sorprendido dentro de ella y ese algo llamaba también a los hombres a la sorpresa. No obstante, por lo pronto ella “hacía más sombra de lo que existía”. Es decir, lo niega todo. En realidad esa lucha por ocultarse era también un gusto, un combate, un triunfo. “En la casa vacía, sola con la sirvienta, ya no caminaba como un soldado, ya no precisaba cuidarse. Pero sentía la falta de batalla en las calles”.
Preciosidad es pues una niña que va para joven y, en ese tránsito, su relación con la feminidad patriarcal es profundamente ambivalente. En apariencia ella rechaza la “jaula de oro” que el sistema le reserva. Esa mirada masculina le reclama un “descerebrarse”, y ella se rehúsa ya que también quiere ser persona. Pero si su negación es tan intensa solo puede ser porque también es muy intenso su deseo de atraer las miradas. En el mundo interior de Preciosidad se desenvuelve una lucha entre una parte de ella que quisiera ser para sí, andrógina, estudiosa, desapercibida; y, de otro lado, una parte distinta que se va insinuando con más fuerza, y que reclama ser bella, ser el objeto del deseo del Otro.
II
Este anhelo de una vida propia, de la posibilidad de una negociación con las exigencias patriarcales, es aquello que pasa desapercibido para Freud y para Lacan. Ambos son falocéntricos pues naturalizan la supremacía del hombre y la subalternización femenina. Desde esta perspectiva, la historia está ya decidida por la anatomía. Para el falocentrismo lo masculino es lo pleno y lo universal. Y lo femenino es lo carente y particular. Entonces, la mujer es la criatura humana que no tiene pene. Menos valiosa pues sus genitales, y toda su constitución física y mental, son de inferior calidad. Y dado que el pene es la credencial para la autonomía, la agencia, y el poder, entonces las mujeres no pueden sino envidiar ese acariciado miembro. En todo caso se tendrán que consolar siendo madres de hijos varones. De otro lado, el hecho de que el género masculino englobe también al femenino, es decir, de que cuando hablemos del hombre nos refiramos también a la mujer, significa, como dice Irigaray, que el lugar aparentemente neutro de enunciación es, en realidad masculino, y que para el patriarcado hay solo un sujeto que es el hombre pues la mujer es sobre todo objeto y semblante. O como dice Lacan: “la mujer no existe”. El patriarcado reduce la otredad a una visión disminuida de lo mismo, de lo masculino. El aserto “La mujer no existe” equivale a decir “la mujer no tiene pene”. Pero la mujer tiene otras cosas que el hombre no posee… Para Irigaray esas cosas hacen del cuerpo femenino un lugar de enunciación diferente, una subjetividad con marcas distintas, una manera otra de ver y sentir el mundo. A Irigaray se le ha criticado mucho por un supuesto “esencialismo”, un naturalismo inverso al patriarcal pues ahora resultaría que la anatomía femenina es más completa, o de mejor “calidad”, que la masculina. Sin entrar al fondo de la cuestión no se puede dejar de simpatizar con su visibilización de los supuestos patriarcales del psicoanálisis, y, también, con su reivindicar la posibilidad de una subjetividad femenina enraizada en una otredad biológica. Entonces, la diferencia no tendría porque ser disminuida a una mismisidad carente e inferior. La comunicación no sería entonces la repetición de lo mismo sino el encuentro en la diferencia: esta es la verdad de la vida.
Helene Cixous ha tratado de conceptualizar una “escritura femenina”. Para esta autora Clarice Lispector sería una representante conspicua de esta “escritura femenina” que, más que por el sexo de su autor, estaría determinada por un estilo abierto que rompe con las oposiciones binarias, y que es más abierto y libidinoso. El sustrato corporal de esta escritura estaría dado por lo que Cixous llama la “otra bisexualidad”, basada en la “multiplicación de los efectos de la inscripción del deseo en todas las partes de mi cuerpo y del otro cuerpo. De hecho esta otra bisexualidad no anula las diferencias sino que las fomenta, las provoca, las aumenta”. (Moi, p. 119). Las tesis de Cixous han sido muy criticadas. (Ver, por ejemplo, de Laura Pirott Quintero Textual Violence in Feminist Criticism: The Case of Hélène Cixous and Clarice Lispector http://interculture.fsu.edu/pdfs/pirott-quintero%20lispector_and_cixous.pdf).
En cualquier forma hay algo distintivo en la manera en que Lispector trata a sus personajes. Ese “algo” tiene un distintivo aire de familia con los rasgos de la subjetividad femenina en el patriarcado. Para empezar Lispector no quiere “controlar” o “dominar” a sus personajes. No los pretende poseer, ni definir. Tampoco los juzga, los respeta. Y se acerca a ellos desde distintas perspectivas, mostrándolos en sus ambivalencias, como indeterminados, inseguros; en definitiva, como profundamente humanos. De otro lado sus tramas remiten a lo cotidiano y lo ordinario. Son crónicas fragmentadas y no historias completas. Anécdotas mínimas que suelen carecer de origen y desenlace. En realidad, Lispector no quiere probar nada solo mostrar aquello que su extraordinaria videncia y talento expresivo le han permitido ver. Cala pues hondo en la interioridad de la criatura humana. Y se instala en esa interioridad para desde allí imaginar al personaje y su mundo. De otro lado, la irrupción de la metáfora y la poesía es una constante en su narrativa. Esta presencia de lo heterogéneo podría sorprender como parecer algo excéntrico e innecesario. Una suerte de innecesaria, barroca, morosidad. Pero lejos de ello estas irrupciones son las que crean una “atmósfera” que densifica el relato, deteniéndolo en el presente, evitando que sea empujado por la intriga hacia un ritmo que impida ver aquello que circunda.
Desde el presente muchas de las afirmaciones de Freud sobre la feminidad resultan groseramente equivocadas. Y nos suenan dolorosamente anacrónicas. Pero tampoco se trata de pedirle peras al olmo puesto que Freud no podía dejar de respirar el aire patriarcal en que vivía. En cualquier forma lo más válido de su legado, en lo que toca a la sexualidad, es probablemente su concepción del “polimorfo perverso”, del bebe como de ese pedacito de gente que busca ávidamente el placer allí donde lo encuentre, sin restricción moral alguna. Ese polimorfo originario es reconfigurado, a través de vínculos con los otros, por los que circulan discursos normativos, para producir entonces sujetos que son socialmente considerados como (a)normales.
III
Veamos ahora lo que plantea Reinoso en su relato “Cara de Ángel”. El espacio social donde se desarrolla la narrativa de Reinoso es el mundo de la collera. Y el autor visibiliza un hecho central: la vigencia del polimorfo en los jóvenes; es decir, lo indeterminado y nada ortodoxo de sus deseos. Entonces estamos lejos de la hegemónica (y ¿mítica?) “genitalidad madura”. Sea como fuere, Cara de Ángel cataliza los deseos homoeróticos de sus compañeros. Deseos, desde luego, totalmente inaceptables; pero no por ello menos sentidos. En realidad los muchachos aguardan, con expectativa y temor, verse confirmados en su masculinidad. Las preguntas que se hacen son: ¿tendré un pene de un tamaño respetable, adecuado? ¿seré potente con una mujer? ¿qué significa que me gusten tanto mis compañeros? ¿no seré homosexual?
Estas preguntas son motivo de una ansiedad que atormenta a Cara de Ángel. El quisiera ser “enteramente” hombre. Recuerda el encuentro que tuvo con Guilda, la hermana de un amigo, como un talismán reasegurador. Entonces se excitó y, además, fue fugazmente correspondido. Pero también desea a su amigo Johny. Para complicar las cosas le resulta fascinante la ropa “poco masculina”. Pero lo peor de todo es que los muchachos de su collera lo desean y él lo intuye. Es bonito y no tan varonil, no en vano lo llaman “Cara de Ángel”. Y a veces le dicen María Bonita o, incluso. María Félix. Este acoso por acceder a su atractivo cuerpo está encabezado por “Colorete”; el bacán del grupo. En un inicio Cara de Ángel no entiende la agresividad que le demuestra Colorete. En realidad ocurre que la actuación del homoerotismo solo es legítima en un contexto de pelea y agresividad. Solo entonces es posible el frotamiento de los cuerpos y la inhalación embriagante de los olores. Colorete quiere estar con Cara de Ángel, pretendiendo ser él, el hombre, y Cara de Ángel, la mujer. Pero esta pretensión es un auto engaño pues Cara de Ángel es hombre. Esta coartada es más convincente si se feminiza a Cara de Ángel. El término usado para quien está movido por este deseo es “mostacero”. (“Dicese del varón homosexual que presta servicios de penetrador durante la fornicación con otro varón” Diccionario de Modismos Cilenos en http://mainframe.cl/diccionario/diccionario.php?palabra=mostacero&accion=Buscar) ¿Será por el gusto por el sabor fuerte, picante?
Es claro que tanto Colorete como Cara de Ángel tienden a la bisexualidad. En ese momento de sus vidas, al menos, el polimorfo no está dominado. No obstante, lo homoerótico es vivido como lo asqueroso y abyecto. Pero, por debajo, lo homoerótico es también gusto, amor y ternura. La “confirmación” de la masculinidad requiere, como dice Gian Carlo Cornejo, de proyectar ese “resto” –potente y angustiante- del polimorfo en un otro. Y el mejor candidato es alguien bonito e indefenso. Entonces los jóvenes podrán decir “yo no soy porque él es”. En todo caso la relación de los jóvenes con la masculinidad es fuente de placeres, incertidumbres y tormentos. Todos la quisieran tener “más grande”. Pero también sienten excitaciones “raras” que emanan de sus propios cuerpos.
La clarividencia de Reinoso se transparenta también en la importancia de los olores en su narrativa. El olor “sexualizado” es un “mal” olor pero que en el contexto erótico resulta, sin embargo, rico y seductor.
IV
El patriarcado, y el falocentrismo que le es inherente, construyen a la mujer como objeto de deseo y al hombre como sujeto de deseo. El sujeto es siempre sujeto de una falta, es materia deseante. Y el objeto es la cosa adonde apunta el deseo así como el motivo de su despertar. De allí que la posición masculina se asocie a la actividad, a la búsqueda de satisfacción, mientras que la posición femenina se asocia a la espera (pasiva) por encontrar al mejor de aquellos que la buscan, al famoso “príncipe azul”. En la simplificación patriarcal la mujer es solo el significante del deseo del otro como dice Lacan. Es decir, la mujer en tanto mujer no tiene ni voz ni deseo propios. Porque la mujer es “uno de los nombres del padre”, está construida u objetivada desde el deseo masculino. Los cambios en la moda y el semblante femeninos se producen en función de agradar al deseo masculino. Y ese deseo las quiere ahora más jóvenes y esbeltas. En todo caso, para que la mujer pueda hablar tiene que desplazarse al lugar universal que es el masculino. Tiene que olvidarse de que es mujer y pensarse como cuerpo asexuado. Solo desde esta posición podría entrar en contacto con lo que está en ella pero que escapa de la “mascarada”, es decir, con su propia densidad de ser. Y desde esta posición que escapa al deseo masculino, ¿qué quiere la mujer? Bueno ese es el gran enigma… O mejor Freud piensa que no quiere nada pero, al mismo tiempo, esa respuesta no le satisface de manera que la pregunta lo acosa y no puede dejar de formularla.
Como dice Braunstein “El falocentrismo histórico y teórico es el fundamento del orden patriarcal. ¿Necesidad estructural y universal para todas las sociedades humanas o racionalización de una forma de dominación? Tal es el tema de muchos y apasionantes debates contemporáneos que cuestionan a la vez que vivifican con sus desafíos el discurso del psicoanalista” (p. 125)
Pero los eslabones de la cadena de equivalencias - hombre-sujeto-deseo-actividad- que maniatan la masculinidad dejan un “resto” del (poderoso) polimorfo que sobrevive fuera de estas ataduras. Ese “resto” siempre ha existido y ahora en nuestra época post-patriarcal cobra una prominencia mucho mayor. Para empezar el hombre siempre ha querido ser objeto de deseo. Ser deseado por sus adornos “fálicos”: su fuerza, su poder, su dinero, su prestigio. Y ahora también por su propio físico. Es la novísima figura del metrosexual. El hombre igual quiere dejarse ser, pretende ser lo que le falta a el/la otr@. Ese deseo está anclado en el “resto” del polimorfo. Quisiera ser tocado y acariciado. Pero el binarismo excluyente que sostiene al patriarcado: activo/pasivo, no se lo permite fácilmente. Desde esta perspectiva el único hombre válido es el mítico Don Juan, personaje que es una suerte de (re) encarnación del “macho primordial” freudiano. Tiene el falo siempre erecto y está apresado en la voracidad de poseer más mujeres. Es el sujeto puro. Es el producto neto del patriarcado y es totalmente compulsivo. Y desde luego que es una figura límite, imposible.
La deconstrucción del orden patriarcal es facilitada por los conceptos Derridianos, en especial por su crítica a los binarismos excluyentes por medio de los que se trata de fijar las identidades, producir entonces sujetos categóricos, sin sombras, necesariamente fóbicos a la mezcla. La “metafísica de la identidad” opera a través de las oposiciones binarias: hombre/mujer, activo/pasivo, cerrado/abierto, fuerte/débil, superior/inferior. En estas oposiciones hay un término dominante y otro dominado, uno que se define como presencia y otro como ausencia, uno mejor y otro peor. Así la debilidad es la carencia de fuerza, como la pasividad es la falta de actividad. O la mujer, la ausencia de pene. Entonces el hombre queda representado como activo, cerrado, fuerte y superior; y la mujer como pasiva, abierta y débil. El patriarcado es afín a la metafísica pues ambos reducen la complejidad de lo existente a través del uso de conceptos que se pretenden reflejos precisos de realidades objetivas. En la afirmación trivial: los hombres son hombres y las mujeres son mujeres, está presente ese “discurso del amo”, autoritario, que es la metafísica. Una enunciación que bajo el pretexto de representar (objetivamente) la realidad la está construyendo. Es decir, la afirmación citada pretende que los hombres (reales) sean como deben ser “idealmente” los hombres. La realidad debe pues ajustarse al concepto porque éste la refleja exactamente. Entonces los hombres que no son como deben son llamados a ocultarse y desaparecer. O sufrir las consecuencias pues el patriarcado no puede ser sino totalmente intolerante con el polimorfo, especialmente, con la bisexualidad. Desde el autoritarismo patriarcal lo asqueroso es el debilitamiento de las oposiciones, la contaminación. En este caso, esos “hombres afeminados”, esas “mujeres machonas”. Hay un “plan de dios”, una sola manera de ser, totalmente definida. Pero, mal a quien le pese, vivimos la época del fin de la metafísica y del debilitamiento del patriarcado.
Pensemos, el hombre que quiere ser amado (por su físico o por su inteligencia) no se coloca acaso en la situación “femenina”, no se ofrece como el objeto que le falta al(a) otr@. Pero, vayamos más lejos. El deseo de ser reconocido es universal. ¿No sería entonces este deseo común a hombres y mujeres? No será el amor la experiencia princeps de ese placer más allá de la satisfacción, que es la manera como Freud define la sexualidad. Quizá no haya tanta diferencia entre pretender ser deseado por la belleza del cuerpo y pretender ser deseado por la figuración y el prestigio. En los dos casos se reproduce la situación expectante de la criatura frente a su madre/padre: esperando ser el centro de su amor.

Excelente post. Algunas acotaciones: En el flux de posiciones identitarias de genero, la bisexualidad es generalizada, es decir, hasta el mas recalcitrante macho homofobico canaliza su homoerotismo via praxis homosociales, por ejemplo con el futbol, el boxeo o la salida con patas tras los cueros o lomos. Recordemos ademas que sigue siendo popular en nuestra cultura latina el llanto del macho herido tras la partida de la ingrata. Esa es la queja de la castracion, la noche triste del grito de Hidalgo. (Ahora, el profesor Vich dijo que el perreo era mas democratico, pero no estoy tan seguro)
Comment by Sebastian Zunik — 2008 06 @ 7:16 am
Últimamente hay una posición sociológica que quiere hacer ver el perreo como un indicador de una sociedad postpatriarcal, el perreo como liberación femenina, pero eso es excesivo e ingenuo, es lo mejor que les pudo tocar a los hombres con pretensiones de semental, de padre de la horda, el que se come a todos. Un análisis detallado del perreo es necesario para no caer en esas aberraciones solo por ver que la mujer es más liberal con su cuerpo, pero que significa eso así, sin contexto, de que sirve ese roce constante y ese sexo con ropa para acabar con la sociedad patriarcal. Recordemos la liberación que hubo en los 60 y veremos cuan primitivo es el asqueroso perreo.
Comment by Liupus — 2008 06 @ 5:11 am
Tendré que releerlo dado que es un asunto más que nada psicológico ¿no?.
Bueno de todas maneras esa visión cuestiona bastante, invita a revisar nuestras posiciones actuales respecto al ser mujer y hombre en estos tiempos, pero también habría que refutar algunas cosillas… lo pensaré, realmente lo pensaré…
Sólo con la interacción positiva y constructiva entre hombres y mujeres podríamos sembrar realmente vida autentica para el presente y el futuro. ¿verdad?
Siga interpelando nuestros esquemas ya asimilados desde la infancia para evaluarlos y/o ratificarlos.
Comment by . — 2008 06 @ 9:07 pm
Excelente material que resume los dilemas que angustian a gran parte de todos, hombres y mujeres, y que nos persiguen hasta la muerte. Una muy original posición para aquellos que cuestionan la “verdad” de Sigmund y Jacques.
Comment by Maria — 2008 08 @ 1:45 am